EL ROBO

Photo by Eddi Aguirre on Unsplash

A Mario lo arrinconaron dos tipos y le exigieron todo lo que trajera encima. Era hora pico en esa estación subterránea del metro de la Ciudad de México y estaba atestada. Algunos usuarios se dieron cuenta de lo que pasaba, pero prefirieron no intervenir, nadie quería meterse en problemas. Mario tenía escasos dos años de vivir en la monstruosa ciudad, y ya sabía que estos robos eran comunes, así que solo traía el dinero necesario para el billete de camión que lo acercaría a casa y dos taquitos de los que vendían afuera de la estación y que le gustaban mucho pues le recordaban los que hacía su abuela en el pueblo.

—¿Nada más veinte pesos pendejo?—dijo uno de los asaltantes, un gordo corpulento de pelo chino, con la frente perlada de sudor, mientras le ponía el arrugado billete frente a los ojos. —Sí, lo siento. Es todo lo que traigo —¡Chale! ¡Que pinche robo más jodido, ni siquiera trae teléfono! ¡Pinche muerto de hambre! —dijo el otro maleante tras cachearlo. Este tenía una horrible cicatriz que le atravesaba la cara horizontalmente a la altura de la boca. Chasqueando la lengua y escupiéndole a los pies con desprecio comenzaron a alejarse. Pero la voz de su víctima los hizo voltear:

—¿No me podrán dejar siquiera cinco pesos para el camión?

Los dos hombres se pararon en seco, voltearon, cruzaron miradas y sonrieron malévolamente. Mario supo en ese instante que había cometido un grave error. Sintió la mordida del miedo y el corazón le empezó a martillear el pecho. En un segundo estaban sobre él. —¡Enséñale a este imbécil «Guasón!» —dijo el gordo, al tiempo que su compañero sacaba una pistola. —¡No! ¡Perdón! Per… —la voz desesperada de Mario se fue apagando a la par que el «Guasón» le daba de golpes en la cabeza con la empuñadura. Brotó la sangre y el cuerpo se fue resbalando lánguido hacia el frío piso. Detrás de ellos se abrió la puerta de uno de los vagones y los bandidos se hicieron camino violentamente para poder abordarlo; iba a reventar y las nalgas del gordo impedían el cierre de puertas; el «Guasón» tuvo que jalarlo con fuerza para que entrara por completo. Se oyó la señal y el metro se alejó con su carga humana envuelta en una bruma espesa de sudores y olores nauseabundos.

Un alma caritativa pasó, y viendo que no sería mucho esfuerzo pues se trataba de un hombre delgado; empujó de un tirón el cuerpo de Mario contra la pared, para evitar que le aplastaran. Tardó unos quince minutos en recobrar el conocimiento. Se tocó la cabeza y sintió su pelo lacio nadando en charquitos húmedos. Veía todo borroso. «Debe ser por los golpes. ¡Pero qué hijos de puta…!» —pensó— Y ahí se quedó todavía un rato más hasta que sintió que ya podía levantarse. Enfocaba mejor, sin embargo, había algo raro, no podía ver los rostros de las personas. Veía los cuerpos, la ropa, pero no distinguía las facciones.

De repente la gente que se encontraba en los andenes y otras áreas comenzaron a mirar las pantallas de publicidad. El tren llegaba y vomitaba usuarios, mas se iba casi vacío: todos miraban la película pornográfica que unos «hackers» acababan de poner en el sistema. Algunas personas grababan divertidas con sus móviles. Mario también la vio, era una escena donde el hombre tomaba a la mujer por detrás a un ritmo frenético mientras le acariciaba los pechos bamboleantes, él gemía ruidosamente y su amante le contestaba con gemidos aún más escandalosos. Adolorido, Mario observaba la escena sorprendido, veía los cuerpos, el movimiento, mas ningún rostro.

Él no lo sabía, pero los golpes propinados le habían causado agnosia facial. En ese momento no pudo reconocer que la protagonista del video era su esposa, que durante algún tiempo, tras su llegada a la gran ciudad, se había dedicado en secreto a la industria pornográfica para completar el ingreso familiar. El video fue detenido abruptamente y se escuchó una voz aséptica por el sistema de sonido: «Sentimos mucho las molestias causadas. Lo que acaba de pasar es producto de un acto vandálico, acabamos de detener a los responsables que serán remitidos a la policía» El anuncio de un perfume irrumpió en las pantallas y se escuchó un suspiro nostálgico por parte de todos los usuarios; luego cada quien regresó a lo que estaba haciendo. A Mario una mujer le regaló unas toallitas húmedas para limpiarse la sangre y cinco pesos para poder regresar a casa. Nunca pudo recobrar la habilidad de ver rostros y tampoco supo nunca que aquel robo había salvado su matrimonio.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Esta historia está inspirada en un hecho real Proyectan video porno en pantalla del Metro CDMX; acusan acto de vandalismo (eluniversal.com.mx)

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Xoloitzcuintle

Un perro entabla un diálogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de México. ¿De qué hablarán?

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX


La vida en la Ciudad de México es muy ajetreada: todos los días por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehículos y perros callejeros. Un día por la esquina de las calles de Pino Suárez y República de El Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condición que no se advertía a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endémica de México, muy apreciada y con una estrecha relación con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y después se convirtió en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispánica con la imagen de una cabeza de serpiente. Esta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo están ocultos.

La serpiente de piedra olió al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en México a esta raza en particular), y se estremeció, pero no dijo nada. El animal empezó a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Así pasó un rato.

—¿No te molesta no poder ver? —preguntó al fin el “xolo”.

—No —dijo la serpiente—, me dejaron libre lo más importante, mi nariz. A través de ella puedo oler y así percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso —dijo refiriéndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlán, capital de los Mexicas.

—¿Hueles la ciudad? —preguntó el “xolo”.

—Sí. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte.

El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear también aquellos recuerdos.

—Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. Se refería a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que había estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra exactamente iguales a su interlocutora.

La serpiente suspiró. Fue un suspiro largo y nostálgico. Llevaba casi quinientos años «incrustada» de forma humillante en aquel edificio colonial.

—Si quieres —dijo el “xolo”—, te puedo liberar. Lo sabes bien.

—No, déjame un rato más aquí. Tengo la esperanza que un día caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, saborear con mi lengua su destrucción.

—No apostaría a eso —respondió el “xolo”—, pero bueno, es tu elección. Me voy. Regresaré después a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo seré quien te guíe. Ese día descansarás.

La serpiente suspiró nuevamente y luego calló. La gente que pasaba no advirtió que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacía se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza, llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufrió otra transformación: su cuerpo de perro cambió a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xólotl, el dios prehispánico del ocaso y de los espíritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlán, el inframundo.

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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