El abrazo por Ana Laura Piera — Masticadores México

Microcuento inspirado en una historia real

Estoy aquí con la horrible sensación de que ya viene. Es un presentimiento que nace en mi vientre y me recorre todo el cuerpo hasta que empiezo a temblar sin control. La gente no entiende, ellos no la ven, pero yo la siento. Piensan que estoy enfermo o loco, […]

El abrazo por Ana Laura Piera — Masticadores México

LA VOZ

Relato para Va de Reto

cliquea en la imagen para visitar el blog de Jasc-Net y enterarte cómo participar en el reto. La idea es continuar la historia (letras en cursiva). ¿Te atreves?

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta

LA VOZ

El ruido de golpes en la puerta me sorprendió abriendo una caja de galletas de mantequilla. Las había encontrado el día anterior en una casa bastante alejada de mi refugio. El hallazgo había constituido una verdadera alegría en medio de días donde mi humor estaba peor que nunca. Las galletas seguían en su caja metálica y eso las había salvado de los animales, ahora dueños y señores de la ciudad.

Ese toquido me inquietó sobremanera. ¡Aquello era imposible! En dos años no había visto un alma en la ciudad. Sentí la mordida del miedo y mi corazón empezó a latir fuertemente. Tomé mi pistola y la metí dentro de mi pantalón. Los golpes se repitieron.

—¿Quién? —hacía tanto que no escuchaba el sonido de mi propia voz que me sorprendí mucho y mi cerebro tardó unos segundos en procesarla y reconocerla como propia.

—¡Ábreme, soy Alejandro Falcones!

Los únicos ruidos que en dos años había escuchado eran los de la naturaleza y las cosas, como el crujido de los edificios y casas, pisar sobre vidrios quebrados, ladridos de perros, la voz del viento… Así como me había impresionado escucharme, oír esa voz me estremeció. El nombre me sonaba, pero, ¿de dónde?

—Tu novio de la facultad —dijo como adivinando mis pensamientos—, ¡por favor, abre! El modo era urgente, imperioso.

Me quedé de una pieza. ¡No podía ser! Alejandro había muerto en un accidente automovilístico. Había ocurrido mucho antes de que sobreviniera la gigantesca llamarada solar que fundió todo aparato eléctrico en el planeta y en el espacio, sobreviniendo el caos.

Quienquiera que estuviera afuera me conocía, pero sus intenciones seguramente no eran buenas porque estaba mintiendo. Observé la puerta, era firme, la había reforzado para que fuera infranqueable. Mi refugio, un antiguo almacén, no tenía ventanas, excepto la del baño, pero era demasiado pequeña, así que no existía otro acceso. Temblando, arrastré un viejo sofá contra la puerta y sobre él puse lo más pesado que poseía: una televisión ahora inservible, pero frente a la cual me gustaba sentarme por horas, mientras recordaba algún antiguo programa favorito.

—Dany, por favor, ¡ábreme!, hace frío, tengo hambre, esto ha sido demasiado horrible. Te necesito y tú me necesitas ¡ayúdame!

La voz que me llegaba del exterior comenzó a sonar como la voz de Alejandro. Además me había llamado «Dany», así era como él me decía de cariño. Empecé a dudar. ¿Y si no había muerto? ¿Y si me habían mentido para alejarme del amor de mi vida? Pero yo recordaba haber ido al funeral, recordaba gente vestida de negro, muchas flores y un ataúd oscuro. Me empezó a doler la cabeza.

—¡Mientes! ¡Alejandro esta muerto! ¿Quién carajos eres? ¿Cómo sabes mi nombre? ¡Estoy armada!

El desconocido no respondió nada, pero escuché como un bufido y un chasqueo de lengua. Podía imaginar al impostor afuera, pensando en alguna estrategia para lograr que yo le abriera. Fue entonces cuando me llegó el olor a perfume «Acqua di Gio», inconfundible, el que siempre había usado Alejandro. Mis fosas nasales se ensancharon queriendo captar las notas frutales y florales y los recuerdos se agolparon en mi cerebro. Quizás sí era él.

El delicioso aroma cambió todo. Quité la televisión y arrastré el sofá alejándolo de la puerta. Estaba aún en eso cuando noté que el olor se desvanecía y dejé de percibir la presencia al otro lado. ¿Y si en verdad había sido él y se había ido? ¿Había perdido la oportunidad de disfrutar de la compañía de otro ser humano en medio de ese solitario apocalipsis? El pánico se apoderó de mí y frenética, comencé a meter llaves y descorrer cerrojos. Maldije la hora en que había instalado en la puerta todas las cerraduras encontradas en mis correrías por la urbe abandonada.

—¡Alejandro! ¡Espera! ¡No te vayas! Gruesas lágrimas comenzaron a mojarme el rostro y a nublarme la vista.

Para cuando pude abrir, no ví a nadie, tan solo el paisaje familiar de la calle desierta. Seguía sola, bueno, siempre estuvimos solas… mi esquizofrenia y yo.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla.

https://bloguers.net/literatura/la-voz-en-medio-del-apocalipsis/

ADIOS MAMA…

Cuento corto sobre CRIOGENIA

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La blancura de la sala la cegó por unos instantes. El Dr. Alexander interpretó bien la mueca que se había instalado en su cara desde que recibió la noticia y que ahora se había acentuado escandalosamente.

—No se preocupe Michelle, sé que todo esto le resulta extraño, pero al final será maravilloso.

¿Extraño? Un mejor adjetivo sería “Loco”, pensó. 72 horas antes ignoraba que su madre, muerta cuando ella tenía tres años, se encontraba hecha un cubo de hielo en las instalaciones de la empresa de crio-preservación Alcor y en espera de ser vuelta a la vida. Aunque legalmente su madre había muerto en el momento en que su corazón había dejado de latir, en realidad, y gracias a los procedimientos iniciados inmediatamente después de ese momento; el proceso de muerte fue detenido y el cuerpo había sido preservado a la espera de ser resucitado en cuanto hubiera la posibilidad real de una cura para el cáncer que causó la muerte.

Le dijeron que el protocolo de resucitación iniciaría en unas horas y ella tenía que estar presente. No tuvo tiempo de enojarse o llorar y, ante la ausencia de su padre, fallecido meses atrás, tampoco pudo reclamar por su ignorancia. Todo pasó muy rápido, hizo unos arreglos en su trabajo, empacó alocadamente y subió a un avión que la llevaría con aquella desconocida que flotaba envuelta en nitrógeno líquido y que estaba a punto de despertar de un sueño helado.

A su llegada a Alcor un tour rápido por las instalaciones pretendía aclararle algunas dudas. Le habían impresionado los enormes cilindros metálicos donde se guardaban los cuerpos a bajas temperaturas. Le dijeron que para evitar el daño celular del congelamiento, los líquidos corporales eran drenados y sustituidos con un anticongelante especial.

Una enfermera le dio una bata, gorra para el pelo, tapabocas y unos zapatos especiales. Toda esta preparación exterior nada tenía que ver con el desasosiego que sentía por dentro. Nuevamente no tuvo tiempo para pensar con claridad pues ya traían el cuerpo. Inmediatamente lo rodearon varios doctores y enfermeras quienes con gran rapidez y eficiencia comenzaron a conectarlo mediante tubos transparentes a dos aparatos que se encontraban ahí.

Desde donde Michelle se encontraba no podía ver muy bien todo lo que hacían. La enfermera le explicó que primero lo descongelarían, después introducirían una primera horda de nanorrobots en el torrente sanguíneo, que de ahí se distribuirían para reparar el daño que hubiera podido provocar la congelación a nivel molecular. Una vez reparado, una segunda oleada de robots super-especializados ingresarían para curar el cáncer, así de simple y así de complejo.

Mientras los doctores trabajaban, Michelle trató de recordar, pero guardaba pocos recuerdos: la mayoría de ellos solo eran borrones en su memoria, un gesto, unas manos rozando su mejilla, una risa flotando en el viento y una ausencia inexplicable. ¿La recordaría su madre? Un pensamiento la golpeó con la fuerza de un tren: cincuenta años habían pasado y Michelle en aquel entonces de 3 años ahora tenía 53, pero su madre en teoría no había envejecido, y si despertaba seguiría siendo una mujer de 22 años, y no una de 72. Sintió que el cuarto a su alrededor daba vueltas. Aquello era demasiado.

Tambaleándose se acercó a la mesa de operaciones, la enfermera trató de detenerla, pero Michelle la había aventado lejos de sí, invadida por una fuerza inexplicable. Hizo lo mismo con los doctores. Por unos instantes le vio el rostro; parecía hecho de mármol gris, surcado por horribles venas oscuras; en algunas partes sin embargo, el gris iba ya cediendo a un saludable color carne. Sintió que la jalonaban, pero nada podía detenerla, uno a uno comenzó a desconectar los tubos, las máquinas se apagaron. Caos, gritos de horror. El cuerpo regresó a su estado marmóreo ay ella solo alcanzó a musitar “adiós mamá”.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla