EL VAGABUNDO Y EL MANIQUÍ

Microcuento

Todas las noches, arropado en su cobija sucia, el vagabundo la miraba a través del cristal del almacén. ¡Era tan hermosa! Sus ojos la desnudaban hambrientos y en su mente bullían fantasías donde él la acariciaba y la hacía suya. Ella también le observaba con ojos vacíos y lejanos que enmascaraban un deseo imperioso de libertad. Le envidiaba.

Una noche, al acercarse, él se percató que la puerta de la tienda tienda estaba abierta…

Al día siguiente, el dueño del local se sorprendió al ver que en vez del bello maniquí femenino, en su lugar se encontraba el de un vagabundo. El dueño era un hombre práctico que sabía sacar partido a las situaciones adversas. Así que lo limpió y arregló para que anunciara un traje.

Esa noche, la que miraba desde la calle era ella, sabía que detrás de la fría indiferencia del maniquí, había desesperación. Estaba hecho, era ella o él. Se dió medio vuelta y se perdió en la ciudad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL ESCARABAJO

«Convivir es difícil», pensó Cecilia mientras se ponía crema desinflamatoria sobre los golpes. «Las parejas tienen problemas, superaremos esto». Pero muy en el fondo sabía que no, que los arranques de Leo no eran normales y las palizas cada vez eran más frecuentes. Se maldijo por ser mujer pues ella no era contrincante para él. Reflexionó que en lugar de que a una le enseñaran a cocinar o a lavar ropa, mejor sería aprender a defenderse. Una vez ella había tratado de darle una patada en los huevos, pero le fue peor, ya que esa vez su marido le pegó como nunca. Terminó de ponerse el ungüento y cojeando fue a la cocina a preparar la cena de Leo y se la dejó sobre la mesa. Quién sabe a qué hora llegaría, últimamente le daba por llegar en la madrugada borracho y provocador.
Se durmió llorando de dolor y de coraje.

Despertó convertida en un gigantesco escarabajo. Vio con horror que en lugar de piel su cuerpo estaba cubierto con un exoesqueleto iridiscente y sus manos eran ahora tenazas mortíferas. «¿Pero qué diablos?», pensó mientras el miedo la dominaba. Aún conservaba su mente humana, pero sintió que con cada segundo el bicho la iba anulando cada vez más. Se dio cuenta de que Leo no estaba a su lado y se quedó ahí tratando de entender qué estaba pasando.

Escuchó o sintió, no supo diferenciarlo, una puerta abrirse. Bajó de la cama y cuatro patas peludas la llevaron al baño, donde Leo estaba orinando. Seguramente acababa de llegar después de coger con quién sabe quién, estaba borracho y le costaba mantenerse derecho. Una rabia incontenible se apoderó del insecto y violentamente entró al baño. El hombre apenas se dio cuenta de lo que pasaba. Las formidables tenazas cortaron el pene y Leo empezó a deshacerse en gritos de dolor que solo pararon cuando su cabeza cercenada rodó por el piso cual pelota. Todo fue rápido y automático. Ver a Leo así, decapitado y con el pene sangrante le dio una extraña satisfacción.

«¿Qué te pasa pendeja? Estás gritando como loca. Cállate hija de tu puta madre o te rompo el hocico». La silueta de Leo se dibujó en la puerta y Cecilia se percató que todo había sido un sueño. Se limpió la cara llena de lágrimas y se acomodó para seguir durmiendo. En ese momento tomó una determinación: lo dejaría por fin.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Nota: Me queda claro que la violencia se ejerce, no por ser hombre o mujer sino por otros factores, y que no es privativo de un solo género. También que dentro de las relaciones humanas se dan muchos tipos de violencia: verbal, física, económica, etc.

LA MUJER PÁJARO

Photo by Ava Sol on Unsplash

Amanecí gorjeando, y no se trata de prosa poética. Amanecí gorjeando como un ave. No me d cuenta al principio: como siempre, yo comencé a repartir órdenes e instrucciones a diestra y siniestra: «¡Vístanse! ¡Ya es hora!»¡No dejen la ropa tirada!» «¿Se lavaron los dientes?» «¿Alfredo, vas a querer huevos tibios o fritos?» Pero la cara de absoluto asombro de mis hijas y esposo, así como la falta de respuesta a mis arengas me indicaron que algo andaba mal. Fue entonces cuando me escuché. De mi boca no salían palabras, sino gorjeos como los de los pájaros. Cerré los ojos pensando que en realidad aún no me había despertado y estaba inmersa en alguna especie de sueño extraño, causado quizá por la mala digestión de la lasaña de la cena anterior. Los abrí de nuevo, pero el sueño seguía. Miré a mi esposo y pronuncié su nombre, en mi mente dije «Alfredo», mas lo que se escuchó fue una voz de pájaro que hizo que me desmayara.

Traté de buscarle sentido a lo que me ocurría, en mi mente repasaba yo todas las posibilidades: desde alguna mala reacción a las pastillas para la dieta, hasta haber pescado algún extraño virus —ahora tan en boga— en la tienda de mascotas donde había ido con mis hijas por unas tortugas japonesas. Busqué una respuesta médica, pero los doctores que me examinaron, entre asombrados y divertidos, no encontraron ninguna explicación, y para mi desgracia, tampoco ninguna cura a mi problema. Me sentí devastada.

De alguna forma, junto con mi voz, también perdí mi autoridad. En casa, mis gorjeos solo lograban risitas y burlas. Comencé a usar un pequeño pizarrón donde escribía lo que quería decir y evitaba hablar. Mis labios se cerraron excepto para comer el alpiste que día con día se me iba antojando más por sobre cualquier otro alimento. Mi familia comenzó a avergonzarse de mí. Dejé de frecuentar a mis amistades y parientes y mi condición la mantuvimos en secreto por el bien de todos. Si alguien preguntaba, se le decía que sufría una afectación en la voz y que había enmudecido temporalmente. Yo aceptaba todo con resignación, de nada servía rebelarse, pero comencé a sentir cómo mi alma se iba saturando de tristeza.

Un día, cuando Alfredo vio que había traído del supermercado unos huesos de jibia, semillas de linaza y un libro sobre canarios, además del alpiste habitual, me increpó. Me amenazó con mandarme a un manicomio, luego su tono cambió y se hizo suplicante, deseaba con todas sus fuerzas que yo volviera a la normalidad. Me pidió hiciera un esfuerzo, él pensaba que el problema estaba en mi mente, traté de concentrarme y hablar como una persona, pero de mi boca solo salió un débil y triste gorjeo. Alfredo salió aventando la puerta y yo me derrumbé en la mesa llorando lágrimas mudas.

Las noté mientras me duchaba, dos protuberancias extrañas en mi espalda, una del lado derecho y la otra del lado izquierdo. Entré en pánico, salí desnuda y chorreando agua hacia el espejo, me vi… Las vi. «Algo» me estaba creciendo. A partir de ese momento evité hacer el amor con Alfredo, no podía permitir que me viera sin ropa. También evité cualquier contacto físico con mis hijas por temor a que las descubrieran. Las protuberancias crecían día con día, no podía ignorar que se trataba de dos alas incipientes, me aislé de todos y de todo y me encerré en el cuarto de huéspedes.

Una urgencia irracional me ha obligado a salir sin avisar en medio de la noche. El corazón se me quiere salir del pecho mientras me dirijo a toda prisa al Cerro de la Cruz. Subo con rapidez, como si mis pies conocieran la urgencia de mi alma y cooperaran gustosos. Por fin estoy en la cima, ¡qué bueno que no hay nadie!. Me desnudo al tiempo que veo el sol anunciarse en el horizonte, de mi garganta surge un canto de bienvenida para él, las notas son hermosas, dulces y tristes a la vez. Me acerco a la orilla del cerro, la que da al océano. Abajo, las filosas rocas son ahogadas sin misericordia en espuma de mar. Unas gaviotas revolotean sin prisa, prefiero mirarlas a ellas, las miro largamente, casi con envidia. En mi espalda siento un movimiento involuntario de mis jóvenes alas. Primero un aleteo tímido, luego un batir furioso, por momentos me levanto unos centímetros del suelo para volver a bajar. Ignoro si ya están listas, quizás les falte crecer. Delante de mí se extiende el cielo, sin límites ni fronteras. Las nubes no piden explicaciones, el viento no distingue entre aves o aviones. Me retiro de la orilla y retrocedo, tomo impulso…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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ALCANZANDO EL CIELO

Un gran árbol dañado por una tormenta en Gales es transformado por el artista Simon O`Rourke. La base de la escultura es un árbol como cualquier otro pero al mirar hacia arriba se va transformando, mudando su corteza y eventualmente volviéndose como la piel de un brazo y termina con las arrugas propias de la palma de una mano y sus dedos.

El artista hizo una investigación y encontró que el área donde se encontraba el árbol era conocida como «Los Gigantes de Vyrnwy» de ahí decidió hacer una mano gigante, simbolizando estos seres y el último intento del árbol de alcanzar el cielo. Como que esta imagen podría inspirar una historia, ¿no crees?

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