EN «EL RAINBOW»

Relato original, Crónica de una noche loca en Guadalajara.

Photo by Mary Y. on Unsplash

No se escucha otra cosa que la música que no para y un murmullo como de panal de abejas compuesto por suspiros, risitas ahogadas, carcajadas, voces y besos de labios impacientes. La gastada alfombra del piso amortigua cualquier ruido hecho por los dos pares de tacones baratos comprados en el mercado, tampoco se oye el siseo producido por el roce de sus vestidos sacados en abonos con Doña Chayito, la abonera de la colonia. Daniela y Carolina han hecho su entrada triunfal en «El Rainbow».

Como cada noche, la bandera gay multicolor de la entrada les da la bienvenida. El lugar esta a punto de reventar. Se abren paso entre un mar de cuerpos y a duras penas pueden ubicarse en una esquina del local. Un mesero pasa apurado y les ofrece algo de tomar, piden dos piñas coladas que a pesar de lo mal preparadas, sorberán con deleite, aunque lentamente, pues no tienen dinero para más. Platican animadamente entre ellas; un hombre de aspecto rudo se acerca y se ubica muy cerca.

Daniela nacida Efraín, y Carolina nacida Guillermo, son como dos aves fénix que esta noche han renacido. Les brillan los ojos, a ratos se arreglan con sus manos de hombre las pelucas que traen puestas y se alisan los vestidos. Sus cuerpos son femeninos, pero la tosquedad hombruna de sus facciones las delata.

«El Rainbow» es un lugar mágico que cada noche se puebla de seres fantásticos que parecen cobrar más fuerza y vida inmersos en aquel ambiente donde el aire parece haber sido reemplazado con nicotina pura. Cuesta trabajo respirar, pero no importa, la falta de oxígeno se compensa con la abundancia de libertad.

En una mesa solitaria se encuentra una esfinge imperturbable, resulta difícil decidir si es hombre o mujer. Con la mirada fija en algún punto del local y una cubeta llena de cervezas, encara la noche que se desenvuelve frente a ella. La pista esta llena de sirenas con los cuerpos entrelazados, de grifos que efectúan el ritual del amor acariciándose con sus alas y robándose besos con sus picos de ave mientras ronronean como gatos llenos de placer.

Daniela y Carolina no pierden detalle de lo que sucede en aquella cueva increíble. El hombre junto a ellas, cual basilisco hambriento, se ha acercado aún más y en poco tiempo estará rozando con su brazo los hombros desnudos de Daniela. Alguien pide que se despeje la pista, el show de la noche esta por comenzar: una mujer pisa el escenario, sus facciones de hombre, chocan con la femineidad de sus vestidos. Como si fuera un Pegaso, vuela alrededor de la pista saludando y sonriendo. No falta quien le ponga un billete entre los pechos de silicona. Comienza a hacer «playback» imitando a una artista pasada de moda, todos corean sus canciones emocionados, de la mesa de la esfinge toma sin permiso una cerveza y juguetea atrevidamente con ella entre la boca, la lame despacio, lo que arranca aplausos de los grifos presentes.

Daniela y Carolina la miran extasiadas, comentan lo vaporoso de sus vestidos, lo bien que está maquillada, lo mucho que les gustaría un autógrafo. Cantan a pleno pulmón todas y cada una de las canciones del repertorio. Por un momento las aves fénix baten sus alas y vuelan libres, se elevan un poco, solo unas cuantas horas, para caer muertas en la madrugada, pero siempre con la esperanza de renacer nuevamente para otra noche en «El Rainbow».

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla