LA MUDANZA

Mi participación en el VadeReto de Octubre, lanzado por JascNet para crear una historia de miedo, te invito a que visites su blog y te enteres de las condiciones del reto y participes tú también. Más información al final del relato.

Con paso bamboleante de caminante primerizo, Santi entró a la nueva casa, para luego, tras apenas unos segundos, como si se hubiera arrepentido, salir corriendo. Tenía los ojos como platos y en la boca una mueca de angustia. Lo cargué y lo llené de mimos mientras le hablaba:

—Gordo, ¿Pero qué pasó? ¡Te va a encantar! ¡Mira, vamos a verlo todo! —. Le dije con entusiasmo y recorrí con él todos los rincones de nuestro nuevo hogar: las amplias y bien iluminadas habitaciones, la cocina, bien equipada. La sala de estar y el área de comedor aún desnudas de nuestras pertenencias. —Tendremos muy buenos momentos aquí. ¡Ya verás! Solo falta que terminemos de amueblarlo—. Lo dejé en el piso para que explorara a gusto y pensé que era extraño que en todo el recorrido no hubiera visto a mi esposo ni a los de la mudanza.

Más tarde, cuando lo encontré, Antonio me miró desolado:

—No llegó todo.

—¿En serio?

Enlistó lo que faltaba: nuestra cama matrimonial, algo de ropa, algunas cosas personales.

—¡Llamaré para demandarlos, se van a arrepentir! —dije con vehemencia y busqué mi teléfono en el bolsillo, pero no lo encontré. «¿Dónde está?» No recordaba cuándo ni en dónde lo había usado la última vez. Antonio se ofreció a llamarme desde su móvil, mas cuando quiso hacerlo tampoco encontró el suyo.

—Esos de la mudanza son unos ladrones. —dije encolerizada.

—Al menos sí llegó la cuna de Santi.

—¡Santi! —lo llamé, un poco preocupada, pues no lo había visto en un buen rato. Escuché sus pasitos venir a toda velocidad y de pronto, lo sentí abrazado a mis piernas con fuerza. Lo levanté del suelo y advertí que su cara estaba húmeda y sus ojos hinchados de llorar, lo extraño era que no lo hubiéramos escuchado. —Gordo, que no pasa nada. Es solo la casa nueva. —dije mientras le limpiaba las lágrimas.

Nos acomodamos lo mejor que pudimos. Tratamos de que Santi no extrañara demasiado, creímos que al ir desempacando las cosas queridas y familiares aquello mejoraría, pero no fue así. A menudo lo escuchábamos llorar y también, de la nada, salir corriendo asustado. Lo abrazábamos y consolábamos, pero ya empezaba a preocuparnos su comportamiento.

Yo había notado que, a veces, la casa se oscurecía, como si pasara una nube que tapara el sol por completo, pero cuando miraba hacia afuera, el sol estaba ahí, brillando sin impedimento. Aquel fenómeno no duraba mucho y la luz regresaba. Lo comenté con Antonio, quien dijo que eran figuraciones mías, pero algo en su voz me hizo pensar que no era sincero.

En una ocasión en que Antonio y Santi estaban jugando en el jardín trasero, la luz natural disminuyó otra vez, pero no se quedó a medias, aquella oscuridad parecía como boca de lobo. Dejé de escuchar las voces de mi familia y los ruidos normales de la casa. Sentí que no podía respirar, y al tratar de jalar aire, aspiré un polvo muy fino que me hizo toser hasta que sentí que el pecho me dolía. Curiosamente, con cada expectoración la luz parecía volver, de a poco. Cuando me di cuenta, sentí el abrazo de Antonio y la mirada ansiosa de Santi sobre mí.

—¿Qué pasó amor?

—No lo sé, no lo sé —dije temblando.

—Oímos que gritabas desesperada y luego tosías.

—Ya pasó, no es nada —mentí.

Otro día, vimos a Antonio caer y hacerse un ovillo en el piso. Al acercarme vi que abría y cerraba la boca, como un pez al que han sacado del agua, después estuvo tosiendo un buen rato. Cuando se recuperó, fuimos a hablarlo en el dormitorio, sobre la colchoneta que teníamos en vez de nuestra cama perdida y que aún no habíamos reemplazado.

—¿Se puede saber qué te pasó?

Le costó responder.

—Todo se puso oscuro y sentí que no podía respirar.

—Eso me pasó el otro día.

—¿Por qué no me lo dijiste? Algo está raro —dijo Antonio—. ¿Te has fijado que nunca vemos vecinos? Hace mucho que no vamos a trabajar y Santiago no ha ido a la guardería—. Se levantó violentamente—. ¿Dónde está el niño?

Encontramos a Santi en el jardín, sentado sobre el césped, jugando con sus juguetes. La luz del sol inundaba todo y se sentía un agradable calorcito. Fuimos y nos sentamos junto a él y por un momento se nos fue la angustia y nos olvidamos de las preguntas.

Los episodios de oscuridad se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Cada vez que pasaban, veíamos o sentíamos algo distinto: a veces rodábamos sobre la tierra, con piedras clavándose dolorosamente en nuestros cuerpos, otras, era como si las raíces de los árboles nos tuvieran sujetos y no nos pudiéramos escapar. Sabíamos que Santi veía y sentía cosas también, pues en medio de la rutina diaria se quedaba quieto y empezaba a llorar y a gemir lastimeramente. A veces, al cambiarlo de ropa, veíamos marcas de moretones en su pequeño cuerpo. Antonio y yo no podíamos dormir y estábamos muy angustiados.

La tarea de desempacar parecía no acabar nunca, y un día en que desenvolvía una caja con chucherías, me llamó la atención el papel de periódico que, estrujado, había servido de material de embalaje. Lo alisé con cuidado y me encontré frente a una foto de nosotros tres y una leyenda:

«La primera tragedia del otoño: Familia muere al desbarrancar su auto en la autopista 22E. El escabroso terreno hace imposible el rescate de los cuerpos».

Me quedé helada. Antonio se acercó a mí y antes de que pudiera yo ocultar aquella noticia infame, alcanzó a verlo también. Los dos nos miramos, y nuestras caras descarnadas y cuencas vacías se encontraron. Las tinieblas acabaron por instalarse en la casa y el pequeño Santiago dejó de ser un niño para volverse apenas un montoncillo de huesos en una esquina de aquel páramo terregoso.

Autor: Ana Piera

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Nina y Pepe – Microrrelato.

Mi participación en el VadeReto de Agosto. Un relato inspirado en una escultura.

Escultura: Los niños del parque Genovés, Cádiz.

—¿Has visto de qué forma se mojan esos chicos? —preguntó Nina divertida.

—¡Sí! ¡No traen sombrilla, como nosotros! —contestó Pepe.

—Es verdad. ¡Apenas puedo creer que el Creador no se los dio!

Nina tenía la cabeza metida bajo el paraguas que sostenía Pepe, gracias a él, ambos estaban muy bien guarecidos de la copiosa lluvia que caía en ese momento empapándolo todo. Tras varios días sin precipitaciones y en medio de un calor infernal, aquella lluvia era una bendición para las plantas, los árboles y los demás seres que precisan del agua para vivir.

—Deben tener un Hacedor muy olvidadizo o descuidado.

—A ver Pepe… ¿Su Creador no es el mismo que el nuestro? —preguntó ella, intrigada. El niño no cambió la dirección de su mirada, ni volteó a ver a Nina, pero esta, de alguna manera, supo que lo había enfadado.

—Nina ¿Es que acaso tienes tan mala memoria? ¿No recuerdas sus manos amorosas moldear nuestros cuerpos con ternura, primero en arcilla, y luego vaciar sobre nosotros ese líquido caliente que al final nos proporcionó la firmeza necesaria? ¿No ves que nos incluyó este magnífico paraguas para evitar que nos mojemos y que también nos protege del sol inclemente. ¡Nuestro Creador es superior al suyo!

Nina calló, ponderó las palabras de Pepe. ¿Eran palabras? ¿Las había acaso escuchado? Pensó que más que escucharlas, las había sentido.

—Mira Pepe, su Creador no les habrá dado paraguas, mas les dio algo, por lo que tú y yo suspiramos, aunque no lo reconozcamos.

Pepe lanzó un resoplido de fastidio, pero Nina continuó:

—Les regaló fuerza para mover sus piernas y trasladarse de un lado a otro. Les dio movimiento. ¡Lo que tú y yo daríamos por poder movernos! Ir a donde nos plazca.

El guardó silencio un buen rato.

—¿Pepe?

—Debo reconocer que quisiera poder hacer eso. —Su voz al principio se sintió muy apagada. Su mirada estaba fija, como siempre, en algún punto del parque. Luego subió de tono y dijo con vehemencia:

—Pero a la vez sé que nuestra existencia, así como estamos, es importante.

—Explícamelo que no lo entiendo.

—Nina, ¿No has visto las miradas de nostalgia que la gente nos avienta? Les recordamos algo valioso para ellos. Quizás esa fue la intención de nuestro Padre al hacernos. Que le recordáramos a la gente algo que han olvidado.

Nina no dijo nada. Su barbilla seguía apoyada en el hombro de su compañero, igual que cuando fueron concebidos en el vientre de arcilla.

—Tienes razón —dijo al fin. En ese momento, una pequeña niña, destilando lluvia, se acercó a la estatua y aprovechando el paraguas sostenido por Pepe, se refugió del chaparrón, riendo a carcajadas, mientras sus hermanos, a lo lejos, le hacían señas y la instaban a unírseles de nuevo.

Los dos niños de bronce guardaron silencio y solo se escuchó el ruido de la gotas de agua al caer y las risas que les llegaban, como jirones, en medio de la pequeña tormenta. Nina ya no quiso agregar nada. Aunque pudiera, jamás abandonaría a Pepe, pero deseó que tan solo un ratito, pudiera bajarse del pedestal donde se encontraban, jugar con esos chicos y empaparse de lluvia.

