EL DÍA QUE LOS CERROS SE LEVANTARON

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La gente siempre recordará ese día. El estruendo fue pavoroso y se escuchó hasta el fin del mundo. Previamente hubo señales que presagiaban que algo catastrófico estaba por suceder. El pulso de la Tierra, antes firme, se volvió como el de un anciano tembloroso; los animales salvajes no se dejaron ver por ningún lado y un prolongado eclipse de sol hizo que muchas personas pensaran que las tinieblas lo habían ahogado sin remedio. El viento no llevaba ya el canto de las aves, solo extraños presentimientos que llenaban de temor los corazones.

Como gigantes se levantaron. A su lado las poblaciones humanas parecían hormigueros y aunque las grandes masas de tierra no tenían la intención de herir a nadie, hubo muchísimos muertos y heridos. De los lomos de los cerros cayeron: casas, personas, vehículos, ganado y todo lo que los humanos solemos poner en ellos al creer que los conquistamos.

En medio del caos unos pocos las escucharon, aunque ninguno las entendió: palabras de pesar proferidas por los nobles monstruos al alejarse. Se fueron con los pies de tierra envueltos en una polvareda espesa mientras caminaban haciendo llanura. No se supo el porqué de aquel formidable éxodo, pero sin ellos nada fue igual. El paisaje se hizo monótono, el clima cambió, los ríos inundaron las poblaciones, los animales ya no tuvieron donde guarecerse y la gente quedó desnuda.

Desde entonces los niños y los viejos cantan melodías al amanecer para atraer a los cerros otra vez, pero el tiempo se vuelve un bien escaso. Si los ves, trátalos bien y diles que esta eterna espera nos está matando.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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HERMOSA MUERTE – micro y fotografía

Desde el génesis de todas las cosas, el sol muere dulcemente entre los cerros. Al extinguirse su luz se abandona a los brazos del mar y al vaivén de su reflejo en el agua, efímero camino dorado que va desapareciendo en medio de una agonía anaranjada. Es una hermosa muerte que se repetirá una y otra vez hasta que todo acabe.

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Ana Piera / Tigrilla