PORQUÉ NO QUIERO SER PRINCESA

Para Paula, de ocho años, el día estaba resultando extremadamente aburrido, se encontraba enferma con paperas, obligada a quedarse en cama y faltar a la escuela, (lo cual no era muy desagradable, por lo menos podía dejar de ver al grupo de niñas insoportables de su salón, quienes se burlaban de ella y le decían “rara” por no jugar a las “Barbies” y por preferir hablar de lo que había visto la noche anterior en el “Discovery channel” a hablar de moda, accesorios o novios). Extrañaba sin embargo a sus maestras; sobre todo a Miss Alice, la “teacher” de Inglés, (que dicho sea de paso, era su materia favorita), pero como se suponía que no debía pararse de la cama más que para ir a hacer pipí, Paula se encontraba ya francamente desesperada.

Llegó la abuela Margarita para ayudar un poco a la mamá de Paula con la pequeña enfermita. Cuando la abuela vio y sintió con los dedos las dos enormes bolas en el cuello de Paula se espantó:

—¡Por Dios, niña!, no te levantes para nada, no te muevas, no pestañees, no respires… ¡Ay diosito, que esta niña no quede estéril o nos quedamos sin bisnietos!

Paula se rio ante las ocurrencias de su abuela, pero luego se quejó:

—Abuela, estoy muy aburrida.

—Ay niña, ustedes los jóvenes teniendo tantas cosas que antes no teníamos, se aburren con una facilidad tremenda. Pero mira, ahora remediamos eso, ¡te contaré un cuento!, así hacía mi abuela conmigo en el tiempo en que no había celulares, tabletas, juegos de computadora y demás cosas modernas. ¿Qué tal Blanca Nieves o la Bella Durmiente?

Paula puso cara de susto

—No abuela, ya conozco esas historias, por cierto… tengo una duda.

La abuela Margarita pidió paciencia al Señor, ya que sabía que las “dudas” de su nieta podían llegar a dar dolor de cabeza.

—¿Qué duda tienes? —preguntó esperando en parte que la niña cerrara el pico.

—Abuela, siempre me he preguntado… ¿Qué pasa después?

La buena señora puso cara de extrañeza

—¿Cómo?, ¿después de qué?

—Después de que se casan y viven felices para siempre. ¿Cómo sigue el cuento?

La pregunta tomó por sorpresa a la abuela:

— Pues supongo que siguen viviendo felices. ¿Qué otra cosa podría pasar? ¡Ay niña! ¡Pero qué preguntas haces!, mira mejor te traeré un jugo.

Y así Doña Margarita salió a toda prisa del cuarto de su nieta pensando que debía localizar la caja de aspirinas por si acaso. Paula se quedó esperando el jugo y se quedó dormida, tuvo un sueño de lo más loco que según contaría después, fue más o menos así:

Se vio asimisma haciendo la tarea en su habitación cuando de repente entraba Blancanieves, si, la misma del cuento, pero… algo andaba mal, sus ropas estaban viejas, su peinado se veía descuidado, se veía bastante acabada y no había nada que denotara que uno se encontraba ante una verdadera princesa. Con voz cansada se dirigió a la niña:

—Paula querida, tú querías saber que pasaba después de que el cuento termina con la frase “y vivieron felices para siempre” ¿no? Pues yo te lo diré: mi apuesto príncipe se volvió gordo y calvo, perdió todo su reino en juegos de cartas y tuve que recurrir a mis buenos amigos los siete enanos para sobrevivir. Mira mis manos, están hechas un asco de tanto lavar ropa y fregar pisos, porque no nos alcanza para pagar alguien que nos ayude con la limpieza. Mi ex príncipe se la pasa viendo televisión, no ayuda en nada, él que mató dragones y monstruos ahora le da flojera matar cucarachas. Mira, ahora vendrá una buena amiga a contarte su experiencia.

Blancanieves salió de la habitación con aire cansado y tomó su lugar La Bella Durmiente, que de bella ya no le quedaba nada y de “durmiente” menos pues se le veían unas ojeras y unas patas de gallo tremendas.

—Mi querida Paula, vete en mi espejo, en vez de estudiar matemáticas o química, me especialicé en fregar pisos y quitar polvo en casa de mi madrastra. No estudié idiomas, pero ¡ah! ¡qué bien bailé aquella noche que conocí a mi príncipe azul! A las cumbias y merengues nadie me ganaba. ¿Recuerdas que perdí mi zapatilla y él fue y la recogió y me anduvo buscando por todo su reino hasta que me encontró? Pues creo que andaba drogado o no sé, porque nunca jamás volvió a recoger ni un calzón tirado, se dedicó a sus negocios y yo pasé a ser un mueble más de su castillo. Yo pensé tontamente que teniendo hijitos las cosas mejorarían, pero no fue así, con el tiempo le dio por coquetear con otras princesas de otros reinos mientras yo cuidaba de los hijos que tuvimos, que fueron bastantitos, ya que él nunca creyó en la planificación familiar. Finalmente me desterró de sus tierras y ahora me gano la vida en una granja limpiando excremento de vaca pues por estar a su lado nunca me preparé para tener un trabajo y ganarme la vida. No dejes de estudiar niña, o te las verás negras aunque las tengas blancas. Se despidió la Bella Durmiente y entró volando Campanita.

Su tamaño era diminuto, además era insoportablemente hiperactiva, Paula tuvo que apresarla entre sus manos para que dejara de revolotear por todo el cuarto.

—¿Y tú, qué me vas a contar Campanita?

La pequeña hada contestó con voz chillona:

—Soy muy desgraciada. ¡Descubrí que Peter Pan es gay!, no le gustan las mujeres, lo cual no tiene nada de malo excepto por el hecho de que yo me ilusioné mucho con él, pero ahora resulta que sus gustos van por otro lado.

—¡Ay Campanita, ánimo!

Campanita lanzó un suspiro lastimero y luego dijo:

—Dejé de concentrarme en la escuela por pensar en él, me olvidé de mis gustos y aficiones por él, lo seguí para todos lados y ahora mira lo que resulta. ¡Anda con uno de los piratas del capitán Garfio! Por otro lado quizás fue lo mejor que me pudo pasar, ya que por el tamaño nunca hubiéramos podido funcionar como pareja. Y… bueno… también yo me encuentro confundida, hay una hada por ahí que me cierra el ojo y no sé en qué parará todo esto. Paula la vio alejarse moviendo las alas con tristeza.

Una voz la sacó de sus sueños, era su abuela:

—Ten mi niña, tu jugo. Me tardé porque me quedé platicando con tu mamá.

Paula sonrió de oreja a oreja mientras bebía el jugo con deleite.

—Abuelita, ya sé que pasó después del “y vivieron felices para siempre”

—¡Ay niña! ¿Sigues con lo mismo?

—No te apures abuelita, no tiene importancia. ¿Me haces un favor, pásame mi mochila, me pondré a repasar para no atrasarme, ¡ah! Y dame mi diario, no seas mala, quiero escribir mil veces que yo valgo por mí misma y no por estar con alguien más. Y también que debo estudiar y ser autosuficiente así ningún príncipe azul tendrá oportunidad de arruinarme la vida, también que debo vivir, tener experiencias y que no debo depender de nadie. ¿Abuela… Abuela? ¿Sigues ahí o ya fuiste por tus aspirinas? ¡Ay dios mío! ¡Mamáaa! ¡La abuela se nos acaba de desmayarrr!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

LA ULTIMA BUSQUEDA

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El viajero de mil caminos se dejó caer en espera de la Muerte. La deseaba. Anhelaba que esta llegara y pusiera fin a su sufrimiento. No lo atormentaba el dolor físico de su cuerpo maltrecho y de las heridas infligidas por el sol de muchas jornadas. Le dolía la ignorancia de no saber qué hay más allá de la frontera de la vida. ¿Qué sigue después de exhalar el último aliento?

Había viajado por todos los continentes, visitado sabios y consultado oráculos y la llaga de la ignorancia seguía atormentándolo. “¿Ubi sunt qui ante nos in mundo fuere?” La Muerte debía conocer la respuesta. Ella, que se los lleva a todos, que tiene el postrer atisbo a sus últimas miradas, que tiene el privilegio, como una madre orgullosa de sus hijos, de observar sus primeros pasos tras cruzar el umbral.

Pero la Muerte, cual veleidosa amante, se tardaba en llegar. Porque esta dama no llega a capricho nuestro, sino en sus propios tiempos, y a veces, coqueteando con nuestros deseos, nos deja esperando, y otras se aparece de improviso como un intruso en la noche que se sienta a nuestra mesa sin ser invitado.

Gruesas lágrimas rodaron por las secas mejillas del viajero, pero cuando la vio llegar, engalanada como para un baile, todo su ser se llenó de alegría. Ella abrió su boca desdentada y oscura. «¡Por fin!, el secreto a punto de ser revelado» —pensó. Pero de la boca de la Muerte no salió ni un sonido, solo señaló con su huesudo dedo el tiempo pasado. El viajero tuvo frente a sí toda su vida en un segundo, y entendió que su existencia con todo lo bueno y con todo lo malo, había sido plena. Y ahora conocería la plenitud de la muerte sin remordimientos. Inició su último viaje en el silencio más absoluto, y del brazo de su dama, mudos los dos, atravesaron el abismo.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

«MURCIEGALOS», QUESO Y ORTOGRAFIA….

Relato ficticio, original.

La señora que vende quesos es muy platicadora, se trata de una de esas gorditas simpáticas difíciles de ignorar. Ayer que pasó con su canasta llena de deliciosuras lácteas no pude resistirme a comprarle una panela, aunque sabía que junto con el queso, me iba a vender todo un discurso y así fue:

—¿Trae panela?

—Si, aunque fíjese que por poquito y no traigo.

—¿Ah si?

—¡Síii! Es que en el cuarto donde las preparamos que cree? De repente veo entrar algo por la ventana, una cosa negra que aleteaba muy feo. Primero pensé que sería una de esas mariposas de la mala suerte. Ya sabe, de las negrotas, esas que dicen que si se meten a la casa anuncian que habrá difunto.

—Si, ya sé cuáles dice, y bueno, ¿pues que fue lo que se metió?

—Uy señora, ¡un MURCIEGALO! lo bueno que mi hijo el mayor, que venía de ACEPILLAR al caballo, le aventó el cepillo con tanto tino ¡que le dio! y pues ya atarantado se cayó al piso y ahí lo rematamos. ¡Ay! Viera que cosas tan espantosas son esos bichos, tienen cara de demonio. Por si las dudas y para alejar las malas vibras, yo recé un Padrenuestro.

Me sentí triste por el pobre animal y la ignorancia que lo había matado. La señora siguió con su relato:

El susto me dio mucha hambre, sentí un hueco en el estómago, creo se me bajó, la glocosa esa… O ¿cómo se dice?

—¿Glucosa?

—Si, esa mera, me fui para la cocina y me eché unas ALMÓNDIGAS que tenía para que cenáramos todos. Me las acabé toditas, pero es que con esos sustos pues no anda uno con pequeñeces, yo necesitaba recuperar fuerzas. La cosa que cuando llegó el Rufino —mi marido—, se armó un pleitazo, me dijo que soy una tragona y que conmigo no hay MANTENCIÓN que alcance.

Ya estaba yo con los ojos salidos de desesperación, primero por el relato que se alargaba y yo con unas ganas locas de hincarle el diente a un pedacito de queso, y en segundo lugar porque lo de murciélago, acepillar, almóndigas y mantención no me sonaba nada bien. Me abstuve de corregir a la señora (aunque ganas no me faltaban), y qué bueno que no lo hice, pues una vez que se fue, (y después de hacerme un sandwich), me metí a la computadora, al sitio del diccionario de la RAE y me di cuenta que todas y cada una de esas palabras son correctas tal y como las había escuchado, son palabras que se oyen mal pero que están bien escritas. ¡Así que ya saben!

Palabras vistas en Revista Muy Interesante año XXII No. 11 pag. 20
sitio del diccionario de la RAE: http://www.rae.es

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.