AL ABRIGO DEL MAR.

La superficie del mar, con su movimiento ondulante y su color azul claro parecía la piel de un animal marino de dimensiones inconmensurables. Soplaba poca brisa y las olas acariciaban con gentileza la playa, dejando un rastro espumoso que se desvanecía en segundos. A pesar de la relativa calma no le fue fácil entrar en el agua, el chaleco salvavidas francamente le estorbaba. Carlota miraba desde la orilla con cierta aprensión, pero descansó cuando vio a su marido abandonarse al fin al arrullo de las olas.

Ella se quedó viendo sin ver. Sus ojos perdidos en el horizonte mientras desfilaban en su cabeza imágenes de un pasado que se antojaba un mero sueño. Bruno de 25 años, guapísimo, pidiéndola en matrimonio. Ella, muy diferente de la mujer de rostro cansado y ojos tristes que era ahora. Siempre había sido muy atractiva, pero la belleza viene con fecha de caducidad y su pérdida se acelera ante la ausencia crónica de alegrías. Recordó también aquel salón de tango en su natal Buenos Aires; donde ambos gustaban de pasar las noches de viernes ebrios de música y vino, para luego rematar en el lecho de casados donde Bruno le había hecho el amor infinidad de veces. Tantos recuerdos. ¿Habían sucedido realmente? ¿Había existido otra vida antes de ese suceso que marcó sus destinos para siempre?

Bruno se había puesto un equipo de esnórquel. Flotaba en medio de agua color turquesa, taladrada aquí y allá por rayos de luz. Vio hermosos peces pintados de arcoíris, otros menos llamativos, pero interesantes, como el banco de pececillos diminutos que lo envolvió de repente. Sus lomos plateados reflejaron la luz del mediodía y le pareció encontrarse en medio del resplandor de algún tesoro perdido. Observó pequeñas rayas que se esforzaban en esconderse en el vientre arenoso del lecho marino para no ser descubiertas. Su esfuerzo era vano pues nada tenían que temer del hombre que en aquel momento deseaba fervientemente dejar de ser carne, piel y huesos para convertirse en escamas, branquias, arena y agua. Dejar de ser Bruno Fernández y convertirse en parte del universo acuático de una vez y para siempre. Se ensimismó tanto que logró que se ausentara el tenaz recuerdo de aquel horrible día, cuando frente a la Plaza de Mayo quedó roto entre las ruedas de un camión que le robó la mitad de su cuerpo y la voluntad de vivir.

Tras un par de horas que a él le parecieron apenas unos cuantos minutos, su exploración se vio interrumpida por los gritos de su mujer que le urgía a acercarse a la orilla. Con pesar braceó hacia la playa hasta tocar el fondo con sus piernas muertas. Con sus brazos, y con movimientos torpes y lastimosos de su cuerpo logró salir. Lejos del cobijo del agua, Bruno fue otra vez, dolorosamente consciente de su condición de parapléjico. Carlota lo esperaba junto con dos desconocidos que amablemente se habían ofrecido a ayudar. Lo subieron a su silla de ruedas y lo trasladaron a la vereda del hotel que los llevaría a su habitación. Carlota no podía verlo, aunque lo intuía: de los ojos de Bruno manaban lágrimas que, como las rayas que viera, se camuflaban con las gotas saladas que chorreaban de su cabeza.

La noche escogida la playa estaba desierta, y ante la ausencia de luna parecía boca de lobo. El aviso de tormenta y mar agitado mantenía a casi todos los huéspedes en sus habitaciones, donde el bramido del mar rompiendo, ahora sí, furiosamente contra la orilla, les llegaba atenuado y podían fantasear con una noche tranquila. Nadie los vio, nadie fue testigo del cumplimiento de ese pacto nacido de horas interminables de desesperanza y cansancio: Ocultos en la cortina de agua que caía del cielo, una mujer empujó trabajosamente a un hombre en silla de ruedas por la playa, y cuando la silla ya no pudo avanzar, el hombre se dejó caer y la mujer lo arrastró con dificultad hacia el agua revuelta. Ambos se dejaron llevar por las olas, iban abrazados, despidiéndose de la vida, buscando el abrigo eterno del mar y el descanso del cuerpo y del alma.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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