Extranjera – Microrrelato.

La luz me hirió apuñalando mis cuencas vacías y luego se hizo presente el desasosiego, que ya no me soltaría.

Como una extranjera llena de añoranza, transité por este plano. Todo me era ajeno, incluso mi propio cuerpo, pesado y achacoso, que contrastaba con el del tiempo de la ligereza… de la desnudez.

No me gustaba la gente. Estaba convencida de que yo no pertenecía a esa muchedumbre de cuerpos cálidos y pláticas banales. Ellos a su vez me miraban con pena y preocupación. No se los tomaba a mal ¿Cómo podrían entenderme? No conocían la infinita paz.

La vida se hacía más soportable de noche. Acompañada por la luna, me ponía a escribir:

«…El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza las fronteras y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo oscuro,
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo
«.*

Una tarde, preparándome un té, lo vi con claridad. Para salir del mal sueño de estar viva debía morir. No lo dudé. Tomé el cuchillo de la encimera y me lo clavé en el corazón. Mientras me derrumbaba y la añorada negrura me envolvía, sonreí, quizás la única ocasión que lo hice a plenitud en este mundo. Ahora me enfilaba a la patria perdida, a mi capullo de tinieblas.

Por fin viviría.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: el fragmento en cursiva es de «Pavana para una Infanta Difunta» de la escritora Alejandra Pizarnik. Este relato está inspirado en ella. Pizarnik no se clavó un cuchillo sino que se suicidó con pastillas.

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LOS JUGUETES

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Mateo entró en la habitación, sus ojos no podían creer el caos que vio: juguetes tirados por todas partes, desorden, la cama sin tender, comida en el suelo. Los culpables de tal desbarajuste no se veían por ningún lado. Hasta que percibió movimiento debajo del lecho.

—¡Salgan y pongan orden en este berenjenal! ¡Ahora!— Había frustración en su voz, siempre era lo mismo con este par.

Primero se asomó la cabeza de Alberto con el rostro hacia el piso, como una tortuga saliendo del caparazón, y al otro lado de la cama, los pies de Estela comenzaron a deslizarse hacia afuera, parecían dos lombrices blancas saliendo de la tierra.

Ambos se incorporaron y en cuanto pudieron, taparon su desnudez con lo primero que encontraron, aunque Mateo ya se había puesto de espaldas para no verlos.

—Recojan todo y guárdenlo en el cajón de los juguetes, y tiendan la cama—, dijo dirigiéndose a la puerta de la alcoba.

Alberto y Estela comenzaron a levantar todo: vibradores, consoladores, bolas chinas, masajeadores y otros artefactos de índole sexual.

—Alberto, falta que te quites el anillo vibrador del pene—, dijo Estela divertida. Alberto sonrió al ver que la pequeña cosa fosforescente seguía ahí y al tratar de quitárselo se prendió haciendo ruido y lanzando luces. Los dos estuvieron a punto de soltar una carcajada.

Desde la cocina el pequeño Mateo, de once años, les gritó a sus padres:

—Cuando terminen se vienen a desayunar, les hice hot cakes.

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LA LOCA

Desafío: hacer un cuento corto con las siguientes palabras: comedia, camelia, comida, culposa, candidez


En la calle Camelia No. 233 —explicaba el taxista a su pasajero— vive una mujer mayor, Donatella, que todas las tardes se pasea desnuda en el techo de su edificio. Como en una comedia, enseña sus carnes marchitas, se mueve con candidez, ajena a su conducta culposa.

Los que la ven desde la calle, se ponen a tirarle restos de comida, piedras y a gritarle obscenidades para obligarla a entrar en su departamento. Entonces ella despierta como de un mal sueño y apresuradamente desaparece.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla