Voracidad

La nave de refugiados Obelisk II había identificado aquel pequeño planeta azul como un posible hogar. Sus sondas detectaron que existían numerosos cuerpos de agua salada, donde podrían sobrevivir. El mundo estaba habitado, pero ellos no interferirían con la vida que ya había ahí, solo buscaban un refugio, un lugar donde recomenzar después del cataclismo sufrido en su propio hogar.

La tripulación, tres parejas en edad reproductiva, se preparó para el ingreso a la atmósfera. Inmersos en un ambiente líquido, los seis ocupantes flotaban sobre las estaciones de trabajo o se impulsaban de un sitio a otro con sus enormes colas, mientras las largas y rojizas cabelleras ondulaban a merced del agua dentro de su hábitat.

La Obelisk II aguantó bien el ingreso y terminó hundiéndose en algún punto del Océano Pacífico. Ahí iniciarían una nueva vida.

Pasaron muchas centurias, y una mañana de enero, al dirigirse a sus embarcaciones para salir a pescar, los hombres del pueblo de Todos Santos divisaron algo extraño en la playa. Primero pensaron que se trataba de un delfín varado en la arena mas al acercarse se encontraron con un espécimen extraño: de la cabeza hasta la cintura parecía humano, excepto por el color de la piel, que era verdoso como las algas. Un pelo largo y rojizo le cubría la cara y alguien, con mucho miedo, pero también curiosidad, acabó destapándosela ayudándose con un palo largo. Se reveló un rostro humanoide con enormes ojos y una extraña boca con dientes en forma de sierra. Abajo del ombligo, su anatomía era parecida a la de los peces, cubierto de escamas y terminando en una enorme y musculosa cola. Uno de los hombres notó que el ser aún trataba débilmente de respirar, pues abría y cerraba su boca en espasmos cada vez más espaciados hasta que cesaron por completo. Los hombres se olvidaron de la pesca y llevaron el cadáver al pueblo, donde inspiró espanto en algunos y en otros asombro.

A alguien se le ocurrió cortar un pedazo de la carne de la cola y ponerla a asar. Resultó deliciosa, explotaba la boca de placer al saborearla y muy pronto de ese cuerpo no quedó más que el torso, que al tratar de comerlo resultó algo desagradable. Los pescadores salieron entusiastas en la búsqueda de otros ejemplares iguales a ese.

En el transcurso de ese año, la gente de Todos Santos tuvo la fortuna de atrapar tres ejemplares más, cuyas colas comieron ávidamente. Aprendieron a buscarlos y desarrollaron una técnica especial para capturarlos. Alguien se llevó una muestra de la carne a la ciudad más cercana y el interés se fue acentuando por aquel manjar. Llegó al pueblo una moderna flota de pesca, que contrató a todos los pescadores y además instauró una planta de procesamiento. En poco tiempo la demanda era mayor a la oferta. Los precios mundiales se fueron por las nubes. Los ricos del orbe eran los únicos que podían probar aquella carne exquisita.

Junto con el interés comercial se despertó también un interés científico por saber qué eran aquellos seres parecidos a las sirenas de las leyendas. Una expedición logró capturar una pareja, que mantuvieron en un tanque lleno de agua salada, haciéndoles todo tipo de pruebas hasta que languidecieron y acabaron muriendo. Una organización ecologista robó toda la información obtenida y la dieron a conocer. ¡Aquellos eran seres que venían del espacio! Seres conscientes e inteligentes que estaban siendo cazados sin piedad para satisfacer los caprichos gastronómicos de unos cuantos. Las sociedades dedicadas a la preservación pusieron el grito en el cielo cuando, ante la dificultad de pescarlos en cantidades suficientes, se propuso cultivarlos.

Aquellos primeros refugiados de la Obelisk II nunca hubieran imaginado el triste destino de sus descendientes.

***

Desde los confines de la galaxia y como respuesta a una señal de socorro que les resultó familiar, la escuadra de naves conquistadoras Serpent, se dirigen al planeta azul. Cada transporte está lleno de fieros guerreros, cuyos antepasados fueron refugiados, como los de la Obelisk II, pero que en tiempo récord evolucionaron en otro lugar y ya no requieren de un medio líquido para sobrevivir. El llamado para proteger a los suyos es imperioso. No tendrán clemencia.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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