KUKULKAN

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—Mi señor, ¿ha visto lo que sucede en la tierra? Kukulkán el noble dios de los mayas, deja de observar la enorme y bella esfera azul que cuelga en la noche sin fin del universo.

—Lo he visto mi querido Ah Kin Xoc, tú sabes que siempre estoy al pendiente de los míos, aunque pocos me recuerden.

—Señor, la gente moderna tiene en alta estima a los Mayas y a la noble Ciudad de Chichén Itzá, han declarado el templo de mi señor como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.

Kukulkán, la Serpiente Emplumada, suelta una carcajada sonora y mira fijamente a su servidor:

—Ah Kin Xoc, eso es ridículo. Mi pirámide no necesita que la nombren maravilla, siempre lo ha sido. Lo mismo que quienes fundaron, construyeron y habitaron las grandes ciudades del Mundo Maya. Ese nombramiento no nos hace más maravilla de lo que ya éramos.

El fiel sirviente asiente y no puede dejar de observar una nube de tristeza que empaña la mirada del dios.

—Ak Kin Xoc, ¡extraño nuestro antiguo mundo!

—Fueron buenos tiempos sin duda, mi señor.

—Ya me hace falta visitar mi tierra personalmente. ¿Cuánto falta para el próximo equinoccio?

—Muy poco mi señor, ya podrá usted descender por su templo y fecundar la tierra, como siempre.

Kukulkán suspira y luego masculla entre dientes: “Tantas otras maravillas creadas por gente excepcional en otras partes de la Tierra, que siéndolo no son reconocidas ni recordadas. ¿Con qué autoridad se ponen a decidir estas cosas? Estos hombres modernos y sus ocurrencias…”

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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CRECER

Cuento corto, original

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Al primer tijeretazo siento un escalofrío. El trozo de cabello rueda lentamente por el plástico protector hasta el piso esparciéndose como una flor deshojada en el viento. Diego me mira divertido mientras empuña la tijera y va asesinando lentamente los rizos que me han acompañado desde pequeña. Cierro los ojos con pesar mientras mi niñez y juventud se acumulan inertes a mis pies.

—No es para tanto —me dice Diego, siempre sonriendo.

Yo no le presto atención pues un recuerdo acapara mi mente: estoy acostada boca arriba sobre un prado magnífico, mi cabellera rojiza extendida como un manto de fuego sobre el verde intenso, mi piel de cera y mis pecas están bañadas por el sol matinal. Tengo chocolates en una mano y los voy echando de a poco en mi boca que se inunda con mareas dulcísimas de placer. La voz monótona del Director, como un intruso, interrumpe mi ensoñación:

«Si quiere dar clases en esta escuela tendrá que mejorar su aspecto. Usted se ve muy joven, los alumnos no la respetarán. Cambie de imagen, un buen corte de pelo y otro tipo de ropa le vendría bien. La veré de nuevo mañana y espero ver esos cambios o la plaza será de otra persona».

Mi cabeza se siente desnuda. Abro lentamente los ojos y veo a Diego sonriendo estúpidamente. —¿Y bien? ¿Qué opinas? Mi peluquero ha hecho un buen trabajo, pero no puedo evitar compararme con esos árboles podados de forma ridícula al capricho de la gente, en mí no hay ya ramas grandes donde poner un columpio y mecerme alocadamente con la brisa, ahora todo será echar raíces. La niña finalmente, se ha ausentado de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

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