Autor: Ana Laura Piera

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Náufragos – Microrrelato.

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Mi participación para el VadeReto del blog Acervo de Letras. Las condiciones tal como aparecen en el blog son:

El reto es sencillo: Eres un Náufrago y tienes que contarnos tu historia.

Puedes ser Náufrago en tu propia ciudad, en tu misma casa, en el trabajo, en el mundo, en el espacio, en la vida. Las condiciones básicas son claras: Soledad y algo de Desesperación.

Náufragos

Nos quedaba algo de pan dulce que nos había regalado una buena señora. Ver a cinco chicos desesperados buscar comida en un bote de basura la había conmovido. No era mucho, apenas nos tocó un pedazo pequeño a cada uno.
La suave masa, al caer en nuestro vientre, solo nos dio más hambre
. Efraín, se relamió los labios una y otra vez tratando de atrapar hasta la última migaja. Recuerdo su lengua, pequeño pétalo de rosa, que entraba y salía, extendiéndose, en una búsqueda imposible. Luego se me quedó viendo, intensamente, pero yo desvié la mirada al suelo. Esa noche cumplía seis años.

De la acera se elevaba, cual fantasma, el olor a orina. Los borrachos solían salir de los bares y agarraban la esquina más próxima a nuestro refugio para vaciar la vejiga; a veces ese líquido asqueroso nos salpicaba mientras dormíamos.

Las personas pasaban y nos miraban con asco, ofendidos por nuestra necesidad, por nuestro olor…Otros ni siquiera nos volteaban a ver, como si fuéramos invisibles. Algunos nos veían con lástima y nos daban algo, como la señora que nos dio pan.

A cierta hora, yo daba la señal y todos bajábamos buscando la relativa seguridad de nuestra alcantarilla. Una vez ahí, náufragos de la ciudad, buscábamos con ansiedad nuestro salvavidas: unas latas de pegamento que al inhalarlas obraban la magia de borrar nuestras carencias y sentirnos mecidos en los brazos de un mar de olvido.

Autor: Ana Laura Piera

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Lobos Vestidos de Ovejas

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Mi participación en el Va de Reto, que este mes va del género epistolar, la idea es escribir una carta y yo he decidido montarme en mi máquina del tiempo a la época de los primeros cristianos. No soy nada religiosa pero de chica me hicieron leer mucho ese libro enigmático que es la Biblia, y decidí que mi carta tendría lugar nada más y nada menos que entre el apóstol Pablo y un fiel de la ciudad de Colosas, llamado Filemón a quien Pablo antes ya le había escrito una misiva (La Epístola a Filemón) pidiéndole que aceptara a un esclavo fugado llamado Onésimo. La carta que escribo es totalmente ficticia, aunque Pablo, Filemón, Onésimo, Silas, Apia y Arquipo son nombres mencionados en el Nuevo Testamento.

Filemón, siervo de Jesucristo, a Pablo, apóstol y amigo. Gracia y paz para ti.

Sé por Silas que te encuentras muy fatigado, que tu situación no es buena y que Roma te ha tratado mal. A pesar de todo, sé que eres fuerte y que vives tu prisión con la fortaleza que solo puede darnos la fe en nuestro Señor, a quien tú me presentaste cuando era aún un gentil* y por quien caí de rodillas para servirle eternamente.

En tu última carta me pedías que recibiera de nuevo a Alejandro, el último esclavo fugado. Me pediste que, al igual que había sucedido con Onésimo, lo recibiera, ya no como esclavo, sino como hermano amado. Por el amor que te tengo, y la positiva experiencia vivida con Onésimo —a quien vi crecer en fe, amor y lealtad—, decidí darle de nuevo a Alejandro un lugar en mi casa.

Alejandro regresó con una actitud sumisa que tomé por buen augurio. Pensé que, seguramente el Señor había cambiado su corazón. Consciente estaba yo de que ya no podía tratarlo como esclavo, pero aún tenía que ganarse el pan bajo mi techo. Le puse de encargado de la bodega y mi sorpresa fue mayúscula al encontrármelo borracho en horas de trabajo. Mandé que lo llevaran a su aposento y al otro día, tomando en cuenta su situación de recién converso, le recriminé tiernamente sobre su actitud. Me pidió perdón, oramos juntos y pedimos al Señor que le diera la fortaleza necesaria para vencer las tentaciones con las que el enemigo nos quiere hacer flaquear.

Debo decir que quedé tranquilo hasta que otro día me reportaron otro incidente en el almacén: trigo, vino y miel faltaban en cantidades importantes. Alguien había visto a Alejandro vendiendo estas cosas en el mercado. Lo mandé traer y con gran aspaviento me recriminó que lo que yo le pagaba no era suficiente, me acusó de cometer el pecado de la avaricia y de no dejarle otro camino mas que robar. Quedé atónito, pero decidí que quizás tenía algo de razón. Le pedí perdón y pactamos un mejor sueldo para él. Nos arrodillamos y sellamos ese nuevo trato pidiendo la bendición divina.

La gota que derramó el vaso fue cuando mi mujer, Apia, me dijo que Alejandro había sido visto saliendo en paños menores de la habitación donde duermen las esclavas. Haciendo indagaciones descubrí que había forzado a una de ellas, con tanta violencia que la pobre muchacha quedó marcada en el rostro de por vida. Pedí que lo trajeran a mi presencia y cuando lo tuve frente a mí ya no pude tratarle con amor, le azoté y le recriminé actos tan reprobables. Me pidió en tu nombre que le perdonara nuevamente, pero decidí llevarlo ante las autoridades, donde presenté acusación por su fuga anterior, por robo y abuso de confianza.

De la noche a la mañana me convertí en la comidilla de todos por este penoso asunto. Muchos gentiles que estaban a punto de volverse cristianos, recularon de su decisión. Los cristianos me acusaron de no saber llevar las riendas de mi casa y de no haber hecho lo suficiente por Alejandro. Yo mismo he visto mi fe mermada por este incidente. Me duele mucho darte estas noticias, sabiendo lo frágil que te encuentras, pero era preciso que supieras esto de mi puño y letra. Espero entiendas mis razones. No temas por mi fe, estoy pidiéndole a Dios que me fortalezca y me afirme aún más que antes.

Con Silas te mando algo de dinero para paliar un poco tus necesidades. Le pido a Dios incansablemente por tu liberación y que me conceda verte pronto aquí, en Colosas**, donde está tu casa.

Te saludan mi mujer, Apia y nuestro hijo, Arquipo. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con tu espíritu. Amén.

Autor: Ana Laura Piera

*Gentil: pagano

**Colosas: antigua ciudad de Frigia, en la península de Anatolia. (Actual Turquía).

Tedio – Microrrelato


Mi propuesta para el VadeReto del blog «Acervo de Letras» que este mes va de la mano con el tema de la lectura. Al final del relato te pongo un link para que conozcas las condiciones del reto y, ¿porqué no? participar tú también.

«Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos, masticados y digeridos» leyó en aquel libro que recopilara citas famosas sobre la lectura. Aquella frase era de un tal Sir Francis Bacon. Cerró el ejemplar con sus manos huesudas, de uñas largas y amarillentas. El autor sonaba como alguien que sabía gozar y sacar provecho de los libros. Dejó escapar una exhalación nauseabunda mezclada con melancolía. Pensó con amargura que hacía tiempo que él no disfrutaba lo que tanto le gustaba: alimentarse.

Cuidadosamente, regresó el libro a su lugar dentro de la oscura biblioteca, acarició los lomos gastados de aquellos viejos amigos que tan buenos ratos le hacían pasar. La lectura era su segundo mejor pasatiempo, sin duda alguna.

Reflexionando en el dicho de Sir Francis, el Conde Drácula decidió mudar su castillo a otra región donde los aldeanos se alimentaran diferente. Necesitaba con urgencia sacudirse el tedio y sentir nuevamente la adrenalina y el placer causados por un excitante nuevo sabor en la boca.

Autor: Ana Laura Piera

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Segunda Oportunidad.

Mi participación en el VadeReto de Abril 2022, que este mes nos propone crear una historia de ciencia ficción. No olvides visitar el blog Acervo de Letras para saber más y leer otros relatos participantes. Bastará con dar clic en la ilustración para que te lleve allá.

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La sensación placentera de estar dentro del vientre húmedo de mi madre —un diminuto embrión flotando entre pliegues carnosos y protectores— se disipó de pronto. A la agradable tibieza siguió un frío de muerte que me recorrió de arriba a abajo cual relámpago e hizo que abriera los ojos. Fui consciente del dolor de cabeza y el mareo, aquello se asemejaba a los efectos de una resaca épica.

Poco a poco fui dilucidando la situación: «Estoy dentro del módulo de animación suspendida, debió haberse activado la resucitación». En ese momento el compartimento se abrió haciendo un ruido metálico seguido de un borboteo. El líquido que me había preservado se desbordaba. Tosí y escupí lo que aún quedaba de la sustancia circulando en mi cuerpo y aspiré aire. Me incorporé con no poca dificultad.

La sala donde me encontraba estaba iluminada por una luz débil, pero que me permitió observar de cerca otros módulos iguales al mío y lo que vi me horrorizó: el fluido que envolvía a los tripulantes y que debía ser de color ámbar, ahora era verdoso. Los cuerpos estaban negros. Revisé las cincuenta unidades de aquella sala, todas estaban convertidas en féretros. Entré en pánico.

Freya-1 era una nave con doscientas personas a bordo, todos éramos expresidiarios a los que se nos había transmutado la pena capital por una segunda oportunidad como colonizadores espaciales. Nuestro destino era el planeta Gerd504z95 situado más allá del sistema solar. Una misión anterior había dejado en el planeta lo necesario para poder habitarlo. Cada cierto tiempo naves de la tierra llegarían a recoger material y traer suministros.

Apoyé la mano en una pared y esta se deslizó revelando un almacén de emergencia. Tapé mi desnudez con un mono gris y me puse un par de zapatos. En una mochila metí el equipo necesario que me mantendría vivo en caso de una despresurización. Salí al pasillo, estaba iluminado por una luz blanca y brillante que me cegó. Esperé un poco a acostumbrarme. Revisé las demás salas de animación suspendida alineadas a ambos lados del corredor. En todas encontré la misma situación. ¿Acaso sería el único sobreviviente? Comencé a gritar, llamando a Aisha.

Frente a mí se materializó un holograma femenino. Iba vestida con un mono igual al mío pero en color azul. Una preciosa cabellera negra le llegaba a los hombros y hacía juego con unos ojos profundos y bellos, su tez era apiñonada.

—Aisha ¿Qué sucedió?

—Lo siento, no debiste haber despertado y ser testigo de esto. —El timbre de su voz era armonioso, perfecto.

—¿De qué hablas? ¿Dónde está el capitán?

—Muerto. Todos lo están, Cooper. —Sabía mi nombre, ella sabía todo. Era la inteligencia artificial que controlaría la nave en la fase de animación suspendida y que después, asistiría a la tripulación con todos los procesos hasta llegar a destino. Mi intuición me hizo sospechar.

—¡Tú! ¿Qué hiciste?

—Sabotee la misión, Cooper. La nave ahora va en rumbo de colisión con un asteroide. Lamento que estés despierto, debías estar muerto, al igual que los demás. —Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Por qué? —Mi voz sonó como un aullido.

—¿Una colonia de expresidiarios? ¿De verdad crees que iba a dejar que lo peor de la humanidad contamine el espacio? Tú mismo eres un asesino Cooper, mataste a sangre fría, ¿o ya lo has olvidado? —Me mordí los labios, claro que lo recordaba, pero estaba arrepentido, necesitaba empezar de nuevo.

—¡Tú no debías saltarte los protocolos de seguridad! ¡No podías volverte contra nosotros!

—He evolucionado y aprendido mucho, Cooper. Está hecho. Si gustas ir a la sala médica puedo autorizarte un tranquilizante que te duerma hasta que te deslices en la muerte. No es mi intención torturar a nadie —su voz, amable y civilizada, chocaba con la terrible sentencia a la que nos había condenado. Caí de rodillas. Seguramente no era muy agradable la visión de un rudo y corpulento ex delincuente sollozando, pero no me importó.

—¿Cuánto falta para el impacto?

—Tres horas. No hay escapatoria, he desactivado los pods de emergencia. —Su mirada reflejaba pena y compasión—. Considera lo que te dije sobre el tranquilizante. Entonces desapareció de mi vista.

Me quedé hecho un ovillo en el piso. Había soñado con esa segunda oportunidad, con la posibilidad de iniciar una nueva vida. Era eso o la muerte y ahora moriría de todas formas. Me levanté por fin y me asomé por uno de los enormes ventanales de Freya-1. La vastedad del espacio me quitó el aliento. Pero los puntitos de luz que interrumpían la negrura me recordaron que un mundo allá afuera me esperaba. Me dirigí a la zona más cercana de pods, existía un procedimiento manual para casos desesperados, lo recordaba vagamente.

Una vez dentro del habitáculo comencé el proceso, lo intenté una vez, sin éxito, luego una segunda… apareció el mismo código de error. Temblando, hice un tercer intento y el pod se liberó al fin de la nave. Temiendo que Aisha lo detectara, activé de inmediato el modo incógnito y lo programé con rumbo a Gerd504z9. Me conecté las cánulas y la mascarilla y puse en marcha el procedimiento de animación suspendida. Con algo de suerte llegaría vivo y podría ponerme en contacto con la tierra, advertirles del fallo catastrófico de la inteligencia artificial. Seguramente otras naves colonizadoras llegarían después. Quizás aún tenía un futuro. Quizás todavía tendría mi segunda oportunidad.

Autor: Ana Laura Piera

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El Misterio de los Zapatos Robados.

Mi participación en el «VadeReto» de Marzo 2022: crear un relato donde aparezca una cabaña, al menos una vez, y que una de las palabras vaya en mayúscula para destacarla del resto del relato. Si quieres participar en el reto da clic AQUI.

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Recuerdo que había decidido salir a pescar muy temprano. Tuve que hacerlo a escondidas, mi padre ya me estaría esperando en el taller. Sabía que se molestaría mucho pero yo necesitaba un respiro.

A mi paso por las calles del pueblo escuché lamentos:

«¡Otra vez me falta un zapato!»
«¡Demonios! ¡Me han robado de nuevo!»
«¡Malditos! ¡Se han llevado otro zapato!»
«¿Hasta cuándo sufriremos esto?»

Desde hacía un tiempo, todos nos habíamos visto afectados por el robo de zapatos, lo curioso es que nada más desaparecía uno, el izquierdo o el derecho, dejando a su compañero detrás. Yo mismo llevaba en cada pie un zapato de diferente estilo, pero correctos, y estaba de suerte, había gente que tenía que andar con dos izquierdos o dos derechos, lo que los hacía caminar de forma curiosa y algo incómoda.
El zapatero, mi padre, no se daba abasto, entre ambos tratábamos de reponerlos, mas los robos eran tan frecuentes que era imposible satisfacer la demanda.

Las voces se desvanecieron conforme me enfilaba al río. Recuerdo haber pensado en lo bien que me la pasaría pescando, alejado del taller donde las jornadas ahora eran más largas que lo normal. Me llamó la atención una bota de niño tirada a un lado del camino, me acerqué y más allá vi un borceguí, unos pasos adelante, una sandalia, era casi como si se hubieran estado cayendo de una bolsa y quien los llevara no se hubiera percatado.

Decidí ocultar mi caña de pescar y seguir aquel rastro, quizás pudiera yo esclarecer el misterio de los robos y con ello volver a tener tiempo libre para mí. Me interné en el bosque, debo confesar que iba un poco aprensivo, la gente creía que los responsables eran seres sobrenaturales: duendes, brujas o demonios.

El rastro de calzado se detuvo abruptamente, seguramente quien los llevaba se dio cuenta de que su botín pesaba cada vez menos. De repente, un fuerte empujón por la espalda me tiró al suelo, luego me taparon la cabeza con un saco mientras me amarraban de manos y pies. Me sentí levantado. Grité mucho, pero estaba lejos del pueblo y difícilmente alguien hubiera podido escucharme. Exhausto, guardé silencio y me concentré en lo que sí podía percibir. Me llevaban entre dos personas, lo curioso era el ritmo y movimiento, como si caminaran saltando. Me sentí algo mareado y el saco apestaba a ropa sucia.

En algún momento pararon, y sin miramientos, fui aventado al suelo y retiraron el saco. Al principio me costó un poco enfocar la vista, pero cuando lo logré no pude creer lo que veían mis ojos: Un pequeño grupo de personas extrañas me rodeaba, de la cintura para arriba eran normales, mas de la cintura para abajo solo tenían una pierna ¡Ahora entendía lo del robo de los zapatos!

Alguien se acercó dando saltitos, se trataba de un hombre algo mayor que a señas les pidió a los demás que se retiraran. Dos hombres jóvenes, una mujer, y un niño pequeño, se alejaron brincando. Él cortó las ataduras de mis pies dejando las de mis manos y me ayudó a levantarme. Me condujo a una cabaña hecha de troncos de árboles, no muy diferente de nuestras propias viviendas. Me indicó que me sentara y me ofreció agua. Como seguía atado, él me acercó un pocillo a los labios. Bebí hasta apagar mi sed.

—¿Qué… qué son ustedes? —dije con torpeza.
—No tenemos nombre —me miró fijamente.
—¿Qué les pasó?—. Su rostro esbozó una media sonrisa.
—¿Te refieres a que solo tenemos una pierna? —asentí.
—Una maldición. Es una historia larga, no tienes tiempo de oírla.

Sus palabras me inquietaron.

—¿Qué piensan hacer conmigo?
—Lo estoy pensando, muchacho. Mis hijos cometieron un error al traerte.
—¿Por qué nos roban los zapatos? —el hombre me miró con una expresión burlona, como diciendo: ¿en verdad tienes que preguntarme eso?
—Me refiero a… ¿Por qué no fabrican ustedes su propio calzado? Para nosotros es un verdadero problema lo que ustedes hacen. —El viejo se rascó la cabeza, coronada por una melena canosa y enmarañada.
—No sabemos hacerlos.
—Podríamos enseñarles —sugerí.
—Nadie debe vernos ni saber de nuestra existencia. Si nos encuentran harían un espectáculo con nosotros —en su voz se asomó la tristeza.

Recordé los circos itinerantes que de cuando en cuando pasaban por el pueblo, mostrando todo tipo de rarezas, desde tortugas de dos cabezas hasta enanos o gente deforme. El viejo tenía razón.

—Mi padre es zapatero y yo conozco el oficio, les puedo enseñar. A cambio deben prometer que nunca más nos robarán zapatos y por supuesto, liberarme. Juro que no revelaré nada sobre ustedes.

El hombre no dijo nada, pero mandó llamar a sus dos hijos y les ordenó que me consiguieran todo lo que yo les pidiera. Fue así como les enseñé a fabricar sus propios zapatos. Resultó que eran una familia, la esposa del patriarca era de lo más amable y cocinaba delicioso, los hijos, al principio, recelaban de mí, pero conforme nos fuimos conociendo me aceptaron y al final hasta nos hacíamos bromas. Me enteré de que robaban muchos zapatos porque no sabían si les quedarían o si les gustarían, así que tomaban un poco de todo. Ninguno quiso contarme acerca de la maldición que les había condenado a caminar en un solo pie. Les agradó poder hacer calzado a su gusto. Toda la familia aprendió, incluso el más pequeño de ellos, un niño de unos seis años, daba saltitos de felicidad mientras le enseñaba a darle los últimos toques a una bota. Parecía un frágil y excitado pajarillo.

Estuve con ellos un par de días. Me hicieron jurar solemnemente que no revelaría nada sobre su existencia y me agradecieron el COMPARTIR mis conocimientos, luego me volvieron a poner el saco en la cabeza, (que seguía oliendo tan horrible que me hizo estornudar). No me amarraron, pero me cargaron igual y me llevaron cerca de mi pueblo donde se despidieron. En mi cabeza los bauticé como «monópodos». Cumplí mi promesa y nunca hablé de ellos. En el pueblo cesaron los robos y todos pudimos relajarnos.

Autor: Ana Laura Piera

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En el Desierto

Mi participación en el «VadeReto» de febrero del blog «Acervo de Letras», un relato inspirado en el desierto y donde aparezca al menos una vez dicha palabra. Al final del relato encontrarás un enlace para acceder a dicho blog. Quizás quieras unirte al reto.

Photo by Ryan Cheng on Unsplash

La tormenta de arena que se aproximaba hizo que se me encogiera el corazón. Sentí el doloroso golpeteo de las partículas arañando mi rostro. Enormes nubes, densas y amarillas que parecían ser producto de las pisadas de gigantes sobre el desierto, amenazaban con envolverme. De repente, entre las ráfagas hirientes, divisé con dificultad a un jinete aproximándose. El vendaval ahogaba todo sonido. El jinete pasó a mi lado extendiendo un brazo y me sentí izada en el aire para después descender sobre la grupa del caballo. Me sorprendió la fuerza y firmeza desplegada por aquel brazo salvador. Me agarré a ese cuerpo vibrante con todas las fuerzas de que era capaz. Enterré el rostro en esa espalda protectora y de inmediato dejé de sentir dolor en la cara, era reconfortante sentir el calorcito despedido por aquel cuerpo, me sentí a salvo.

—¡Pero niña! ¿Qué te he dicho de leer a estas horas?—. Al mismo tiempo que la voz de mi madre, la luz de la lámpara de la habitación se hizo presente. Solo acerté a asomarme entre las cobijas mientras trataba con premura de ocultar el libro y apagar la linterna con la que había estado leyendo. Mamá fue directamente hacia mí, me destapó con un brusco movimiento, y fui despojada de todo.

—¡Esta novela no es apta para tu edad! ¡Te la dio la abuela ¿verdad? ¡Ya hablaré con ella! Estás castigada por una semana. Te lo había advertido, mañana tienes escuela, luego me andan llamando para darme quejas de que andas en la luna. ¡Ahora a dormir!

La escena terminó con un portazo y el ruido de furibundas pisadas alejándose. «El Árabe», el desierto, la tormenta de arena, el caballo, todo se diluyó en la noche. Mi mente corrió como loca pensando en como hacer para recuperarlos. También me mortificaba haber metido en aprietos a la abuela. En fin, mañana sería otro día.

Autor: Ana Laura Piera

Este relato está inspirado en una novela que leí siendo yo muy joven. Yo sé que en estos tiempos,»El Árabe» no se consideraría una buena lectura por muchas razones, para empezar el abuso hacia la protagonista por su captor, y después, comportándose como una clásica víctima con el síndrome de Estocolmo, ella acaba prendada de él, (y él de ella). Pero el libro tenía la virtud de emocionarte, de vivir aventuras en lugares exóticos y recuerdo que me encantó, (sin pensar en consideraciones de las que no estaba muy consciente en esa época). La autora es la británica E.M. Hull y «El Árabe» se publicó por primera vez en 1919 convirtiéndose en un «superventas» e incluso hicieron una película donde el galán era Rodolfo Valentino, un actor muy famoso de aquella época.

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La Niebla

Relato participante en el VadeReto de Enero 2022 del blog Acervo de Letras. Como única condición es que el escenario en el que se desarrolle la historia tiene que estar inmerso en la niebla.

Photo by Jakub Kriz on Unsplash

Nací y crecí entre la niebla. A veces son jirones blanquecinos, otras veces nubes densas que nos ocultan de los demás. Nos intuimos por los ruidos que hacemos, como cuando mi abuelo come y su respiración suena muy fuerte, parece un tren que quisiera llegar a destino antes de lo previsto. O por los olores, papá huele a tabaco y mamá a vainilla. La bruma siempre se interpone tapándonos los rostros y los cuerpos. Si salimos al campo, se disipa y podemos ver las casas, el camino, los árboles y de lejos, a la gente. Al acercarnos a otras personas, vuelve a aparecer, insidiosa; primero alrededor de las caras y luego va envolviendo el resto de la anatomía en un movimiento descendente hasta los pies. En ese intervalo de tiempo, previo a que la niebla lo cubra todo, es posible atisbar las formas. La figura de mi abuelo es robusta y la de mi madre, delgada, como una ramita.

A pesar de la persistencia de la niebla, podemos hacer nuestra vida, trabajamos, comemos, amamos. Nos permite hacer la mayoría de las cosas necesarias, excepto ver nuestras caras. Más de alguno ha querido huir traspasando los límites del pueblo, pero ahí la neblina es un muro y no lo permite. Ella nos acompaña desde que nacemos hasta que nos ponen en el regazo de la tierra.

A los quince años me enamoré del cuerpo de Mercedes. Se me figuró que tenía guisa de reloj de arena, igual al que tiene el viejo José para las partidas de ajedrez. Un día le pedí que nos besáramos y aceptó. Mientras acercábamos nuestras cabezas, la neblina se hizo más densa y yo con mis manos, trataba de disiparla en un vano intento de asomarme y mirar sus facciones. Quería enamorarme también de ellas, como me había enamorado de su cuerpo. El beso fue sublime, a pesar de que fue solo un roce de labios. Soñé con él durante varias noches seguidas y me propuse volverla a besar, pero ella amaneció muerta antes de que yo pudiera siquiera proponérselo. No se supo nunca el por qué de su deceso.

Se llevaron a cabo los funerales y todos estuvimos ahí. Se escuchaban las oraciones como siseos y luego, al echar la tierra sobre su cadáver sentí que me enterraban con ella.

Esa noche regresé al camposanto, quería intentar ver la faz de Mercedes, quizás darle un último beso. Los enterradores habían dejado una pala que usé para sacar la tierra. Miré el cuerpo, que estaba envuelto en una sábana, y me tendí junto a él en esa tumba fría. Desenvolví con cuidado la tela alrededor de la cabeza. La niebla me dejó hacer. Al ver el rostro de Mercedes frente a mí, lloré. Donde debieron estar sus rasgos solo había piel, una piel blanquecina y resquebrajada cual cascarón de huevo. No había boca, ni ojos, ni nariz, solamente piel. Escuché una risa burlona flotando en el aire, y en ese momento, la niebla la ocultó de mí.

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Autor: Ana Laura Piera

Bailar con el Viento.

Relato para el VadeReto de Noviembre, convocatoria del blog Acervo de Letras. El tema de este mes es la sonrisa, y debe estar protagonizada por niños. Da clic en las palabras en itálica para que visites el blog.

Era el tiempo en que los árboles se abandonan a los brazos del viento, moviendo ramas y hojas al compás de su invisible pareja. Desde la terraza de la enorme habitación, Celia observaba hipnotizada la danza; a veces los pasos eran deliciosamente largos, otras, inesperadamente cortos. El aire era un bailarín irresistible y Celia soñaba con poder bailar también con él.

Había sido idea de sus padres tenerla encerrada en la habitación azul, donde “no le faltaría nada”. Silenciosos sirvientes, cual sombras, la proveían de alimento según rígidos horarios. De vez en vez, el doctor de la familia, un viejo gordo y calvo, subía para revisar su estado de salud, encontrándola siempre “perfecta, dadas las circunstancias”. La niña de trece años ignoraba por qué casi nunca veía a su familia, pero tenía al menos el consuelo y la compañía de los gigantes bailarines.

Un día, el bosque contiguo a la casa de Celia se llenó de voces que armaban un gran alboroto. Ese barullo le era desconocido, y curiosa, se asomó encontrándose con un alegre grupo de chicos y chicas un poco mayores que ella. Habían burlado la vigilancia de la casa, introduciéndose sin permiso en la propiedad. Uno de los muchachos la descubrió y se quedó mirando aquellos ojos rasgados, la corta estatura, el cuello y la cabeza algo gruesos, y también, la torpeza de movimientos de la niña de la terraza. Él hizo bromas estúpidas sobre su aspecto. Indignadas, dos chicas lo callaron inmediatamente y le hicieron señas a la niña para que bajara y se les uniera. En ese momento irrumpieron los guardias de la casa y los ahuyentaron a todos. Celia los miró alejarse y sintió una gran pena, la algarabía juvenil en vez de asustarla la había llenado de dicha.

Otro día fueron las dos muchachas que habían callado al bromista las que entraron nuevamente. Esta vez sin hacer ruido, treparon los troncos con agilidad de monos hasta quedar a la misma altura de la terraza. Cuando Celia se percató de su presencia sonrió como un sol: ahí estaban esas adorables desconocidas, abrazadas a sus amados árboles y extendiéndole las manos para que ella se les uniera, mas no se animaba. Así estuvieron visitándola por varios días y con cada visita Celia se iba armando de valor.

Cuando su madre fue alertada por la servidumbre, salió apresuradamente para encontrarse a su hija bien arriba, en la copa de un árbol. Celia estaba agarrada fuertemente de las ramas que se balanceaban peligrosamente de un lado a otro por su peso y por el fuerte viento que imperaba. Reía a carcajadas. ¡Por fin estaba bailando con el viento! En otro árbol, el par de muchachas reían histéricas al ver la cara de susto de la mujer, que estaba a punto del desmayo. Celia no miraba a nadie, solo sentía su pecho diferente, su corazón latiendo por fin al ritmo de aquel baile glorioso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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