Noche de San Juan – Microcuento

De lejos le despertó el jolgorio de la noche de San Juan. Emocionado, se dejó guiar por el barullo hasta la playa. Subió a una palmera para tener una mejor vista de las hogueras encendidas, y luego se acercó con cautela a los grupos de jóvenes que disfrutaban comiendo, bebiendo y saltando las llamas. La música, la luz de la luna y el ruido del mar lo emborracharon.

De regreso a su morada le sobrevino una pesada resaca con sabor a nostalgia. Extrañaba la vida. Entró en su tumba y se derrumbó en el olvido a la espera de la magia de la siguiente noche de San Juan.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL DESMADRE

Pedro regresó de la iglesia con tres saquitos que parecían ser de arena. Cuando su mujer, Remedios, los vio se persignó. Eran las cenizas del hijo de ambos, «Pedrito», muerto en un accidente a los veintiún años. Los otros dos sacos correspondían a la madre de Remedios y al padre de Pedro. La iglesia no toleró el retraso de más de cuatro meses en el pago de las criptas por lo que ahora tenían que buscarles otro lugar de descanso. Los cónyuges de ambos ancianos, fallecidos también hacía ya bastante tiempo, se encontraban, por azares del destino, en otro lugar.

Pedro se fue derechito al jardín seguido de Remedios. Decir «jardín» era una exageración, se trataba de un diminuto parche verde en la parte trasera de la pequeña casa de dos pisos que tenían en Ciudad de México.

—¿Cómo? ¿En el jardín? —preguntó su mujer escandalizada.
—No hay lugar mejor, Remedios. Además dicen que es buen abono, podemos esparcirlos sobre el pasto, crecerá bonito —replicó su marido, que era un hombre muy práctico.
—No creo que a mi mamá y a tu papá les guste estar ahí mezclados. Acuérdate el día del pleito. Y hay que pensar en Pedrito, no me lo imagino aguantando broncas. Hay que darle paz
—dijo Remedios retorciéndose las manos de preocupación.

Pedro se quedó pensando. Recordaba aquel altercado: los dos viejos se habían peleado por defender cada uno cosas de su tierra, empezaron con la comida y acabaron con el baile:

—La gente de Jalisco baila mejor que la de Veracruz. La prueba está en el Jarabe Tapatío, que es conocido en todo el mundo —había dicho la anciana con aire de suficiencia y la ácida respuesta no se hizo esperar: —Los de Jalisco bailan con las manitas atrás, como amanerados, mientras que los de Veracruz con las manos sueltas, ¡como verdaderos hombres! La anciana había tomado el bastón y hubiera golpeado sin piedad a su interlocutor, quien era unos años más viejo que ella; pero Pedrito, quien aún vivía, había intervenido oportunamente: —Vamos abuelos, dejen de pelear, por favor.

—Quizás tengas razón mujer —dijo Pedro—. Sería bueno separarlos. Mañana vamos por tres macetas y tierra y los sembramos con alguna planta.

Remedios sonrió, le gustó la idea.

Al otro día compraron tres macetas baratas y geranios de diferentes colores para cada una, que estaban en oferta. Por la tarde, en el jardín, además del pasto había tres macetitas, cada una con las cenizas de un difunto. Remedios las marcó para saber quién era quién. Puso a Pedrito en medio de los abuelos para evitar problemas.

—¿Nos quedó bien no? Así no se pelean —dijo Pedro medio en broma y se fueron a dormir.

Por la noche ruidos extraños los despertaron; bajaron las escaleras muy asustados y encontraron las sillas del comedor desacomodadas y tres vasitos tequileros a medio llenar.

Otra noche oyeron música, y a la siguiente oyeron plática sabrosa y carcajadas.

—Creo que se caen bien después de todo —dijo Remedios frotándose los ojos que ya mostraban unas tremendas ojeras por las desveladas.
—El problema es que no nos dejan dormir —dijo Pedro y pensando en poner orden bajó muy decidido y encontró el desbarajuste usual, entonces dijo a voz en cuello: —Nos encanta que se la pasen bien, pero procuren hacer su desmadre afuera y sin tanto ruido. Gracias.

Desde ese día los difuntos procuraron hacer sus reuniones sin molestar demasiado a los vivos. Nunca se enojaron; en el más allá se olvidan las rencillas y solo queda acompañarse mutuamente. Remedios y Pedro vieron complacidos crecer los geranios que añadieron color y vida al «jardín».

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Desmadre: juerga desenfrenada

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