Réplicas.

Mi participación en el VadeReto del mes de Septiembre, cuyo tema es un «puente» y según las instrucciones, en la historia debe aparecer este elemento arquitectónico, bien en su forma física o bien en su aspecto simbólico, y al menos una vez la palabra PUENTE.

Llegué a El Triunfo por accidente. Mi coche se descompuso en la carretera y tenía urgencia por llegar a destino y entregar la carga. De la guantera saqué una linterna y la Glock 25. La noche era fresca, así que extendí mi brazo a la parte trasera del automóvil y jalé mi chamarra de cuero, luego tomé la linterna, pero olvidé la pistola.

Tras una hora de caminata, me topé con un letrero en el camino indicando que me aproximaba a un poblado: «El Triunfo». Me adentré en un camino de terracería. Tras unos veinte minutos alcancé a ver las luces de un caserío, suspiré aliviado, pero al tocar las puertas de las humildes viviendas, las luces se apagaban y nadie abría. De nada me sirvió gritar hasta desgañitarme, el pueblo eran dos calles, y tras recorrerlas y no encontrar respuesta me fui a sentar frustrado bajo un zaguán. Si hubiera tenido conmigo mi revólver, los hubiera obligado a salir. Saqué un cigarro y me dispuse a esperar el alba. Trataba de tranquilizarme pensando en que la vía donde había dejado el carro era poco transitada y nadie se pondría a husmear, al menos por unas horas.

Con el amanecer vi salir de una casa al que resultó ser el panadero del pueblo. Se me quedó viendo con pena y me ofreció un pan de su bandeja. En otras circunstancias me hubiera hecho gracia ver a un hombre delgado como un palillo, usando una redecilla para el cabello, portando un delantal harinoso y un bigote a lo Charles Chaplin.

—¿Usted andaba tocando y gritando en la noche?

—Asentí mientras le daba una ansiosa mordida a un pan recién hecho.

—Perdone, no acostumbramos recibir visitas a esas horas.

Supuse que dada la insignificancia de aquel lugar, lo más acertado sería decir que nunca recibían visitas.

—Entiendo. ¿Hay alguien que me pueda ayudar? Mi carro se averió, lo dejé en la carretera, a una hora y media caminando. Me urge.

—Ahora mismo es muy temprano. Alrededor de las 11:00 se levanta Raymundo, ese le sabe a la mecánica, seguro le ayuda.

—Necesito a Raymundo ahora mismo. ¿Me puede indicar dónde vive?

El hombre me miró extrañado, pero me dio indicaciones. Fui a tocar a la puerta del «mecánico», mas no obtuve respuesta. El panadero pasó nuevamente por donde estaba yo.

—Le dije que se levanta a las 11.00 — murmuró recalcando cada palabra, y siguió su camino, sin prisas.

En contraste con la excesiva calma de aquel pueblo de mierda, sentí desesperación. El sol levantándose en el horizonte era un signo ominoso. Tenía que orinar en algún lado, así que caminé alejándome de las casas. Escuché un rumor de agua y me dejé guiar por el sonido. Iba pensando que El Triunfo era un nombre demasiado rimbombante para aquel pueblucho. Oriné bajo un árbol, muy cerca de la orilla de un río de caudal importante. Llamaron mi atención las ruinas de un puente bastante antiguo que se elevaba sobre el río, pero a medio camino se había desplomado. Al otro lado se veían los despojos del mismo puente, y luego, más allá, otro caserío. Me emocioné, quizás ahí podría encontrar alguien más dispuesto a auxiliarme.

Regresé y tras intentar sin éxito despertar a Raymundo, me encaminé a la casa del «principal» del pueblo, un hombre llamado Avelino Cruz. De nuevo, el panadero, quien parecía estar en todo, fue quien me informó sobre él:

—Es un hombre de baja estatura, pero este año fue elegido como la máxima autoridad, o «principal» de nuestro pueblo —detecté en su voz un dejo de envidia—. Le atiende en su casa, esa azul que se ve ahí, ya sabe, somos un pueblo pequeñito y nuestras mismas moradas fungen como edificios públicos o negocios.

Avelino me recibió muy serio en su comedor. En verdad resultó un hombre muy bajito, la expresión dura de su rostro hablaba de alguien con el que no se juega, curtido quizá por las burlas hacia su persona. Le expuse mi caso y le pedí que me dijera cómo llegar al otro poblado.

—No se puede llegar ahí. No hay forma, además, es un lugar maldito —dijo tajante. Sin querer, esbocé una sonrisa burlona.

Avelino me lanzó una mirada fulminante y continuó:

—Ese sitio se llama «La Falla» y nosotros mismos tiramos el puente que nos unía con él.

—¿Pero, por qué?

—Cuando se fundó «El Triunfo», el puente que vio ya existía, pero no «La Falla». Ese pueblo fue surgiendo conforme se iba construyendo el nuestro. ¿Me entiende?

—La verdad es que no…

—Mire, se construía una casa acá, pues al otro lado aparecía otra igual. No inmediatamente, tampoco veíamos a nadie allá trabajando, pero de repente aparecía la réplica exacta. Algunos de nosotros fuimos varias veces a investigar, pero aquello estaba desierto, sin rastro de nadie. Dejamos de ir, nos dio miedo. Luego, cuando «El Triunfo» ya estaba acabado, yo mismo me di una vuelta y efectivamente, allá aparecía todo lo que teníamos. Con el tiempo empezó a aparecer gente. Las mismas personas que habitábamos «El Triunfo», estaban ahí: había una maestra igualita a la nuestra, un doctor, los niños, yo mismo…

Suprimí la risa y traté de controlar mi cara, sin mucho éxito, pues Avelino se levantó súbitamente, como dando por terminada la conversación.

—¡Por favor! —supliqué—. Debo entregar algo muy importante y ya me detuve demasiado. Quizás en «La Falla» alguien me ayude.

Ahora fue él quien se rio en mis narices. Se sentó de nuevo y me miró como se mira a un niño al que hay que tenerle mucha paciencia.

—A pesar del temor, algunos de nosotros regresamos, y esas personas parecían no vernos a nosotros. Era como si fuéramos invisibles. Ellos tampoco intentaban pasar a nuestro pueblo, o quizás lo hacían y tampoco los veíamos.

El muy desgraciado ignoraba mi urgencia y seguía con el cuento, pero yo lo escuchaba porque al final también estaba un poco intrigado y no perdía la esperanza de obtener información útil.

—Observar a nuestros dobles resultó inquietante. Hubo gente que, tras pasar unas cuantas horas en «La Falla», regresaba a «El Triunfo», empacaba sus cosas y se iba para no volver jamás. Otros acabaron con alguna enfermedad mental. Así que todos decidimos tumbar el puente para no tener nada que ver con ese lugar. Ahora, respecto a su problema, Raymundo es el único que sabe algo de mecánica, es un alcohólico empedernido y empieza a reaccionar después de las 11.00 Usted tendrá que tener paciencia. Váyase a la casa de doña Consuelo, que está frente a la Plaza, a esta hora ella vende desayunos, tómese un café. ¡Ah! Y ya no haga barullo, por favor.

Salí muy consternado, pero no me iba a dar por vencido. Regresé al río y observé cada detalle para ver si había alguna forma de librarlo y alcanzar la otra orilla que distaba unos cuarenta metros. No había cómo, yo no nadaba muy bien y la corriente era fuerte. Frustrado fui a sentarme en el borde del puente colapsado y me quedé mirando hacia «La Falla» esperando ver a alguien y poder pedir ayuda.

Pasaron unos quince minutos cuando vi movimiento del otro lado: una persona se había sentado también en su respectivo borde de la malograda estructura. Emocionado, comencé a manotear tratando de llamar su atención y él hizo lo mismo, me paré y él me imitó, caí en cuenta que copiaba mis movimientos. Intrigado, fijé mi vista en él y algo extraordinario pasó, pues mis ojos se comportaron como el zoom de una cámara fotográfica y pude verlo hasta en el más mínimo detalle: llevaba ropa igual a la mía y en sus facciones distorsionadas me reconocí. Tenía incluso una cicatriz en la frente de la que yo alardeaba. Sus ojos tenían una mirada diabólica y sus labios esbozaban una mueca maligna que me dio escalofrío. Sus manos manchadas de sangre me recordaron el cuerpo sin vida que guardaba en el maletero de mi auto y que debía entregar a quien me pagaría una fortuna tras asegurarse de que ese pobre infeliz ya no le estorbaría. Se me hizo un nudo en el estómago. Sentí repugnancia de mí mismo, lloré y gemí sin control, una gran pena se había apoderado de mi ser. Nunca volví a ser el mismo.

Autor: Ana Laura Piera

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HERMOSA MUERTE – micro y fotografía

Desde el génesis de todas las cosas, el sol muere dulcemente entre los cerros. Al extinguirse su luz se abandona a los brazos del mar y al vaivén de su reflejo en el agua, efímero camino dorado que va desapareciendo en medio de una agonía anaranjada. Es una hermosa muerte que se repetirá una y otra vez hasta que todo acabe.

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Ana Piera / Tigrilla

PÁLIDO REFLEJO

Caminando, haciendo unas compras, vi mi reflejo en una vidriera. No pude evitar tomar una foto. Esto no pretende ser una reflexión triste, de alguna forma nos hemos “adaptado” a todo esto que hemos vivido. ¿Se extraña nuestras vidas de antes? Pues si, pero aún dentro de estos tiempos difíciles hay momentos buenos. Valorémoslos. Sobre todo apreciemos lo que verdaderamente importa, creo que es una de las enseñanzas de esta pandemia. Aprovecho para agradecer sus visitas a mi rincón de la blogósfera. ¡Gracias!

Foto tomada por Ana Laura Piera

EL ESPEJO

Photo by Felipe Tavares on Pexels.com

Lola observa su reflejo en el espejo. Se trata de uno de esos, muy antiguos y de cuerpo entero, que han logrado dar servicio a múltiples generaciones y llega al presente deslustrado, pero entero. La imagen reflejada no es la mujer avejentada y triste de siempre, sino otra versión de ella misma, más atractiva y revitalizada. Se acerca lo más que puede y escudriña los detalles: el elegante peinado en lugar del chongo mal hecho y descuidado que siempre le critica Celerino. “¿Ya te pusiste esa bola de mierda en la cabeza?” No hay arrugas ni bolsas bajo los ojos. No hay rastros del mandil manchado de salsa ni de sus chanclas obscurecidas y deformadas. En lugar de eso: vestido recto azul marino y zapatos beige. Lola 1 mira a Lola 2: la reflejada, como a un milagro, como si el mismísimo Ángel Gabriel se le hubiera aparecido. Solo la voz estentórea de Celerino la saca de la adoración de su propio retablo.

—¡Carajo Dolores! ¡Ya es hora de comer! ¡Pinche vieja! ¿Pues qué tanto haces?

Lola se despide con pesar de la imagen y corre a atender al hombre que maneja su destino desde hace mucho.

—¿Por qué traes esa cara de estúpida? ¡Déjate de chingaderas y dame de comer! Ella obedece, pero Celerino repara en que Lola no pone nada en su propio plato.

—¿No piensas comer pendeja?

—No tengo hambre Cele.

—¡Carajo! ¡Sírvete que no voy a comer solo como perro! —dice mientras sus cachetes de bulldog tiemblan indignados.

A Lola no le interesa la comida, lo único que quiere hacer es volver con el espejo. Come con prisa, con ansia.

—¡Carajo! ¿Hoy que traes? ¡Come despacio que me das asco! —los ojos saltones, como de sapo parecen querer saltar de sus cuencas.

Ahora Lola mastica todo a paso de tortuga, tan lento que cuando su marido anda en el postre de arroz con leche, ella sigue chupando los huesos del caldo de res.

—¿Mañana que vas a hacer de comer?

—Te haré los tamales de carne de puerco en salsa verde que tanto te gustan. Un eructo sonoro es la respuesta de Celerino al levantarse de la mesa.

—Iré con los muchachos —dice sobándose el voluminoso vientre.

En realidad iba a una casa de putas que abría temprano. Lola sonríe por dentro. Liberada por fin de la presencia de su marido, regresa a la habitación. En el umbral de la puerta se detiene, toma aire y valor, pero se lleva una desilusión: no hay rastro de la imagen que vio antes. Se acerca y examina, toca y recorre con ojos cansados y manos torpes esperando encontrar algo nuevo, algo que explique lo que vio, pero nada. ¿No se estará volviendo loca como su tía abuela?. Baja a la cocina y le roba una cerveza a su marido mientras trata de calmarse. La bebida logra relajarla y decide hacer otro intento, total, nada pierde. Quizás deba efectuar algún rito que ayude a la otra Lola a hacerse visible.

Pronto está de nuevo frente al espejo. Cierra los ojos con fuerza para volverlos a abrir rápidamente. Repite tres veces. Nada. Recordando alguna imagen vista en la televisión, intenta hacer la pose de flor de loto; vuelve a cerrar los ojos, los abre, nada… Se levanta sintiéndose una imbécil y se da vuelta para salir cuando siente que alguien clava su mirada en ella. Voltea y casi se cae del susto: ¡ahí estaba! La otra Lola la observa fijamente, extiende lentamente una mano fuera del marco y le hace señas de que se acerque. Lola da unos pasos en dirección a esa mano, la toma, y entra en el espejo. Ahora solo se refleja una Lola, de espaldas, alejándose. Haciéndose pequeñita hasta desaparecer. ¡Lástima! Celerino se quedaría eternamente sin sus tamales de carne de puerco en salsa verde.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla