«CACHITO»

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Entró el viejo Jacinto a la estancia y se encontró con su nieto Santiago, de ocho años, inmóvil en medio de la habitación. Tenía la mirada fija y envuelta en nubes grises, como en trance. Temiendo una desgracia, salió en busca de «Cachito». Se lo encontró con el morro ensangrentado metido dentro de una gallina. Al sentir la presencia del hombre, el perro mestizo levantó la mirada como brasas de fuego, y enseñando los colmillos le gruñó amenazadoramente. Un collar de perlas rojas se deslizó del hocico hasta el suelo polvoriento haciendo un charco. Con paciencia, Jacinto comenzó a llamarle por su nombre en tono tranquilizador y esperó a que el animal se calmara un poco.

Siempre sucedía: su voz de viejo le amansaba lo suficiente hasta que el perro se dejaba amarrar una cuerda al cuello para llevarlo de regreso a casa. Esa vez el hombre lo ató a un árbol cercano y siguió el rastro de destrucción que había dejado el animal y que llevaba hasta la finca del vecino: entre sangre y tripas aparecían varias gallinas mutiladas: a algunas les había arrancado la cabeza, a otras les abrió el vientre y comió el corazón. De lejos vio acercarse a Ramiro, su vecino, con un fusil entre las manos.

—Te pido una disculpa Ramiro. Te las pagaré —se adelantó el viejo.

—Claro que lo harás Jacinto, y de una vez te advierto: o matas tú a ese animal del demonio o lo mato yo —dijo Ramiro tratando de controlar su exaltación.

—Yo me encargo, Ramiro.

Al regresar Jacinto a su rancho, se encontró a Santiago despierto. El niño, al ver a «Cachito» corrió a abrazarlo y ambos rodaron por el suelo jugando. No se distinguía dónde empezaba uno y dónde acababa el otro, mezclándose piel morena y negro pelaje como en una pelota viviente. Jacinto se sirvió un mezcal y fue a sentarse pesadamente en un sillón. Recordó que ambos, niño y perro habían nacido la misma noche, el mismo día, y que la luna caprichosa los había envuelto en el mismo manto blanquecino. Las madres de ambos desgraciadamente habían perecido en el parto y él tuvo que hacerse cargo de los recién nacidos. Parecían destinados a ser compañeros en la vida, pero tras el último desastre con las gallinas (ya antes había habido otros), Jacinto decidió regalar el perro al hombre que venía mensualmente de la ciudad vendiendo fertilizantes para la milpa.

—¿Y por qué lo regala Don?

—Ya tenemos muchos animales acá. ¿Lo vas a querer o no?

Y así, «Cachito» salió del pueblo y de la vida de Santiago y del abuelo Jacinto y se fue a vivir con Adrián quien lo puso a malvivir en un diminuto patio trasero. Invariablemente, en mitad de la noche, «Cachito» exhibía un comportamiento extraño: aullaba y daba vueltas en círculo como si fuera un rehilete. Adrián salía a darle de patadas hasta que el animal se calmaba. Con el tiempo el perro dejaba de aullar en cuanto veía venir a su nuevo dueño; eso a veces lo eximía del castigo, pero no siempre.

Una tarde, Adrián llegó con una muchacha y encadenó al perro para que no diera lata. Esa noche, al intentar dar vuelta sobre sí mismo el perro se enredó con la cadena y estuvo a punto de asfixiarse. Ya tenía los ojos rojos, inyectados de sangre y a punto de salírsele de las órbitas, cuando con una fuerza impropia para un perro de su tamaño terminó por romperla. Al mismo tiempo, en su rancho, Jacinto no podía dormir. Se levantó para servirse un poco de agua y se encontró a Santiago de pie, otra vez inmóvil y ausente, con la mirada perdida. El viejo comenzó a temblar.

«Cachito» se las había arreglado para entrar en casa de Adrián y sorprendiéndolo en la cama se había ido directo a la yugular de la que ya manaba un río de tibia sangre. Junto a él aparecía su compañera en turno, a ella le había comido la cara y arrancado el corazón.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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La Fotografía

Mi participación para el VadeReto de Octubre 2021. Crear una historia de miedo con motivo del mes del terror. Si quieres participar te invito a que entres en el enlace. Gracias por leer y comentar.

Antonio de Alba se levantó como siempre, a prepararse un café y salir a la terraza a escuchar los sonidos de la madrugada y ver las estrellas. Vivía solo, en lo que quedaba de la hacienda familiar. Esta había sido alguna vez un lugar próspero y hermoso que había caído en desgracia, como si la maldición que acabó con los suyos también hubiera tocado con mano invisible la casa grande, las dependencias y los establos. Le gustaba salir a esa hora, así al pasar por la vieja mesita donde estaba la fotografía, esta estaría envuelta en la oscuridad. Sus manos y sus ojos descansarían de ese eterno buscar una señal, de preguntarse si ya le había llegado su turno.

Lo recordaba como si fuera ayer: él era apenas un niño de trece años y su hermano mayor, Pedro, era un joven de 19. Este último siempre acompañaba a su padre, Don Tomás de Alba en sus correrías nocturnas. Si su madre, Doña Refugio les preguntaba qué andaban haciendo, Don Tomás respondía de mala manera que andaban viendo cosas del negocio familiar: la cría de ganado, y que lo que hicieran, finalmente a ella no le importaba. Con frecuencia Antonio se la encontraba llorando en silencio, cuando eso pasaba, ella lo atraía hacia su pecho y le dejaba la camisa empapada en lágrimas.

Un día se coló en la hacienda una mujer joven, de piel oscura, pelo alborotado y evidentemente embarazada. Daba de gritos diciendo que aquello que ocultaba su vientre era hijo de Don Tomás o de Pedro y exigía que se hicieran cargo. Pedro, con el rostro descompuesto, estuvo a punto de salir para hablar con la mujer, mas el patriarca se lo prohibió, siendo él mismo quien saliera, y, tomándola del brazo con violencia, la alejó de la casa lo suficiente para que no se escuchara la conversación. Desde los ventanales de la casa, Pedro, Antonio y Refugio observaban todo. Ésta última, llorando y retorciéndose las manos nerviosamente. Don Tomás y la mujer gesticulaban con violencia, él le señalaba que se fuera y ella antes de irse gritó con toda la fuerza de que era capaz que todos morirían, que estaban malditos.

Y ahí empezó todo.

En el lugar de honor de la hacienda se encontraba una foto en color sepia de toda la familia: Don Tomás con gesto adusto, bigote poblado y en posición sedente. Detrás de él, Doña Refugio, de rasgos delicados, con la mirada perdida en la lejanía y una de sus manos descansando devotamente en el hombro de su marido. Junto a ella su hijo mayor, Pedro, de porte gallardo. Frente a todos estaba Antonio, el más chico, a quien el fotógrafo había rogado mil veces que se estuviera quieto, pero aparecía como si algo le hubiera llamado la atención en el suelo, quizás algún bicho.

Primero se fue borrando Pedro. Todos pensaron que la humedad estaba echando a perder la fotografía, lo curioso es que únicamente se veía afectado el rostro, no el cuerpo. Al tiempo que sucedía esto, al joven le empezaron a aquejar mareos y después fiebres que le hacían delirar. Ningún médico pudo decir qué era lo que tenía. En esa época nadie relacionó la enfermedad con la fotografía, pero el día que Pedro murió después de una horrible agonía, su rostro fotografiado era una mancha borroneada y no se distinguían ya las facciones. Antonio tenía grabados a fuego los aullidos de dolor de su madre y a Don Tomás perdiendo la compostura y abrazado al ataúd gritando incoherencias.

Dos años después siguió el turno de Doña Refugio. Fue la época más traumática para Antonio, quien veía como la cara materna de la fotografía se iba deslizando en el olvido mientras su cuerpo se consumía por la enfermedad. Su padre buscó por todos lados a la mujer que los había maldecido, pero nunca la encontró. Se decía que se había ido lejos. También trajo a un cura a echar agua bendita por todos lados y a santificar la imagen, pero nada detuvo el avance del mal y Doña Refugio siguió a su hijo mayor en la muerte. En un lapso de tres años Antonio había perdido a casi toda su familia.

Pasaron cinco años más y la maldición parecía haberse detenido, pero su progenitor estaba hundido en un marasmo y la vida parecía no interesarle. No prestaba ninguna atención al único hijo que le quedaba y este tenía que apañárselas solo. Un día la cara de Don Tomás empezó a volverse un remolino negro y burbujeante que chorreaba tinta, como lágrimas. La suya fue la más dramática de las transformaciones de la imagen. Cayó enfermo y a pesar de los cuidados prodigados por Antonio y los esfuerzos del doctor, también falleció. En sus últimos delirios pedía perdón, los ojos abiertos como platos y la mirada perdida.

Antonio con 20 años se quedó solo de verdad.

Con las primeras señales de luz, los recuerdos lo abandonaban un rato y Antonio regresaba al interior de su derruida casa, pero al pasar por donde estaba la fotografía, su mirada se posaba sin remedio en aquellos tres cuerpos cuyos rostros borroneados parecían mirarle sin ojos. Treinta y cinco años habían pasado ya y aún la tomaba observándola con cuidado. Pasaba la mano por la cara del niño juguetón y distraído, el que parecía mirar algo en el piso. Trataba de asegurarse de que no hubiera ninguna anomalía. Pero esa mañana fue distinto, su dedo sintió, casi imperceptible, un cambio…como el inicio de una rugosidad…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

El abrazo por Ana Laura Piera — Masticadores México

Microcuento inspirado en una historia real

Estoy aquí con la horrible sensación de que ya viene. Es un presentimiento que nace en mi vientre y me recorre todo el cuerpo hasta que empiezo a temblar sin control. La gente no entiende, ellos no la ven, pero yo la siento. Piensan que estoy enfermo o loco, […]

El abrazo por Ana Laura Piera — Masticadores México

La Belleza – Microcuento

Éste es un reto lanzado por la cuenta de twitter @AsiloOscuro: En un tweet inspirarse en la imagen, usar la frase sin modificar, citar #AsiloOscuro. (Éste es un relato extendido de mi tweet original)

Imagen tomada de @AsiloOscuro

Fuiste hecho para reflejar belleza. Solo los más hábiles artesanos intervinieron en tu creación. Adornaste habitaciones reales reflejando siempre bellísimos rostros y objetos de gran valor.

Pasaste de mano en mano como una preciada herencia pero por azares del destino acabaste en el Asilo Oscuro. Fue ahí cuando María apareció en tu reflejo, su calavera perpleja observándolo todo desde cuencas descarnadas. Entonces supiste que estabas reflejando otro tipo de hermosura: la más honesta, la más profunda… la definitiva.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

también en: https://bloguers.net/literatura/la-verdadera-belleza-su-reflejo/

OLORES Y RECUERDOS

“A gato viejo, ratón tierno”, solía decir descaradamente mi padre. No había pasado ni un mes del suicidio de mamá y el viejo ya hacía de las suyas. Sin ella, sus correrías se volvieron aún más desvergonzadas. Creo que nunca tuvo la capacidad de amar a nadie y yo temía ser como él, pero tú me salvaste.

Una imagen interrumpió esa idea: un campo en primavera. El culpable era el aroma a tomillo que hervía junto con la carne. Rememoré cuando en alguno de nuestros viajes, fuimos a ver cómo hacían queso de forma artesanal en esa granja remota. Lo degustamos y nos dieron vino, ¡estabas tan contenta! Al final de ese día mágico, nuestros cuerpos se fundieron en una colisión exquisita.

El olor a orégano me golpeó la nariz ¿o fue acaso la mejorana? ¡Malditas hierbas!, ¡nunca las supe diferenciar!. Les tenía aversión pues me recordaban los jarabes caseros con que mi abuela pretendía curar cualquier gripe cuando era pequeño. Pero a ti sí te agradaban.

Los aromas me atrajeron al cazo donde hervía tu carne junto con las especias. No pude distinguir qué era qué. ¿Acaso parte de tus piernas?, ¿un pedazo de vientre?, tal vez un fragmento de tus pechos. La cocción te había transformado. Saqué un trozo, lo probé y se deshizo en mi boca inundándola con un sabor delicioso . Mi cuerpo se estremeció de emoción y sentí la urgencia de seguir comiendo. Te amé tanto, que busqué la manera de estar siempre juntos. Yo nunca sería mi padre.

https://bloguers.net/literatura/de-olores-recuerdos/

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Otro cuento sobre olores:

LA CASA DEL POZO

Mi participación en el concurso de relatos de «El Tintero de Oro«.

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LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana —más joven que ellos— Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. «Ven…» Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este relato participa en el concurso convocado por El Tintero de Oro. Si quieres saber más, te invito a que pases por su blog, y además te enterarás de un montón de cosas interesantes sobre Shirley Jackson autora de «La Maldición de Hill House» ¿Qué esperas? https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2021/04/concurso-de-relatos-xxvi-edicion-la.html#comments

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