La Dama.

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La Muerte… ¡Ay la Muerte! Es ella una dama cuya boca oscura se alumbra un poco con el reflejo amarillento de unos cuantos dientes. Tiene ojos negros, pequeños y sagaces, y un rostro arrugado como el de una pasa. Lo que pocos saben, es que es una señora de lo más bromista. Y si lo piensas bien, tiene sentido que así sea, o no podría sobrellevar la pesada carga que le ha sido impuesta.

Descubrí su sentido del humor una noche de diciembre. Mientras la mayoría de las personas festejaban las tradicionales fiestas navideñas, mi familia y yo, sumidos en el dolor, velábamos a la tía Eugenia, hermana de mi madre y muerta aparentemente por una indigestión. Una sábana blanca cubría el pequeño cuerpo. Se percibía en el ambiente el olor de los cirios consumiéndose mezclado con el de las flores que comenzaban a marchitarse; era el olor que avisaba a la tierra para que se fuera preparando, para que se abriera y acogiera en su seno a algún difunto.

Eugenia había sido una persona agradable en vida, siempre tenía una sonrisa en el rostro y las palabras de aliento no se le acababan nunca. Llegabas a su casa y enseguida se ofrecía para preparar algo rico de comer o de beber: un atole caliente, unos tamales, tal vez unas tostadas. No tanto porque tú quisieras, sino porque a ella se le antojaba, pero le sabía mejor si lo compartía contigo. Mientras los grandes se preguntaban a quién le había dejado el rancho, los chicos llorábamos al pensar que ya no podría prepararnos su delicioso pastel de natas.

La noche pasaba y los dolientes se retiraban en la misma proporción en que sentían el deceso de la tía. Los que habían ido solo por compromiso hacía rato ya no estaban. De los que quedaban algunos se encontraban a un lado de la difunta, haciendo guardia, y otros dormitaban en las incómodas sillas del velatorio para lo cual habían adoptado posturas imposibles. Pero todos, absolutamente todos, se llenaron de miedo al escuchar la inconfundible y rasposa voz de Eugenia diciendo: “ATOLE”. La diminuta figura, cubierta por la sábana blanca se había incorporado y ahora pedía la típica bebida de maíz cocido con agua, como queriendo recobrar fuerzas después de su paso por el inframundo. La mayoría salió corriendo despavorida mientras el “fantasma” pedía el atolito.

Yo alcancé a ver a la dama en un rincón del velatorio, se estremecía con las carcajadas que en oleadas la visitaban y la dejaban exhausta al ver el revuelo armado por aquella resurrección inesperada. La tía Eugenia vivió después de eso como veinte largos y saludables años. Los niños que la vimos revivir ahora somos hombres, y uno que otro se murió antes de que ella lo hiciera de verdad. Yo por siempre guardaré la imagen de la parca riéndose de su travesura, porque la muerte en realidad no es más que una broma.

Autor: Ana Laura Piera

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EL VIAJERO DEL TIEMPO

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Le bastaba con pensar en una fecha y lugar y la esfera programaba las coordenadas de destino. Así, Sindri viajó por el universo utilizando atajos en el espacio-tiempo, sistema perfeccionado en el año 3050.

Destino: Roma, noche del 24 de diciembre, año 50 a.C.
Era la celebración de las Saturnales, las fiestas paganas en honor a Saturno, el dios de la agricultura. Antes de salir de la esfera, imprimió la vestimenta propia de la época: túnica y toga, para no desentonar.

La ciudad estaba engalanada con adornos y luminarias. Sus habitantes, jubilosos por no tener que regresar más a los campos, se entregaban a los placeres; corría el vino y la comida en abundancia. Se unió a una de las fiestas callejeras, patrocinada por un hombre rico llamado Gayo Pompeyo. Tras el banquete, Gayo lo llevó a su lujosa villa donde fue testigo del intercambio de regalos entre familiares. Le propusieron quedarse esa noche y celebrar el día 25 el «Natalis Solis Invicti», fiesta asociada al nacimiento del dios Apolo. Amablemente, declinó y se despidió de los anfitriones. En un lugar solitario llamó con el pensamiento a la esfera. Dentro de ella dictó algunas observaciones:

«Con esta visita confirmo que esta tonta tradición que ha perdurado hasta nuestros días tiene orígenes paganos».

Belén, noche del 24 de diciembre, año 6 a.C. *
Salió vestido de pastor, pero no encontró a ninguno pues hacía demasiado frío para sacar al rebaño a pastar. Regresó feliz al vehículo, donde calentó su aterido cuerpo y dictó: «El nacimiento de Jesucristo el 25 de diciembre es una falacia y lo hicieron coincidir con una fiesta pagana. Debió nacer en primavera o verano».

Ahora la esfera buscaría gente emparentada con él, en diferentes épocas. Les visitaría y trataría de disuadirlos de celebrar algo que no resistía un mínimo de análisis histórico.

Londres, 24 de diciembre, 1860:
Con abrigo y sombrero de copa Sindri parecía un londinense más. Buscó la dirección de su parentela, sin éxito. Contrariado fue a sentarse en un banco. No había mucha gente, la mayoría ya estaban en casa para la tradicional cena. Una mujer iba muy apurada y al verle solo, le ofreció pasar la noche con su familia. Aceptó. Dentro de la casa cuatro niños revoloteaban alrededor de un árbol ricamente adornado. El marido, un hombre agradable, le convidó una bebida con vino, frutas y canela, para el frío. La cena fue abundante y deliciosa, antes del postre todos abrieron un paquetito personal, jalando de unos cordones en los extremos; al hacerlo saltaban regalitos en medio de una pequeña explosión que lo sorprendió e hizo que todos se desternillaran de risa. Su obsequio fue una nota que le deseaba buena fortuna. Acabada la cena se despidió, desconcertado por lo agradable de la velada. Hubo alusiones cristianas, pero más que nada se trató de una fiesta familiar. Era hora de regresar a la esfera.

Londres, 24 de diciembre, 1941:
Esta vez sí encontró la dirección. Le abrió una mujer de rostro triste, quien explicó que el hombre que buscaba, su esposo, estaba en el frente de batalla. Sindri fue invitado a cenar. No había árbol ni decoraciones ostentosas. La comida era escasa, aun así la compartieron con él, cosa que lo conmovió. Hubo una oración de agradecimiento y pidieron por la seguridad del padre ausente. Observó que los hijos, dos traviesos pelirrojos, no recibieron regalos. Regresó al otro día con algunas cosas impresas en su esfera: ropa para toda la familia y juguetes. Jamás olvidaría aquellos rostros de gratitud.

Decidió que haría una última parada, su celo por acabar con la tradición navideña en la familia se desvanecía. No había tenido corazón para aguar los festejos de nadie con sus diatribas. La fiesta despertaba sentimientos y actitudes nobles en todos, ¡incluso en él mismo!

México, 24 de diciembre, 2033. Sus parientes vivían en un precioso rancho de la Sierra. Gente hospitalaria, lo acogieron también.

Esta vez sí se animó a soltar los datos recopilados en sus viajes por el tiempo, sin revelar que él venía del futuro, y cuestionó la validez de la celebración. El patriarca de la familia, Don Artemio, lo miró con interés y le dijo que no importaba si no había rigor histórico. «El asunto es que nació y esta fiesta conmemora ese día». «¿Y qué me dice de los orígenes paganos de las fechas?» El hombre se encogió de hombros con esa sencillez de la gente que no se complica mucho. Luego lo invitó a bajar al pueblo para ir a repartir regalos y comida a la gente más desfavorecida. Hicieron una escala en la iglesia donde su anfitrión insistió en entrar unos minutos. Esto último incomodó a Sindri pero se resignó. Más tarde, el rancho se llenó de parientes y nuevamente una grata atmósfera familiar lo envolvió todo con abrazos, risas, brindis y mucho tequila.

Dictó sus últimos apuntes: «He decidido no perseguir ya mi idea de desterrar la Navidad. Entiendo ahora que más allá de lo que se celebra, estas fiestas sirven para unir a las personas, sacar lo mejor que hay en ellas y eso por sí solo bien vale la pena el festejo». Con una sonrisa el viajero del tiempo pensó en la noche de Navidad del año 3050 y regresó a casa, a tiempo para unirse a la celebración.

891 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

*Nota:

«Ateniéndonos al registro de Flavio Josefo y a las repetidas menciones al rey Herodes, es más seguro tomar como referencia válida la que señala el nacimiento en vida de este rey y, por lo tanto, situarlo alrededor del año 6 a.C. La fecha incorrectamente considerada como año 1 fue establecida -ya fuera por accidente o intencionadamente- en el siglo VI por un monje bizantino llamado Dionisio el Exiguo, quien diseñó un nuevo sistema de datación de los años para separar la era pagana de la cristiana: el Anno Domini -“año del Señor”, es decir, del nacimiento de Jesús-, en sustitución de la datación romana ad Urbe condita -“desde la fundación de la ciudad”, es decir, de Roma.» fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/a/que-ano-nacio-jesus-segun-historia_15207

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Noche de San Juan – Microcuento

De lejos le despertó el jolgorio de la noche de San Juan. Emocionado, se dejó guiar por el barullo hasta la playa. Subió a una palmera para tener una mejor vista de las hogueras encendidas, y luego se acercó con cautela a los grupos de jóvenes que disfrutaban comiendo, bebiendo y saltando las llamas. La música, la luz de la luna y el ruido del mar lo emborracharon.

De regreso a su morada le sobrevino una pesada resaca con sabor a nostalgia. Extrañaba la vida. Entró en su tumba y se derrumbó en el olvido a la espera de la magia de la siguiente noche de San Juan.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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ESCRIBIR JUGANDO

Escribir jugando es un reto de escritura basado en juegos de mesa, convocado por Lida Castro Navás en su blog: Escribir Jugando. Marzo ’21 ‹ El Blog de Lídia ‹ Reader — WordPress.com cuyas reglas son:

  1. Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta.
  2. En tu creación debe aparecer el objeto del dado: teléfono
  3. Opcional: Que aparezca en la historia algo relacionado con el espino (año de creación, inventor o el propio alambre):

EL AVISO

Detrás del alambre de púas se encontraban las líneas enemigas. Se había pactado una tregua para celebrar el Seollal, el año nuevo lunar. La capitana Sun Hee decidió salir a estirar las piernas. Iba envuelta en nostalgia recordando los ritos ancestrales, donde se presentaban respetos a los antepasados. Una flor imposible, fuera de tiempo, y roja como la sangre la detuvo ¿Sería un aviso de sus ancestros? Inició el regreso con un nudo en el estómago. Minutos después sonó su teléfono. Era el teniente conminándola a regresar a la base. Los Norcoreanos habían roto la tregua.

98 palabras incluyendo título.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL TESORO

Lucas Rodríguez cerró su carpintería y empezó a andar hacia su casa, iba distraído pensando en su último trabajo pues era algo muy especial: la cuna para su hijo. Aún faltaban algunos detalles para terminarla .

«El niño se llamará Mateo», la decisión fue de Lucas, pero también de las innumerables y antiguas voces de sus antepasados susurrándole al oído. Lo de poner nombres tomados de la biblia era toda una tradición, en especial aquellos de los evangelistas, razón por la cual en la familia de Lucas había muchos «Mateos», «Marcos», «Lucas» y «Juanes». Su niño no sería la excepción y tendría la cuna más linda de todas.

Absorto como había estado elaborando la cuna para su bebé, poco se había dado cuenta de las cosas que se vivían en la pequeña isla donde vivía. San José era un lugar remoto y dependía del gobierno para que les hiciese llegar la gasolina necesaria para poder salir a pescar y ganar el sustento de las familias. La situación era mala pues el gobierno llevaba ya varios meses fallando con dicho suministro y la gente estaba desesperada.

Su mujer, Socorro, lo recibió en la puerta, con su panza de ocho meses moviéndose nerviosamente junto con ella. —¡Lucas por fin llegas! ¡Vete para la playa! —había urgencia en su voz—.

¿Qué pasa mujer?

—¡Están encontrando oro en la playa! —dijo emocionada—. Ildefonso fue el primero: se encontró una esclava de oro, luego Servando que andaba por ahí se encontró un anillo. ¡Apúrate hombre o no nos tocará nada! —dijo mientras lo regresaba a la puerta con la fuerza de un tren.

Sin entender mucho, Lucas se fue para la playa, era un camino cuesta abajo y parecía una carrera: mucha gente del pueblo también iba hacia ahí. Vio rodar a Heliodoro, el panadero, que tras un paso en falso fue a acabar con su obesa humanidad contra al monumento que señalaba la entrada pública al embarcadero. Quiso pararse a ayudarlo pero, la inercia de la muchedumbre se lo impidió, todos acabaron a la orilla del mar, moviendo aquella arena dorada con pies y manos, a gatas, haciendo hoyos enormes con la esperanza de encontrar algo.

En un rincón se encontraba doña Angustias, una de las beatas del pueblo, recitando a pleno pulmón y con voz aguda como graznidos de pájaro, versículos de la biblia que se sabía de memoria.

«El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda…»

Gritos de júbilo… ¡alguién había encontrado una pulsera!

«Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido…»

Parecía como si la arena pariera oro. Lucas estaba escarbando también y se encontró una copa de oro macizo.

«Te doy gracias de todo corazón; me alegro contigo.
¡Cuántas maravillas has realizado en mi vida, Señor mío.»

Hasta el golpeado Heliodoro estaba sentado, llorando de alegría y entre sus manos varias monedas doradas.

«… Quiero dar testimonio de tu bondad y ternura para conmigo y cantar,
Señor Jesús, lo que tú has hecho con mi historia…»

Lucas pensó que el verdadero milagro era que nadie golpease a nadie, que todos se alegraran por los hallazgos de los otros. Ciertamente aquel hecho inexplicable le daría de comer a la gente del pueblo por varios meses más; hasta que se regularizara lo de la escasez del combustible. Él tendría dinero para sortear los tiempos que se avecinaban y el nacimiento de Mateo.

En otro tiempo y en otra vida, unos sabios lanzaban maldiciones. El tesoro para el niño, cargado trabajosamente en los camellos, se había ido desparramando inadvertidamente en una playa del Golfo Pérsico por la que pasaron camino a Belén. Las embestidas del mar ya lo habían devorado. Solo quedaba incienso, mirra y tan solo un poquito de oro.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA CUENTA ETERNA

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Uno a uno fueron cayendo. La enfermedad terminal que los aquejaba no les daba tregua por vivir contando lo finito. El campo quedó cubierto completamente de calendarios moribundos.
En medio de su agonía, uno de ellos musitaba: » ¿Porqué vivir este dolor? ¿No es un nuevo año la continuación del mismo tiempo? ¡Ay!»
Muy orondo pasaba por ahí un reloj; le miró de reojo y con lástima.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

HISTORIA SECRETA DEL VIEJO DE ROJO

Lo que no sabíamos del buen «Santa»

(Historia no apta para menores de edad, esto no es un cuento infantil. Es una sátira Navideña)

Una fría mañana en el Polo, en vísperas del «Gran Viaje», Santa Claus se dio cuenta de que uno de sus preciados renos había desertado. El asunto le dolió en el alma, no tanto por el aprecio al animal sino porque el reno fugado era uno de los pocos que conocían su “historia secreta”. Ahora que los medios pagaban buen dinero por chismes de la farándula, temió que sus intimidades le dieran la vuelta al mundo. No estaba tan equivocado.

Conocí a Rodolfo en un bar de mala muerte en la ciudad rusa de Kirovsk, al norte del círculo Polar Ártico. Aceptó hablar conmigo a condición de no tomar fotos, pagar unas cuantas rondas de vodka y darle el dinero suficiente para viajar más al sur. «Un lugar calentito, donde pueda andar en pantalones cortos» —me dijo.

Desde su fuga había cambiado bastante; el hechizo con que Santa mantenía a todos los renos «apentontados» había desaparecido y frente a mí tenía a un enano negro. Se caracterizan por una barba de color negro azabache y una piel del color de la nieve más pura. De su antiguo estado como “Rodolfo el Reno” solo conservaba la nariz roja, aunque por el tufo a alcohol que despedía, pensé que más que por el frío, su «peculiar nariz» se debía a la infinidad de tragos que traía encima.
Olfateando una gran exclusiva, inicié la entrevista preguntándole si los renos de Santa eran todos enanos hechizados como lo había sido él.

—Mira, el grupo de renos del «Viejo de Rojo» —así le decimos todos los que lo conocemos en persona— fuimos una banda de enanos mal portados: fumadores, adictos al sexo y a las fiestas. Fuimos desterrados de nuestro reino y condenados a ser sus servidores, ese fue nuestro castigo.

Otra de las cuestiones que abordé era si Santa era un hechicero o tenía conocimientos sobre el tema; pregunta lógica dadas las circunstancias de sus ayudantes. En ese momento el camarero se hizo presente con las bebidas y traía también un típico pan aromático que Rodolfo rechazó con un gesto.

—No es hechicero, pero un ancestro de él sí lo fue y conserva un libro de artes oscuras que en su familia han venido conservando de generación en generación. Cuando vio que éramos demasiado rebeldes para ayudarlo, decidió lanzar un encantamiento que nos convirtió a todos en renos. Por cierto que el viejo vendió ese hechizo por muy buen dinero y próximamente va a salir en una serie épica de Netflix que va a opacar todo lo visto hasta ahora. ¡Imagínate, no serán efectos especiales sino algo real!

Hice una anotación mental para averiguar más sobre la dichosa serie. Ante la pregunta inevitable de cómo había logrado escapar y se encontraba ahora en Kirovsk contestó:

—Aproveché un descuido del viejo. En vísperas del «Gran Viaje», (la gira mundial anual repartiendo regalos), al pobre hombre le entraron unas ganas inmensas de platicar. Desde que su mujer lo dejó por “voyeur” —últimamente le gustaba mirar dentro de los iglús a horas inapropiadas de la noche; los esquimales casi lo linchan— al viejo le entró una nostalgia enfermiza y como siempre he sido yo su paño de lágrimas…

—¿Su paño de lágrimas? —interrumpí —¿Cómo podías platicar con él siendo tú un reno?

—El viejo me daba un bebedizo, mezclado con un poco de vodka y en cuestión de minutos el embrujo que hacía que yo fuera un animal, comenzaba a desaparecer hasta que dejaba de serlo. Entonces nos poníamos a platicar y a beber como cosacos, y él me confiaba sus cosas. La última vez que esto sucedió, decidí escaparme, y así en cuanto sentí que podía discernir entre derecha e izquierda, aproveché que el viejo había ido a hacer pis y me fugué.

Al ver que Rodolfo ya había terminado la ronda de vodkas, le hice una seña al camarero para que trajera otra. Decidí lanzarle una pregunta inofensiva y le pregunté cuál había sido el último gran disgusto de Santa.

—No estuve presente, pero seguro que cuando descubrió mi fuga debió ponerse como energúmeno. Pero bueno, si he de recordar algún otro momento, creo que jamás lo vi tan enojado como cuando Luis Miguel sacó su disco “Navidades”. Cuando escuchó “Santa Claus está en la Ciudad” se puso como loco, gritó que solo faltaba que el fulano sacara un sencillo titulado “Pimpón es un Muñeco” y que prefería mil veces a Raphael con “El Niño del Tambor”.

Sonreí. Venía ahora una pregunta que, dado el nivel de alcohol que Rodolfo ya traía en la sangre estaba seguro me respondería sin empacho.

—¿Cómo es Santa en la intimidad?

—Muy tierno y cariñoso… ¡Eh!¡No! ¡No pongas eso!

Decidí entonces pedirle que para entender mejor la personalidad de Santa me detallara lo que había en su mesita de noche y debajo de su cama. Medio atolondrado ya por los vodkas contestó:

— A ver, mesita de noche: viagra, una revista Play Boy del año del caldo, una tanga que usó un verano en la playa, cuando tenía 20 años. Un retrato de sus papás y hermanos jugando en la nieve; una foto de la Tierra tomada desde la Estación Espacial Internacional. Debajo de su cama: unos calzones olvidados tamaño “casa de campaña” de la Sra. Claus. Una noche de copas se quedaron ahí atorados y no han vuelto a ver la luz del sol. También hay unas trusas de hombre —seguro, segurísimo son de él—, unos patines de hielo, pues adora patinar, también una caja llena de fotos de niños de todo el mundo. ¡Ah! y su AB Shaper para bajar panza, que por cierto jamás ha vuelto a usar después de una breve sesión de 5 minutos.

—¿Y tú cómo sabes tanto?

Con voz pastosa de borracho y con la lengua ya estorbándole en la boca contestó:

—Ah, este… Bueno es que yo era personal de confianza, no sindicalizado. Mejor ya no sigas preguntando…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Esta historia la publiqué originalmente el 21 de Diciembre del 2006. Le he dado una «manita de gato» para actualizarla un poco.

AÑO NUEVO O VIDA NUEVA?

REFLEXION

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¿Por qué lo llamamos “año nuevo” si es la continuación del mismo tiempo?, el tiempo no se renueva, solo fluye eternamente. Los que cambiamos, nacemos o morimos somos nosotros. Quizás sería más correcto celebrar al “Hombre Nuevo” o a la “Mujer Nueva” que debiéramos ser en cada ciclo que nos ha dado por nombrar “Año Nuevo”. Celebremos una nueva oportunidad de cambiar para bien, para estar más en sintonía con nuestro entorno, para respetar la naturaleza y por ende a nosotros mismos y a nuestros semejantes. Celebremos el amor de los que nos rodean y prodiguémoslo con más fuerza, quitemos la mala yerba de nuestra vida, sembremos amor. Y que a las 12.00 del nuevo ciclo brindemos por nosotros, por nuestra evolución espiritual, por el hombre o la mujer “nuevos” que podemos ser.

Ana Laura Piera / Tigrilla

LA ULTIMA BUSQUEDA

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El viajero de mil caminos se dejó caer en espera de la Muerte. La deseaba. Anhelaba que esta llegara y pusiera fin a su sufrimiento. No lo atormentaba el dolor físico de su cuerpo maltrecho y de las heridas infligidas por el sol de muchas jornadas. Le dolía la ignorancia de no saber qué hay más allá de la frontera de la vida. ¿Qué sigue después de exhalar el último aliento?

Había viajado por todos los continentes, visitado sabios y consultado oráculos y la llaga de la ignorancia seguía atormentándolo. “¿Ubi sunt qui ante nos in mundo fuere?” La Muerte debía conocer la respuesta. Ella, que se los lleva a todos, que tiene el postrer atisbo a sus últimas miradas, que tiene el privilegio, como una madre orgullosa de sus hijos, de observar sus primeros pasos tras cruzar el umbral.

Pero la Muerte, cual veleidosa amante, se tardaba en llegar. Porque esta dama no llega a capricho nuestro, sino en sus propios tiempos, y a veces, coqueteando con nuestros deseos, nos deja esperando, y otras se aparece de improviso como un intruso en la noche que se sienta a nuestra mesa sin ser invitado.

Gruesas lágrimas rodaron por las secas mejillas del viajero, pero cuando la vio llegar, engalanada como para un baile, todo su ser se llenó de alegría. Ella abrió su boca desdentada y oscura. «¡Por fin!, el secreto a punto de ser revelado» —pensó. Pero de la boca de la Muerte no salió ni un sonido, solo señaló con su huesudo dedo el tiempo pasado. El viajero tuvo frente a sí toda su vida en un segundo, y entendió que su existencia con todo lo bueno y con todo lo malo, había sido plena. Y ahora conocería la plenitud de la muerte sin remordimientos. Inició su último viaje en el silencio más absoluto, y del brazo de su dama, mudos los dos, atravesaron el abismo.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

666 O EL FIN DEL MUNDO

Cuento corto, original.

Hoy se iba a terminar el mundo, o algo parecido. Bueno, eso le dijeron a Paula Chávez en el mercado. La “Güera”del puesto de pollo le contó que hoy era el sexto día del sexto mes del año 2006 y que el 666 era el número de la Bestia y que en la Biblia estaba anunciado el fin de todas las cosas. Paula oía todo muy asombrada mientras pedía que a las pechugas del pollo les quitaran el huacal y se los pusieran aparte para hacer un caldo.

—Son las 11 apenas —dijo la “Güera” en tono fatalista—. Aún falta mucho para que el día termine y podría pasar cualquier cosa. ¿Me dijiste cuatro pechugas verdad? Paula se quedó pensando y al fin contestó muy seria:

—Mejor solo dame dos, no tiene caso cocinar para dos días, no vaya a ser la de malas.

Con un hábil golpe de su cuchillo, la “Güera” rompió en dos el cadáver de un pollo amarillento y Paula se estremeció cuando unas gotitas de sangre de pollo le salpicaron la ropa. La “Güera” se disculpó:

—Ya te dije “mija”: hazte más atrás, a veces salpica mucho cuando estoy cortándolo.

Paula fantaseó con las gotitas sanguinolentas, quizás a la noche su delantal estaría empapado con su propia sangre, su pequeño cuerpo empezó a temblar aunque nadie lo notó.

Rosy Hernández llegó sobándose el voluminoso vientre y pidiendo le vendieran huevo.

—Güera, güerita, dame una docena de blanquillos.

—Si Rosy, ya te la doy. ¿Ya sabes que dicen que hoy se acaba el mundo? Rosy abrió mucho los ojos:

—¿En serio? Güera, mejor dame tres docenas, haré una despensa por si mi Rubén y yo sobrevivimos al desastre mínimo no pasar hambre. Rosy también pensó que aquella noche compraría un cartón de la mejor cerveza y le haría el amor a su marido con locura y pasión desmedidas para aprovechar sus últimas horas sobre la tierra.

Don Facundo Castro, quien tenía un local de semillas frente a la pollería había escuchado todo y dijo con desdén:

—No es que se acabe el mundo, hoy va a nacer el anticristo. Lo explicó el Padre Artemio el otro domingo, no sean ignorantes.

A Rosy, que era una oveja descarriada de la iglesia por haberle quitado el marido a su hermana y que no se había parado en una desde hacía ya mucho tiempo, lo de “anticristo” le sonó a medicina y se quedó en las mismas. La “Güera” muy molesta le dijo a Don Facundo:

—Mire, mejor olvídese de las rabadillas de pollo que siempre le regalo para su perro, venir a insultarnos así…

El hijo de la “Güera”, Memito, un chiquillo de cuatro años, moquiento y canijo, captó enseguida el tono de la plática, pues era el mismo que usaban con él cuando no avisaba del baño, así que se arrancó del abrazo perenne a las piernas de su mamá y agarrando un montón de tripas de pollo del bote de desperdicios fue a aventárselas a Don Facundo, en señal solidaria con la autora de sus días.

—¡Escuincle cabrón! —gritó Don Facundo mientras se sacudía con torpeza las vísceras pegadas a los zapatos y hacía ademán de pegarle a Memito.

—¿A quién le dice cabrón imbécil? Había aparecido Memo grande, con su voz de tenor y cuerpo de boxeador. Era el marido de la “Güera” y hasta hacía unos minutos se encontraba en otro local enamorando a Carmela, la chica de la cremería, pero alguien le había ido con el chisme de que con su mujer se estaba armando una bronca. Había dejado a Carmela a mitad de camino de un beso, pero la familia era la familia y había que defenderla.

Al poco rato todos los clientes y clientas habían tomado partido y se armó una batalla campal con jitomates podridos, pedazos de pollo, semillas y con lo que estuviera a mano. Jesusa, la más anciana de las clientas que frecuentaban el mercado pasó por ahí después de haber parado en el puesto de tacos y tras liberar un eructo sonoro con olor a barbacoa, se santiguó:

—¡Ay maldito Satanás!, ¡esto es obra tuya!, ya me habían dicho que hoy habría desgracias, ¡Diosito ampáranos! ¡Ya empezaron los cocolazos!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

huacal- parte del pollo donde van las costillas
rabadillas- la cola del pollo
bronca: problema, pelea
barbacoa: guiso de carne de borrego o chivo
cocolazos: problemas

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