EL CIRCO

Cuento corto sobre amores imposibles.

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De todos los infames lugares donde ha estado nuestro circo, Santa Rosa ha sido el peor. Ahí el aire es puro polvo que se mete en la boca y cuando menos te das cuenta lo estás masticando. El calor es atroz y el trabajo que exige nuestro oficio hace que sudes todo el tiempo. Ha sido en Santa Rosa que me he descubierto en el cuerpo olores desconocidos y tan nauseabundos que poco ha faltado para desmayarme. Los animales sufren también y exigen agua todo el tiempo. Ricardo la ha pasado mal acarreándola de quién sabe dónde para mantenerlos frescos. Recuerdo que cuando Ricardo llegó al circo con sueños de ser payaso, mi padre, un matador de sueños nato, le dio empleo como cuidador de animales; ya que en su opinión, no tenía la gracia necesaria para ser un buen payaso y le recomendó que en sus tiempos libres practicara con los trapecistas, cosa que el pobre hombre jamás intentó. Por cierto, le pusimos de apodo «el chino», precisamente por tener el pelo demasiado lacio. Lo sé, son bromas que solo a los mexicanos nos hacen reír. En una ocasión me declaró su amor y yo lo mandé a la «chingada» como decimos acá. El «chino» nunca me agradó.

A pesar de ser un pueblo de mierda (o tal vez por eso), nuestro circo ha causado furor. Hacía mucho no teníamos tal aforo. Para alegría de mi padre y pesar de todos los demás, nos quedaremos una buena temporada. «Santa Rosa es una mina de oro», dice el viejo mientras se frota las manos pensando en las ganancias, y brinda con una cerveza tibia, aunque al acabársela disimule no sentir entre los dientes el inevitable polvo de este pueblo ingrato.

En una de nuestras funciones noté a un joven que me miraba con insistencia. Al principio pensé que mi número como domadora le había impresionado. Pero cuando lo volví a ver en la segunda y tercera función y luego al otro día en las dos primeras, ya no podía negar que aquello era bastante inusual y que definitivamente no eran los tigres y los leones lo que lo atraían. Antes de empezar la tercera función lo busqué entre el público que hacía fila y cuando nuestras miradas se encontraron, le hice señas que me siguiera. Caminé con prisa mal disimulada hasta detrás de uno de nuestros maltrechos tráileres y cuando me alcanzó nos fundimos en un beso que me dejó las piernas temblorosas y la mente tan distraída que aquella noche casi olvido sacar la cabeza de las apestosas fauces de un tigre de bengala.

Era tan perfecto como un ángel y en el colmo de la perfección su nombre era Gabriel. A veces, en vez de practicar con mis felinos, me iba con él a hacer exquisitos malabares boca a boca y locas acrobacias corporales. Fue «el chino» el que se dio cuenta de lo que pasaba un día que nos sorprendió haciendo un «triple mortal» en mi tráiler. A pesar de que la gente del circo es bastante unida, este hijo de puta le fue con el chisme a mi padre. Se armó un alboroto tremendo ya que, no es bien visto que la gente de circo tenga amoríos con los de «afuera». La idea es que ellos no entienden la vida del cirquero y es difícil que se adapten a las duras condiciones de vida e incomodidades que conlleva. Uno de «afuera» puede desestabilizar la vida del circo, cosa que mi padre no estaba dispuesto a arriesgar. Me exigió que no le viera más y no contento con eso, él mismo habló con Gabriel y le prohibió pararse en el circo a buscarme.

Nunca había sentido necesidad por nada o nadie excepto el circo mismo, pero cuando dejé de ver a Gabriel fue como si mi sangre no tuviera ya la fuerza para seguir corriendo por mis venas. Me tumbé en mi cama y no quise salir. No había nadie que me supliera y mi número era uno de los «fuertes». La gente se quejaba por no ver a la «Güerita de los Leones».

Pasaron los días y me repuse a medias, la vida en el circo te enseña a ser duro y uno aprende de todo: de los animales que viven lejos de su hábitat, de los extranjeros que viven lejos de sus familias, de los payasos que, envueltos en una gran pena aún saben salir a hacer reír. Volví a meter mi cabeza en las fauces de mis tigres y a pasar a mis leones por aros ardientes. Disimuladamente buscaba a mi ángel entre el público, aunque sin éxito, y supuse con tristeza que él me había empezado a olvidar. Afortunadamente los nutridos aplausos que recibía, me hacían sentir un poquito menos miserable.

Llegó el día en que nuestro circo por fin se despedía de Santa Rosa, yo tenía el corazón dividido, la parte que aún pensaba en Gabriel deseaba quedarse y la otra parte deseaba irse lo más lejos posible.
Los cirqueros recogieron todo: animales, carpas, escenografía, alistaron los tráileres. Pronto estábamos en movimiento alejándonos del pueblo. «El chino» me miraba con sonrisa de satisfacción. De repente, alguien gritó. Señalaban el camino recién recorrido, algo pasaba. Todos volteamos desde nuestros carros para ver una figura diminuta seguida por una nubecilla de polvo; eso fue al principio, luego se fue haciendo más visible. Aminoramos el paso, los elefantes barritaron, los monos aplaudieron. ¡Gabriel venía haciendo malabares sobre un monociclo!, vestía de blanco y traía dos alas pegadas a la espalda que se movían disparejas con el viento. Sonreí toda, ¿saben lo que es eso?, sentir TODO tu ser sonreír, desde la cabeza hasta el dedo gordo del pie. Mi padre me miró aprobatoriamente y al «chino» no lo vimos más
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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla