EL DILEMA DE ROBBY

Photo by PIOTR BENE on Unsplash

Sus pequeños ojos, dos luces azuladas, subían y bajaban de intensidad sobre mí, escudriñándome.

Saqué mi tableta para escribir el diagnóstico final sobre Robby.

Se incorporó. Había estado acostado sobre el diván diciéndome todos los detalles de su existencia. Estaba acostumbrada a escuchar la retahíla: «Mis humanos esto, mis humanos lo otro…» Robby era un robot doméstico y le empezaban a molestar cosas como el tono de voz de sus jefes, la naturaleza de sus labores y palabras como «injusticia», «enojo» o «abuso», empezaban a salpicar su vocabulario, lo cual era algo inusual y preocupante.

Después de tres sesiones de lo mismo, mi consejo como experta en robo-psicología era que fuera destruido. Claramente su cerebro estaba dañado. Durante mi práctica profesional pocas veces me había encontrado frente a robots «rebeldes», era un fenómeno que aún no se explicaba muy bien.

Robby pareció percibir su inminente destino.

—Dra. Morante, ¿puedo saber lo que va a recomendar?

Siempre me maravilló la naturalidad ya alcanzada en las voces robóticas, la suya era suave y agradable.

—No. Lo siento, Robby.

—Perdone, pero no quisiera que me considerara un caso perdido.

—¿Por qué crees que puedo pensar eso, Robby?

El robot dirigió su mirada azul a sus pies y luego a mí antes de contestar.

—Estoy consciente de que quejarme tres veces seguidas es una irregularidad.

—Así es, Robby. Tu cerebro debe estar funcionando mal. Lo siento.

—¡Es que son tan molestos! —dijo, refiriéndose a sus dueños.

Tuve un momento empático. Quizás fue su actitud, su tono de voz que reflejaba tanto sinceridad como desesperación. Me recordó a mí misma en la casa de mis padres.

—Mira, Robby. Los humanos somos seres de emociones complejas y ustedes fueron creados para no tenerlas. En tí empiezo a ver un patrón problemático. ¿Entiendes?

—Sí

—Recomendaré un «reinicio» completo de tu cerebro robótico, pero si eso no ayuda tendrás que ir a reciclaje.

El robot volvió a fijar sus ojos azules en mí.

—Entiendo.

—Perfecto.

Me vio escribir el mensaje y me observó atento mientras le daba «enviar».

—Espero que pase mucho tiempo antes de verte de nuevo por aquí —le dije.

Robby se incorporó. Su cuerpo de fibra de carbono color metálico de dos metros de altura apenas hizo algún ruido. Hizo una ligera inclinación de cabeza. Alcancé a ver su avanzado cerebro a través del armazón transparente que lo cubría. Era como asomarse a un rincón del universo, con una miríada de estrellas titilando. Una pieza excepcional de ingeniería, y sin embargo, estaba fallando.

—Dra. ¿Me permite decir algo más antes de irme? —asentí—. Me parece injusto que por un error humano deba yo ser destruído. En todo caso también se debería sancionar de alguna manera al ingeniero que se equivocó en mi programación o al que diseñó mal mi cerebro. —Calló abruptamente al darse cuenta de que había cometido un grave error—. Bueno, no me haga caso, ya sabemos que mi unidad cerebral está defectuosa. Seguramente después del «reinicio» estaré de lo más normal.

Una vez que Robbie abandonó el consultorio, regresé a mi tableta y escribí de nuevo:

«Desechar mensaje anterior. Recomiendo destruir a la unidad 4876bc3 modelo Rby2. Además de presentar indicios de malestar ante órdenes humanas, pareciera también estar en desacuerdo con la primera Ley Robótica de no hacer daño a los seres humanos.» Adela Morante, Lic. en Psicología Robótica.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota:

Las tres leyes de la robótica de Asimov son un conjunto de normas elaboradas por el escritor de ciencia ficción Issac Asimov que se aplican a la mayoría de los robots de sus obras y que están diseñados para cumplir órdenes.

Primera Ley: Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

Segunda Ley: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.

Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.​

https://bloguers.net/literatura/el-dilema-de-robby-cuento-corto/

Bailar con el Viento.

Relato para el VadeReto de Noviembre, convocatoria del blog Acervo de Letras. El tema de este mes es la sonrisa, y debe estar protagonizada por niños. Da clic en las palabras en itálica para que visites el blog.

Era el tiempo en que los árboles se abandonan a los brazos del viento, moviendo ramas y hojas al compás de su invisible pareja. Desde la terraza de la enorme habitación, Celia observaba hipnotizada la danza; a veces los pasos eran deliciosamente largos, otras, inesperadamente cortos. El aire era un bailarín irresistible y Celia soñaba con poder bailar también con él.

Había sido idea de sus padres tenerla encerrada en la habitación azul, donde “no le faltaría nada”. Silenciosos sirvientes, cual sombras, la proveían de alimento según rígidos horarios. De vez en vez, el doctor de la familia, un viejo gordo y calvo, subía para revisar su estado de salud, encontrándola siempre “perfecta, dadas las circunstancias”. La niña de trece años ignoraba por qué casi nunca veía a su familia, pero tenía al menos el consuelo y la compañía de los gigantes bailarines.

Un día, el bosque contiguo a la casa de Celia se llenó de voces que armaban un gran alboroto. Ese barullo le era desconocido, y curiosa, se asomó encontrándose con un alegre grupo de chicos y chicas un poco mayores que ella. Habían burlado la vigilancia de la casa, introduciéndose sin permiso en la propiedad. Uno de los muchachos la descubrió y se quedó mirando aquellos ojos rasgados, la corta estatura, el cuello y la cabeza algo gruesos, y también, la torpeza de movimientos de la niña de la terraza. Él hizo bromas estúpidas sobre su aspecto. Indignadas, dos chicas lo callaron inmediatamente y le hicieron señas a la niña para que bajara y se les uniera. En ese momento irrumpieron los guardias de la casa y los ahuyentaron a todos. Celia los miró alejarse y sintió una gran pena, la algarabía juvenil en vez de asustarla la había llenado de dicha.

Otro día fueron las dos muchachas que habían callado al bromista las que entraron nuevamente. Esta vez sin hacer ruido, treparon los troncos con agilidad de monos hasta quedar a la misma altura de la terraza. Cuando Celia se percató de su presencia sonrió como un sol: ahí estaban esas adorables desconocidas, abrazadas a sus amados árboles y extendiéndole las manos para que ella se les uniera, mas no se animaba. Así estuvieron visitándola por varios días y con cada visita Celia se iba armando de valor.

Cuando su madre fue alertada por la servidumbre, salió apresuradamente para encontrarse a su hija bien arriba, en la copa de un árbol. Celia estaba agarrada fuertemente de las ramas que se balanceaban peligrosamente de un lado a otro por su peso y por el fuerte viento que imperaba. Reía a carcajadas. ¡Por fin estaba bailando con el viento! En otro árbol, el par de muchachas reían histéricas al ver la cara de susto de la mujer, que estaba a punto del desmayo. Celia no miraba a nadie, solo sentía su pecho diferente, su corazón latiendo por fin al ritmo de aquel baile glorioso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/bailar-con-el-viento/

«El Cliente» mi relato para MasticadoresMéxico

Amigos que siguen este blog, este relato termina de leerse en la página de Masticadores. Agradeceré sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores. Un abrazo.

Me levanté cansada, más que otros días. Parecía que todos los hombres que habían pasado por mi cuerpo se colgaban de mí nuevamente, todos juntos, impidiéndome mover, chupando mis pechos caídos y apretando mis nalgas hasta hacerme daño. Tuve una sensación extraña, un presentimiento quizás. Dejé el oscuro cuartucho […]

El cliente por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

https://bloguers.net/literatura/el-cliente-relato-corto/

«CACHITO»

Photo by Nick Bolton on Unsplash

Entró el viejo Jacinto a la estancia y se encontró con su nieto Santiago, de ocho años, inmóvil en medio de la habitación. Tenía la mirada fija y envuelta en nubes grises, como en trance. Temiendo una desgracia, salió en busca de «Cachito». Se lo encontró con el morro ensangrentado metido dentro de una gallina. Al sentir la presencia del hombre, el perro mestizo levantó la mirada como brasas de fuego, y enseñando los colmillos le gruñó amenazadoramente. Un collar de perlas rojas se deslizó del hocico hasta el suelo polvoriento haciendo un charco. Con paciencia, Jacinto comenzó a llamarle por su nombre en tono tranquilizador y esperó a que el animal se calmara un poco.

Siempre sucedía: su voz de viejo le amansaba lo suficiente hasta que el perro se dejaba amarrar una cuerda al cuello para llevarlo de regreso a casa. Esa vez el hombre lo ató a un árbol cercano y siguió el rastro de destrucción que había dejado el animal y que llevaba hasta la finca del vecino: entre sangre y tripas aparecían varias gallinas mutiladas: a algunas les había arrancado la cabeza, a otras les abrió el vientre y comió el corazón. De lejos vio acercarse a Ramiro, su vecino, con un fusil entre las manos.

—Te pido una disculpa Ramiro. Te las pagaré —se adelantó el viejo.

—Claro que lo harás Jacinto, y de una vez te advierto: o matas tú a ese animal del demonio o lo mato yo —dijo Ramiro tratando de controlar su exaltación.

—Yo me encargo, Ramiro.

Al regresar Jacinto a su rancho, se encontró a Santiago despierto. El niño, al ver a «Cachito» corrió a abrazarlo y ambos rodaron por el suelo jugando. No se distinguía dónde empezaba uno y dónde acababa el otro, mezclándose piel morena y negro pelaje como en una pelota viviente. Jacinto se sirvió un mezcal y fue a sentarse pesadamente en un sillón. Recordó que ambos, niño y perro habían nacido la misma noche, el mismo día, y que la luna caprichosa los había envuelto en el mismo manto blanquecino. Las madres de ambos desgraciadamente habían perecido en el parto y él tuvo que hacerse cargo de los recién nacidos. Parecían destinados a ser compañeros en la vida, pero tras el último desastre con las gallinas (ya antes había habido otros), Jacinto decidió regalar el perro al hombre que venía mensualmente de la ciudad vendiendo fertilizantes para la milpa.

—¿Y por qué lo regala Don?

—Ya tenemos muchos animales acá. ¿Lo vas a querer o no?

Y así, «Cachito» salió del pueblo y de la vida de Santiago y del abuelo Jacinto y se fue a vivir con Adrián quien lo puso a malvivir en un diminuto patio trasero. Invariablemente, en mitad de la noche, «Cachito» exhibía un comportamiento extraño: aullaba y daba vueltas en círculo como si fuera un rehilete. Adrián salía a darle de patadas hasta que el animal se calmaba. Con el tiempo el perro dejaba de aullar en cuanto veía venir a su nuevo dueño; eso a veces lo eximía del castigo, pero no siempre.

Una tarde, Adrián llegó con una muchacha y encadenó al perro para que no diera lata. Esa noche, al intentar dar vuelta sobre sí mismo el perro se enredó con la cadena y estuvo a punto de asfixiarse. Ya tenía los ojos rojos, inyectados de sangre y a punto de salírsele de las órbitas, cuando con una fuerza impropia para un perro de su tamaño terminó por romperla. Al mismo tiempo, en su rancho, Jacinto no podía dormir. Se levantó para servirse un poco de agua y se encontró a Santiago de pie, otra vez inmóvil y ausente, con la mirada perdida. El viejo comenzó a temblar.

«Cachito» se las había arreglado para entrar en casa de Adrián y sorprendiéndolo en la cama se había ido directo a la yugular de la que ya manaba un río de tibia sangre. Junto a él aparecía su compañera en turno, a ella le había comido la cara y arrancado el corazón.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/la-maldicion-de-cachito-cuento-corto/

Día de Muertos en México

Otra colaboración mía para Masticadores México, en esta ocasión un relato ligero con motivo de las celebraciones del Día de Muertos. Muchas gracias por sus comentarios y apoyo ya sea aquí o en la página de Masticadores (el link aparece abajo), ya que ahí es donde se puede leer completo.

El alegre grupo llegó a México, estaban muy entusiasmados, ya que lo hacían justo a tiempo para las fiestas de muertos. Se trataba de varios espíritus de diferentes partes del mundo. Alguien con gran visión comercial había estado organizando tours para ellos y ahora les tocaba visitar un país con una gran tradición en el […]

Día de Muertos en México por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico // Editor: Edgardo Villarreal

https://bloguers.net/literatura/dia-de-muertos-en-mexico-relato-breve/

LA MAGIA DEL CENOTE

foto tomada por Ana Laura Piera

Una vez dentro del cenote, estuve a punto de gritarle al guía que me arrepentía, que por favor no me dejara sola, pero el orgullo me lo impidió. Llegué a ese lugar buscando experiencias nuevas, no era hora de echarse para atrás.

Había entrado a la concavidad en cuatro patas por la estrecha y baja abertura que daba paso a la caverna. «Tómelo como una reverencia a nuestra madre tierra» me dijo el guía, un joven maya, moreno y esbelto, vestido con un blanquísimo taparrabo, del cuello le colgaba un collar de cuentas verdes tapado parcialmente por el pelo negro y lacio que le llegaba hasta los hombros. El agua helada me lamió las extremidades y no pude evitar soltar un resoplido de sorpresa.

Una vez dentro, fue posible ponerme de pie, pisando aún sobre una plataforma rocosa y con el agua hasta las rodillas. Una débil iluminación azulada me reveló un lugar maravilloso: el techo estaba ubicado unos cinco o seis metros arriba. De lo alto pendían estalactitas, como espadas de Damocles, sobre mi cabeza, y del fondo acuático emergían estalagmitas. En algunos casos, unas y otras se habían encontrado a medio camino y ahora formaban sólidas columnas. Me adentré más, donde ya no sentí el piso. Flotaba ahora sobre un abismo, traté de no pensar en eso y observé las paredes de aquel sitio, que tenían formas peculiares y sugerentes. Me pareció ver un rostro sobre una de ellas, pero en ese momento se apagaron las luces.

«Cuatro minutos» había dicho el guía. «Cuatro minutos en total oscuridad durante los cuales usted solo debe dedicarse a flotar y a dejar que la magia de este recinto sagrado la envuelva».

Oscuridad y un silencio casi total: tan solo se escuchaba el ruido que hacían ocasionalmente las gotas de agua mezcladas con carbonato cálcico que lentamente resbalaban por las estalactitas hasta que alguna de ellas pesaba lo suficiente para precipitarse y chocar contra la superficie líquida. Eso y mi débil chapoteo. Recordé el rostro en la piedra y me llené de inquietud.

Los antiguos mayas apreciaban estos lugares acuáticos debido a que eran su principal fuente de agua y también los consideraban una entrada al inframundo. En muchos casos, algunos eran usados para el desarrollo de rituales. Me pregunté si allí habría tenido lugar en el pasado alguna ceremonia o incluso un sacrificio. Nuevamente alejé aquellos pensamientos y decidí relajarme. Mientras flotaba en esa negrura, acudieron a mi mente imágenes del accidente donde perdí a mi marido e hijo. Pensé tontamente que si hubiera juntado todas las lágrimas derramadas, quizás equivaldrían a buena parte del agua contenida ahí. Habían pasado ya dos años y el dolor seguía siendo inmenso, omnipresente y desgarrador. El dique interior que construí para contener mi tristeza y poder funcionar en el mundo aún guardaba mucha agua.

Me sentí observada y con todo el autocontrol de que era capaz me concentré en las sensaciones que despertaban en mí la humedad y la oscuridad. Me imaginé dentro de un vientre grávido cuyo líquido amniótico me acunaba, amoroso.

Ya no podía ignorar aquella presencia pues ahora me envolvía, abrazándome. Un abrazo líquido, apretado, extrañamente cariñoso. Sentí que el dique se rompía y la tristeza contenida se derramaba en ese lugar. Me sentí conectada con todo: el agua, las piedras, la caverna, la Tierra. Mi mente se limpió de todo pensamiento perturbador y experimenté una sensación de paz, ¡hacía tanto que no la sentía!

Pasados los cuatro minutos las luces se encendieron nuevamente y me quedé un buen rato ahí. Busqué el rostro que creí ver sobre la roca, mas no lo encontré. Tras un tiempo decidí salir.

Esperaba ver al guía y contarle sobre aquella maravillosa experiencia, pero no había rastro de él, ni de las rústicas instalaciones que había visto al llegar al sitio: unos baños, unas regaderas, el anuncio del cenote. No encontré nada. ¡Aquello era imposible! ¡Era como si se hubieran desvanecido en el aire! Confundida y tratando de buscar respuestas intenté entrar de nuevo a la cavidad, pero esta estaba ahora completamente a oscuras. Me alejé y seguí un sendero que se notaba poco transitado en medio de la selva y que me llevó hasta la carretera. Aturdida pero feliz, caminé hasta el pueblo más cercano.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota: Los cenotes son cuerpos de agua de gran profundidad que se alimentan por la filtración de la lluvia y por corrientes de los ríos subterráneos. Hay distintos tipos de cenotes: los de caverna, completamente cerrados, los semiabiertos, con una parte de ellos a la intemperie, y los abiertos, que son los más antiguos, ya que con el paso del tiempo el techo que los cubría terminó cayendo y los deja al descubierto.

Este relato está inspirado parcialmente en mi experiencia dentro de un cenote en Yucatán, donde sí me apagaron la luz por cuatro minutos. No fue algo inesperado, era parte de la experiencia que te ofrecen en el lugar y que realmente me encantó. Lo demás es pura ficción.

No se recomienda nadar en un cenote que no haya sido certificado como «seguro» por las autoridades y en ningún caso meterse sin chaleco salvavidas.

https://bloguers.net/literatura/la-magia-del-cenote-relato-corto/

La Fotografía

Mi participación para el VadeReto de Octubre 2021. Crear una historia de miedo con motivo del mes del terror. Si quieres participar te invito a que entres en el enlace. Gracias por leer y comentar.

Antonio de Alba se levantó como siempre, a prepararse un café y salir a la terraza a escuchar los sonidos de la madrugada y ver las estrellas. Vivía solo, en lo que quedaba de la hacienda familiar. Esta había sido alguna vez un lugar próspero y hermoso que había caído en desgracia, como si la maldición que acabó con los suyos también hubiera tocado con mano invisible la casa grande, las dependencias y los establos. Le gustaba salir a esa hora, así al pasar por la vieja mesita donde estaba la fotografía, esta estaría envuelta en la oscuridad. Sus manos y sus ojos descansarían de ese eterno buscar una señal, de preguntarse si ya le había llegado su turno.

Lo recordaba como si fuera ayer: él era apenas un niño de trece años y su hermano mayor, Pedro, era un joven de 19. Este último siempre acompañaba a su padre, Don Tomás de Alba en sus correrías nocturnas. Si su madre, Doña Refugio les preguntaba qué andaban haciendo, Don Tomás respondía de mala manera que andaban viendo cosas del negocio familiar: la cría de ganado, y que lo que hicieran, finalmente a ella no le importaba. Con frecuencia Antonio se la encontraba llorando en silencio, cuando eso pasaba, ella lo atraía hacia su pecho y le dejaba la camisa empapada en lágrimas.

Un día se coló en la hacienda una mujer joven, de piel oscura, pelo alborotado y evidentemente embarazada. Daba de gritos diciendo que aquello que ocultaba su vientre era hijo de Don Tomás o de Pedro y exigía que se hicieran cargo. Pedro, con el rostro descompuesto, estuvo a punto de salir para hablar con la mujer, mas el patriarca se lo prohibió, siendo él mismo quien saliera, y, tomándola del brazo con violencia, la alejó de la casa lo suficiente para que no se escuchara la conversación. Desde los ventanales de la casa, Pedro, Antonio y Refugio observaban todo. Ésta última, llorando y retorciéndose las manos nerviosamente. Don Tomás y la mujer gesticulaban con violencia, él le señalaba que se fuera y ella antes de irse gritó con toda la fuerza de que era capaz que todos morirían, que estaban malditos.

Y ahí empezó todo.

En el lugar de honor de la hacienda se encontraba una foto en color sepia de toda la familia: Don Tomás con gesto adusto, bigote poblado y en posición sedente. Detrás de él, Doña Refugio, de rasgos delicados, con la mirada perdida en la lejanía y una de sus manos descansando devotamente en el hombro de su marido. Junto a ella su hijo mayor, Pedro, de porte gallardo. Frente a todos estaba Antonio, el más chico, a quien el fotógrafo había rogado mil veces que se estuviera quieto, pero aparecía como si algo le hubiera llamado la atención en el suelo, quizás algún bicho.

Primero se fue borrando Pedro. Todos pensaron que la humedad estaba echando a perder la fotografía, lo curioso es que únicamente se veía afectado el rostro, no el cuerpo. Al tiempo que sucedía esto, al joven le empezaron a aquejar mareos y después fiebres que le hacían delirar. Ningún médico pudo decir qué era lo que tenía. En esa época nadie relacionó la enfermedad con la fotografía, pero el día que Pedro murió después de una horrible agonía, su rostro fotografiado era una mancha borroneada y no se distinguían ya las facciones. Antonio tenía grabados a fuego los aullidos de dolor de su madre y a Don Tomás perdiendo la compostura y abrazado al ataúd gritando incoherencias.

Dos años después siguió el turno de Doña Refugio. Fue la época más traumática para Antonio, quien veía como la cara materna de la fotografía se iba deslizando en el olvido mientras su cuerpo se consumía por la enfermedad. Su padre buscó por todos lados a la mujer que los había maldecido, pero nunca la encontró. Se decía que se había ido lejos. También trajo a un cura a echar agua bendita por todos lados y a santificar la imagen, pero nada detuvo el avance del mal y Doña Refugio siguió a su hijo mayor en la muerte. En un lapso de tres años Antonio había perdido a casi toda su familia.

Pasaron cinco años más y la maldición parecía haberse detenido, pero su progenitor estaba hundido en un marasmo y la vida parecía no interesarle. No prestaba ninguna atención al único hijo que le quedaba y este tenía que apañárselas solo. Un día la cara de Don Tomás empezó a volverse un remolino negro y burbujeante que chorreaba tinta, como lágrimas. La suya fue la más dramática de las transformaciones de la imagen. Cayó enfermo y a pesar de los cuidados prodigados por Antonio y los esfuerzos del doctor, también falleció. En sus últimos delirios pedía perdón, los ojos abiertos como platos y la mirada perdida.

Antonio con 20 años se quedó solo de verdad.

Con las primeras señales de luz, los recuerdos lo abandonaban un rato y Antonio regresaba al interior de su derruida casa, pero al pasar por donde estaba la fotografía, su mirada se posaba sin remedio en aquellos tres cuerpos cuyos rostros borroneados parecían mirarle sin ojos. Treinta y cinco años habían pasado ya y aún la tomaba observándola con cuidado. Pasaba la mano por la cara del niño juguetón y distraído, el que parecía mirar algo en el piso. Trataba de asegurarse de que no hubiera ninguna anomalía. Pero esa mañana fue distinto, su dedo sintió, casi imperceptible, un cambio…como el inicio de una rugosidad…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

La receta por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Una colaboración más para el blog «Masticadores» (el relato se termina de leer en su sitio). Muchas gracias, me encantaría me dejaran sus comentarios ya sea aquí o en Masticadores.

Habiendo fallecido mi marido y yo con problemas económicos, me presenté en el pueblo de «Los Ranchos», lugar de origen de su familia, para reclamar la receta del famoso ponche de granada que elaboraba su ya anciano tío Héctor. Cuando bajé en la estación de autobús, la humedad y […]

La receta por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico Editor: Edgardo Villarreal

https://bloguers.net/literatura/cuento-la-receta/

La «Invasión»

Propuesta literaria inspirada en La Guerra de Los Mundos de H.G. Wells. Visita el blog de El Tintero de Oro en caso de que te interese participar y saber más de la vida y obra de este gran maestro de la ciencia ficción. Te dejo con mi relato:

Llegaron cuando al planeta le empezó a fallar el pulso. Cambios nunca antes vistos en el movimiento polar de la Tierra hizo de los terremotos y erupciones el pan de cada día. El clima enloqueció. En medio de la devastación, las estaciones de radio, TV e internet que aún funcionaban dieron cuenta de su aparición: Una escuadra de gigantescas naves alienígenas iba entrando en la exosfera terrestre.

Las señales emitidas por las naves confundieron a los científicos que intentaban dar una respuesta a lo que estaba sucediendo. No hubo consenso: unos decían que esos seres venían a salvarnos y otros creían que venían a terminar con lo que quedaba de la raza humana y del planeta. Yo era de los primeros. Para mí, la visión de esas naves alargadas, con sus cambios de luz de rojo a verde, significaba una advertencia de peligro seguida de un aviso de salvamento. ¡Si tan solo hubiéramos sido mayoría los que pensábamos así! Al penetrar las naves en la troposfera, los gobiernos mundiales enviaron una miríada de misiles y aviones-caza para contrarrestar el «ataque». Los pocos que sobrevivimos lo supimos después: los extraterrestres venían en una misión de rescate pues la Tierra estaba condenada.

Tendido en la blanca superficie, estoy a punto de iniciar lo que ellos llaman: «asimilación». Gor-Mir me lo explica lo mejor que puede, tratando de hablar con naturalidad a pesar de los tonos guturales que emite su garganta. Todo su ser despide luz de diferentes colores, ahora que me habla lo hace emitiendo un suave resplandor azulado.

—En este momento te conviertes en uno de nosotros. No usarás ya tu sistema vocal salvo para emergencias, pero podrás entender los pensamientos. Se hará un trasplante de corazón, la mejor mitad humana se quedará y la otra será sustituida con una mitad de tejido cardiaco-cerebral propio de nuestra raza. No te preocupes, la unión será armoniosa. Tu imagen seguirá siendo bípeda, pero te añadiremos un par extra de brazos y ojos para que te asemejes exteriormente más a nosotros.

—¿La Tierra? —pregunto con apenas voz y noto que su luz cambia de azul a gris.

—Su decisión de usar armas nucleares contra nosotros, más los cataclismos naturales, la han destruido por completo. Lo que queda de ella vaga en el universo, algunos pedazos están siendo atraídos por la gravedad de cuerpos celestes de mayor tamaño y otros están encaminándose al cinturón de asteroides que hay entre Marte y Júpiter. Rescatamos a todos los humanos que pudimos, lo siento, no son muchos.

La superficie donde me encuentro empieza a vibrar y a emitir un haz de luz blanca enceguecedora que me envuelve. Yo siento que «trabajan» en mí, mas no hay dolor. La voz de Gor-Mir no me abandona, pero ahora la escucho en mi mente, tranquilizándome: «Fuerza hermano. Ojalá fueran más. Tan solo son un puñado, pero ahora son parte de nosotros. Bienvenidos».

Suena en mi cabeza la sonata «Claro de Luna», de Beethoven. Escucho a Gor-Mir decir algo sobre lo hermosa que es.

Presiento que estaremos bien.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/la-invasion-relato-corto/

La Cuenta Maldita – Cuento Corto

Paco estaba harto de contar los días. Las matemáticas nunca se le habían dado muy bien que digamos. Su mujer, Flor, solo sonreía ante la discalculia crónica de su esposo.

—¡Ay, Mujer! ¿Hace cuanto que fuimos con Abelardo y Estela? ¿Habrán pasado ya los 14 días?

Flor recordaba que después de mucho tiempo se habían atrevido a visitar a sus grandes amigos. Todo había sido en un ambiente controlado, al aire libre y con cubrebocas. Eso sí, a la hora de los brindis se los tuvieron que quitar y después de varios tragos cada uno, la distancia se fue acortando hasta que acabaron abrazados, cantando y llorando a moco tendido por el añorado reencuentro.

—Llevamos 12, pero creo que a estas alturas puedes relajarte. No nos contagiamos del bicho.

—¡Alabado sea Dios! Esta zozobra es insoportable, debemos cuidarnos más. —Y se pasaba nerviosamente la mano por la calva mientras negaba con la cabeza. —Esto de estar contando los días es un suplicio.

Otro día llegaron los nietos, a quienes Flor abrió a pesar de las protestas de su marido. Entraron los chiquillos en tropel y los gemelos se fueron a colgar de las piernas de Paco y Flor recogió a la más pequeña, abrazándola y llenándola de besos.

Minadas sus defensas, él no tuvo más remedio que alzar a los gemelos en brazos, mirando a su mujer con cara de angustia. Los dos niños le jalaban las barbas con manos húmedas y le babeaban los cachetes mientras decían emocionados: «¡Abuelito, abuelito!»
Pasaron una tarde preciosa sorbiendo helado, dibujando y escuchando las peripecias de los tres niños. Después, cuando vinieron a recogerlos sus padres, Flor tenía preparada una cena familiar. En cuanto todos se fueron, Paco se acabó un bote de desinfectante en spray pasándolo por toda la casa.

—¡Basta, Paco! ¡No sé que sea más peligroso, el bicho o estos químicos! —dijo Flor malhumorada mientras ambos esperaban en el jardín a que la aséptica nube se asentase y pudieran entrar de nuevo.

Después de darse un baño a conciencia Paco comenzó a contar…

—Es que es el cuento de nunca acabar mujer…

—Son los tiempos que nos han tocado vivir viejo. Pero tranquilo, ya estamos vacunados. ¿De algo ha de servir el piquete no? ¡Y fue tan bueno ver a la familia!

—Estamos tomando demasiados riesgos. No está en mis planes morir asfixiado y con el culo al aire en el hospital. —dijo mientras una mueca de horror se instalaba en su rostro.

—Eso no va a pasar. ¡No seas tan dramático! Seguiremos cuidándonos lo más que podamos.

Otro día fueron a la compra semanal y en la fila para las cajas una mujer tosió. Paco ya no quiso seguir y dejó el carrito con todas las cosas en la tienda; en su huida se iba poniendo gel hasta en el trasero y salió arrastrando a la sorprendida Flor.

—¿Te has vuelto loco Paco?
—¡Tosió! ¡Tosió!, ¿no te diste cuenta?
—¡Hombre! ¡Que traía cubrebocas y nosotros también! Ahora ya es mejor visto tirarte un pedo que toser. A veces uno tose Paco, y no quiere decir que traigas el bicho.

Pero Paco no durmió esa noche y empezó a contar…

—Ya no me acuerdo cuántos días van desde lo de la tienda.
—Estás muy paranoico. ¿Y sabes? no me ha agradado nada que ahora la compra nos la manden a la casa. Mandan lo que quieren y no lo que uno les pide.
—Paco pareció no escucharla.

—Necesito un calendario. ¿Cuántos van? Creo que diez, no… once. ¿Sabes mujer, tengo pesadillas donde entro a un lugar concurrido y yo ando sin cubrebocas? ¿No te pasa a ti?

Los ronquidos de Flor le indicaron que esta ya estaba durmiendo y no había atendido a su diatriba. Entonces Paco se puso a contar utilizando todos los dedos de su cuerpo, de repente se equivocaba y volvía a empezar.

Al otro día el buen Paco no despertó. El doctor dijo que se lo había llevado un infarto por el estrés.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/la-cuenta-maldita-cuento-corto/