El Agradador – Microrrelato de cien palabras.

Mi participación en el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando» correspondiente al mes de Septiembre. Se trata de hacer un microrrelato de máximo cien palabras, inspirados en la imagen de la carta, donde debe aparecer el mineral «howlita» o turquesa blanca. Opcional: que aparezca algo relacionado con la flor de Bach: Centaury. (Esta esencia ayuda a las personas que quieren complacer a todo el mundo y ello les conlleva una gran carga, pues ceden antes los deseos de los demás, olvidando incluso sus propios sueños).

Tras el dolor, sobrevino el frío y la negrura. No alcanzó a percibir ya el aroma sanador de Centaury. Atravesó el Valle de las Sombras y llegó a la Sala del Juicio. Envuelta en un fulgor cegador le esperaba Justicia, quien con voz pavorosa anunció:

—Tú eres el «agradador», y por olvidarte de ti mismo, te condeno.

Silencio…

Apareció un gran bloque de turquesa blanca surcada de vetas, como venas azuladas. Si alguien hubiera podido acercarse, vería sangre circular por esas «venas» y si ese alguien pudiera poner su mano encima, sentiría el palpitar desbocado de un corazón.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

Te invito a visitar el blog de Lidia donde hay un montón de cosas interesantes para ver y también podrás participar en sus retos. Da clic AQUÍ.

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¿Dónde habitan los dioses?

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El arquitecto principal del Templo de la Luna hablaba dormido, y reveló sin querer el pasaje secreto que llevaba directamente a la cámara sagrada. Itzel tenía una petición para la Diosa, y tras varias noches de escuchar balbucear a su padre en sueños, reunió la información que necesitaba.

La noche elegida, desde la puerta de su casa, vislumbró la colosal silueta del basamento que se recortaba a la tenue luz del cielo nocturno y hacia allá se encaminó. La chica conocía ya la rutina de los guardias, gracias a muchas horas de observación previa, por lo que pudo burlarlos con relativa facilidad. Encontró el acceso al edificio y se introdujo en las entrañas de piedra sin que nadie lo advirtiese.

Al principio se vio envuelta en tinieblas, pero al acostumbrarse sus ojos, pudo percibir un resplandor fantasmal emitido por un mineral luminiscente incrustado a intervalos en las paredes de roca, estos marcadores señalaban una angosta vía que la llevaría al recinto más importante. Mientras la seguía, notó que el camino iba en descenso, más abajo del nivel del suelo.

El corazón de Itzel latía furiosamente, si la encontraban, ella y su familia estarían automáticamente condenados a una muerte lenta y cruel. Solo a los varones de las jerarquías religiosa y gobernante se les permitía el acceso, y únicamente en fechas muy específicas para realizar rituales de fertilidad. Aún más preocupante que la ira de los hombres, era hacer enojar a la Diosa. ¿Cómo tomaría la Luna su atrevimiento?

Notó que el mineral luminiscente ahora aparecía a menor distancia uno de otro, aumentando la claridad. También empezaron a aparecer «guardianes» de piedra: estatuas de guerreros de tamaño natural que la miraban pasar con ojos pétreos y actitud impasible. El estrecho camino desembocó en una enorme galería inundada de un líquido blanco-plateado; por su padre, sabía que se trataba de mercurio, un metal muy preciado que traían de tierras lejanas en forma de polvo y que luego era tratado hasta convertirlo en un líquido de propiedades raras. Debió haberles llevado mucho tiempo y esfuerzo reunir la cantidad suficiente para poder crear aquel «lago» del cual emergían rocas que parecían montañas. Su mirada se paseó por el recinto y todo él estaba tapizado de puntitos fosforescentes que semejaban el firmamento de noche. Había una monumental media luna tallada en el techo presidiendo aquel extraordinario conjunto, pero no había ninguna presencia. Aquel lugar maravilloso se sentía vacío.

El regreso le resultó más difícil, pues iba cuesta arriba. Itzel no dejaba de pensar en lo fútil que resultaba la construcción de aquel magnífico santuario si la Diosa no lo habitaba. Reflexionó que si la Luna estaba en el cielo quizás era un error pretender que «viviera» bajo la tierra. Cuando emergió del edificio y logró evadir la guardia por segunda vez, se dirigió a su casa, iba triste y desconcertada. Una vez en su habitación, enterró la cara en el lecho y lloró con lágrimas amargas al sentir que su fe se tambaleaba.

A la siguiente noche de luna llena, la joven se escabulló al campo y se sentó a esperar a que el cielo se despejara un poco para ver al astro. Por fin, los jirones de nubes que le arropaban se disiparon y el círculo de plata apareció con gran esplendor; su luz blanquecina, se posaba suavemente en todo lo que tocaba. Itzel sintió su caricia y confirmó que aquella majestad no podía encerrarse en un recinto hecho por los hombres. La chica le reveló el deseo de su corazón: que Canek regresara sano y salvo. La embargó una sensación de paz muy profunda y supo que de algún modo había sido escuchada.

El día del regreso de los guerreros, Itzel atisbaba ansiosa entre la muchedumbre por si lograba distinguir a Canek, y de repente ahí estaba él: venía caminando por su propio pie, lleno de heridas, su noble rostro no revelaba ninguna emoción a pesar de la victoria. Muchos guerreros habían perecido en aquella incursión e Itzel sabía que él estaría triste por los que no habían vuelto. Rodaron por las mejillas de la chica lágrimas de agradecimiento al verle vivo.

La siguiente noche de luna llena, Itzel hizo su propio ritual de adoración y confesó otro anhelo: que Canek fuera su compañero de vida. Ni siquiera tuvo que salir, los hilos de plata entrando e iluminando su cuarto bastaban, la Diosa, sin duda, la escuchaba.

Autor: Ana Laura Piera

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La Danza de las Cosas – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando». Consiste en crear un relato de no más de cien palabras inspirados en la imagen de la carta, que incluya el objeto del dado: hada, y como opcional algo relacionado con el violín.

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Cuando llegaron las hadas, aquella vivienda olía a moho, humedad y olvido. Solo quedaban las cosas con que los humanos nos rodeamos, a veces en un vano intento de no estar solos.

Una palabra mágica hizo que un viejo violín se elevara por los aires y empezara a tocar una suave melodía. Latas caducadas, polvosos cajones, un abrelatas, una cuchara… todos los objetos abandonados despertaron y danzaron al ritmo del instrumento.

—¡Nos los llevaremos! Dijeron las hadas, mientras batían sus alas para partir.

Las cosas salieron volando de la casa, siguiéndolas al compás de la música.

Autor: Ana Laura Piera

98 palabras sin incluir título.

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La Maldición- Microrrelato

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando». Se trata de hacer un relato de cien palabras inspirados en la imagen, que el relato contenga el mineral «malaquita» y opcional que aparezca algo relacionado con la «flor de la abundancia» (Plectranthus nummularius).

Atrás quedó el yacimiento de malaquita. La pequeña Alika mira detenidamente la piedra, cuidadosamente escogida y que será parte del pago para liberar a su hermano de la maldición de Ismat, el hechicero.

Yaro, ahora convertido en un ciervo imponente, camina despacio, seguido por cientos de hadas que, afanosas, buscan la flor de la abundancia, también demandada por Ismat. No le preocupa demasiado si la encuentran o no, él se siente a gusto siendo un ciervo. Busca los ojos miel de Alika pero estos le gritan que ella lo necesita en su forma humana.

Una lágrima cae a la tierra.

100 palabras sin contar título.

Autor: Ana Laura Piera

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Libertad – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando», del mes de abril. Hay que inspirarse en la imagen, incluir el dado (piedra de lapizlázuli), opcional que aparezca algo relacionado con la flor de alheli. No sobrepasar las cien palabras.

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Sintiendo en sus venas la flama impetuosa de la libertad, el unicornio se ha desembarazado de su molesto jinete, dejándolo muy atrás. Aves de fuego, como diminutas incandescencias, le acompañan. En el pico de una, hay una piedra de lapislázuli para que las fuerzas no le fallen, y otra trae una flor de alheli para animarlo a seguir su camino. Nunca más será esclavo del capricho de nadie.

68 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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El Misterio de los Zapatos Robados.

Mi participación en el «VadeReto» de Marzo 2022: crear un relato donde aparezca una cabaña, al menos una vez, y que una de las palabras vaya en mayúscula para destacarla del resto del relato. Si quieres participar en el reto da clic AQUI.

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Recuerdo que había decidido salir a pescar muy temprano. Tuve que hacerlo a escondidas, mi padre ya me estaría esperando en el taller. Sabía que se molestaría mucho pero yo necesitaba un respiro.

A mi paso por las calles del pueblo escuché lamentos:

«¡Otra vez me falta un zapato!»
«¡Demonios! ¡Me han robado de nuevo!»
«¡Malditos! ¡Se han llevado otro zapato!»
«¿Hasta cuándo sufriremos esto?»

Desde hacía un tiempo, todos nos habíamos visto afectados por el robo de zapatos, lo curioso es que nada más desaparecía uno, el izquierdo o el derecho, dejando a su compañero detrás. Yo mismo llevaba en cada pie un zapato de diferente estilo, pero correctos, y estaba de suerte, había gente que tenía que andar con dos izquierdos o dos derechos, lo que los hacía caminar de forma curiosa y algo incómoda.
El zapatero, mi padre, no se daba abasto, entre ambos tratábamos de reponerlos, mas los robos eran tan frecuentes que era imposible satisfacer la demanda.

Las voces se desvanecieron conforme me enfilaba al río. Recuerdo haber pensado en lo bien que me la pasaría pescando, alejado del taller donde las jornadas ahora eran más largas que lo normal. Me llamó la atención una bota de niño tirada a un lado del camino, me acerqué y más allá vi un borceguí, unos pasos adelante, una sandalia, era casi como si se hubieran estado cayendo de una bolsa y quien los llevara no se hubiera percatado.

Decidí ocultar mi caña de pescar y seguir aquel rastro, quizás pudiera yo esclarecer el misterio de los robos y con ello volver a tener tiempo libre para mí. Me interné en el bosque, debo confesar que iba un poco aprensivo, la gente creía que los responsables eran seres sobrenaturales: duendes, brujas o demonios.

El rastro de calzado se detuvo abruptamente, seguramente quien los llevaba se dio cuenta de que su botín pesaba cada vez menos. De repente, un fuerte empujón por la espalda me tiró al suelo, luego me taparon la cabeza con un saco mientras me amarraban de manos y pies. Me sentí levantado. Grité mucho, pero estaba lejos del pueblo y difícilmente alguien hubiera podido escucharme. Exhausto, guardé silencio y me concentré en lo que sí podía percibir. Me llevaban entre dos personas, lo curioso era el ritmo y movimiento, como si caminaran saltando. Me sentí algo mareado y el saco apestaba a ropa sucia.

En algún momento pararon, y sin miramientos, fui aventado al suelo y retiraron el saco. Al principio me costó un poco enfocar la vista, pero cuando lo logré no pude creer lo que veían mis ojos: Un pequeño grupo de personas extrañas me rodeaba, de la cintura para arriba eran normales, mas de la cintura para abajo solo tenían una pierna ¡Ahora entendía lo del robo de los zapatos!

Alguien se acercó dando saltitos, se trataba de un hombre algo mayor que a señas les pidió a los demás que se retiraran. Dos hombres jóvenes, una mujer, y un niño pequeño, se alejaron brincando. Él cortó las ataduras de mis pies dejando las de mis manos y me ayudó a levantarme. Me condujo a una cabaña hecha de troncos de árboles, no muy diferente de nuestras propias viviendas. Me indicó que me sentara y me ofreció agua. Como seguía atado, él me acercó un pocillo a los labios. Bebí hasta apagar mi sed.

—¿Qué… qué son ustedes? —dije con torpeza.
—No tenemos nombre —me miró fijamente.
—¿Qué les pasó?—. Su rostro esbozó una media sonrisa.
—¿Te refieres a que solo tenemos una pierna? —asentí.
—Una maldición. Es una historia larga, no tienes tiempo de oírla.

Sus palabras me inquietaron.

—¿Qué piensan hacer conmigo?
—Lo estoy pensando, muchacho. Mis hijos cometieron un error al traerte.
—¿Por qué nos roban los zapatos? —el hombre me miró con una expresión burlona, como diciendo: ¿en verdad tienes que preguntarme eso?
—Me refiero a… ¿Por qué no fabrican ustedes su propio calzado? Para nosotros es un verdadero problema lo que ustedes hacen. —El viejo se rascó la cabeza, coronada por una melena canosa y enmarañada.
—No sabemos hacerlos.
—Podríamos enseñarles —sugerí.
—Nadie debe vernos ni saber de nuestra existencia. Si nos encuentran harían un espectáculo con nosotros —en su voz se asomó la tristeza.

Recordé los circos itinerantes que de cuando en cuando pasaban por el pueblo, mostrando todo tipo de rarezas, desde tortugas de dos cabezas hasta enanos o gente deforme. El viejo tenía razón.

—Mi padre es zapatero y yo conozco el oficio, les puedo enseñar. A cambio deben prometer que nunca más nos robarán zapatos y por supuesto, liberarme. Juro que no revelaré nada sobre ustedes.

El hombre no dijo nada, pero mandó llamar a sus dos hijos y les ordenó que me consiguieran todo lo que yo les pidiera. Fue así como les enseñé a fabricar sus propios zapatos. Resultó que eran una familia, la esposa del patriarca era de lo más amable y cocinaba delicioso, los hijos, al principio, recelaban de mí, pero conforme nos fuimos conociendo me aceptaron y al final hasta nos hacíamos bromas. Me enteré de que robaban muchos zapatos porque no sabían si les quedarían o si les gustarían, así que tomaban un poco de todo. Ninguno quiso contarme acerca de la maldición que les había condenado a caminar en un solo pie. Les agradó poder hacer calzado a su gusto. Toda la familia aprendió, incluso el más pequeño de ellos, un niño de unos seis años, daba saltitos de felicidad mientras le enseñaba a darle los últimos toques a una bota. Parecía un frágil y excitado pajarillo.

Estuve con ellos un par de días. Me hicieron jurar solemnemente que no revelaría nada sobre su existencia y me agradecieron el COMPARTIR mis conocimientos, luego me volvieron a poner el saco en la cabeza, (que seguía oliendo tan horrible que me hizo estornudar). No me amarraron, pero me cargaron igual y me llevaron cerca de mi pueblo donde se despidieron. En mi cabeza los bauticé como «monópodos». Cumplí mi promesa y nunca hablé de ellos. En el pueblo cesaron los robos y todos pudimos relajarnos.

Autor: Ana Laura Piera

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«El Vigilante» – Microrrelato de 97 palabras.

Mi participación en «Escribir Jugando» el reto de Lidia Castro Navás. Crear un poema o microrrelato de máximo 100 palabras inspirados en la carta y que incluya el elemento del dado: tiempo. Opcional, que mencione algo relacionado con la catapulta.

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Dagur mira el tiempo pasar mientras liba vino. Mika, posada en su montaña-sombrero sacude el pico viendo esa nariz enrojecer, además, descuidadamente, Dagur ha derramado algo del dulce néctar. El trabajo de vigilante de nubes no es una tarea ingrata, pero él ya desea que lo releven. Por fin, de las montañas que emergen detrás, hay una que va alcanzando más altura que las otras. ¡Es su hermana Lilja! Una vez que ella tome su sitio, una catapulta semi-escondida entre los esponjosos cúmulos lanzará a Dagur a otro lugar, esta vez será vigilante de estrellas.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

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La Caja – Microrrelato

Mi participación en el reto de Lidia Castro «Escribir Jugando»: Hacer un relato no mayor a cien palabras inspirado en la carta, que incluya el elemento del dado (interrogante/duda) y opcional que aparezca algo relacionado con la flor aspen (chopo / álamo tembloroso). Flor de Bach indicada para aquellas personas que tienen miedo a lo desconocido.

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Una vez en el desván, el ruido la alertó. Hizo un mohín y buscó la caja que encontrara un día en el bosque. La abrió y aquello parecía un hervidero de hormigas: hombres, mujeres y niños diminutos intentaban trepar por las paredes de cartón y amenazaban con desbordarla. No recordaba que hubiera tantos. Sus pequeños, ridículos, rostros reflejaban todos los estados de ánimo: cólera, indignación, desesperación… Le entró la duda sobre qué hacer. Cerró el paquete bruscamente y decidió enterrarlo bajo el álamo temblón. Arrancó un poco de aspen y la colocó sobre esa improvisada tumba. Se alejó silbando.

99 palabras sin contar el título.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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La Pesadilla – Relato Corto

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Me desperté sintiendo que me observaban. Un resplandor molesto en medio de la oscuridad hirió mis ojos: ¡la pantalla del teléfono! “¡Mierda!”. Extendí la mano y lo puse en suspensión. Pensé que podía volver a dormirme, apenas eran las 6.00 a.m. Las cobijas calientes me tentaban, pero decidí levantarme a hacer café. Dejé el móvil cargando.

Apenas el día anterior me había llegado por Amazon una máquina de espresso semi profesional, con bomba italiana, y junto con ella, una bolsa de café colombiano selecto. Me hacía ilusión probarlos. Mientras me trasladaba de la habitación a la cocina, me pareció ver una sombra escurridiza. “Debo seguir amodorrado”.

Me concentré en accionar mi nueva adquisición. Antes había tenido ese tipo de máquinas, así que no fue difícil. Caté el café recién hecho, aunque me decepcionó un poco. «Nota mental: para mi próxima compra pedir otra mezcla». Añoraba cuando podía salir sin preocupaciones y comprar lo que se me antojara. Ahora Amazon era mi salvación. Saqué un paquete de galletas italianas de almendra para acompañar. De nuevo me invadió la sensación de ser observado, giré la cabeza rápidamente y esta vez la pillé: se trataba de una niña de unos siete años, de raza negra y enormes ojos; el vientre repleto de parásitos sobresalía como un balón de futbol. Vestía un pantalón azul desgastado, camisa a rayas y sus pies descalzos se perdían en mi mullida alfombra. Sus ojos se colgaron de las galletas. Sin pensarlo, le extendí una, que tomó con manos sucias y ansiosas. Corrió a esconderse detrás de uno de los muebles de la sala. Decidí seguirla, temiendo que ensuciara algo, mas ya no estaba. En su lugar encontré un anciano de barba cana hecho un ovillo en el piso, por su indumentaria deduje era alguien de oriente medio. Al verme comenzó a hacer ademán de que me resguardara junto a él y hacía señas de que “algo” estaba a punto de caer sobre nosotros en cualquier momento. Sus gemidos y su rictus de miedo me hicieron retroceder.

El desconcierto me invadió. «Esta pandemia y este encierro auto impuesto me están alterando» —pensé—. Café en mano fui al cuarto que uso como estudio, el lugar está lleno de libros y ahí tengo el ordenador. Navegué un poco en internet: Me explotó en la cara un pleito entre artistas, rumores de guerra, posible hambruna en regiones de África y Centroamérica y el desgraciado virus por todos lados.

Frente a mí apareció de la nada una chica joven, quizás unos quince años, también de raza negra. Llevaba una pañoleta verde, de sus ojos, orejas y naríz corrían hilillos de sangre que iban manchando su ropa de mezclilla. La observé con repulsión. Ella parecía no mirarme, estaba como ausente. Yo sabía que no era real, ¿por qué me estaba sucediendo esto? ¿Hacía cuanto que no tenía una sesión de meditación? Claramente necesitaba una con urgencia. Me levanté para no verla y fui a mi habitación a recoger mi teléfono. Éste seguía en la mesita de noche y conectado al tomacorriente, aún le faltaba bastante para que la batería estuviera al cien por ciento, pero nuevamente aparecía prendido. Miré por la habitación e incluso abajo de la cama, mas no vi nada.

Salí y me dirigí de nuevo a la cocina donde me dispuse a preparar algo para desayunar. Vi un niño de unos doce años, llevaba pantalones rotos a la altura de las rodillas y chanclas plásticas. Él no parecía africano, su piel era de un tono canela y tenía el pelo lacio y rebelde. La puerta del refrigerador estaba abierta y él miraba hacia el interior como perdido en una visión. Adentro había carne, huevos, queso y otras cosas que seguramente él ni siquiera sabía que existían. Me acerqué y me puse a su lado, me señaló un litro de leche, mismo que saqué y puse entre sus manos, él no sabía como abrirlo así que hice ademán de que me lo regresara, se opuso mirándome con desconfianza pero finalmente cedió. Moví la tapa hasta oír el “clic” y se lo di. Se alejó bebiendo como un becerro. En algún punto dejé de verlo. Mi incomodidad crecía.

Regresé a mi recámara para recoger mi móvil y pude sorprender a la culpable de tanta “prendedera”: era la niña de la galleta. Miraba curiosa el aparato, le picaba, se lo ponía en la oreja. Al mirarme corrió. Esto me estaba cansando, yo vivía sólo y nunca fuí niñero. Tomé el aparato, lo desinfecté con una de esas toallitas de cloro tan de moda y me fui a acostar olvidándome del desayuno, con la esperanza de dejar de alucinar.

De repente lo supe, soñaba, bueno en realidad estaba inmerso en una pesadilla: veía mucha gente necesitada y yo tenía de todo. Sentí vergüenza, culpabilidad, recordé mis compras caprichosas y mis quejas por cosas nimias. «Debo despertarme ya»—pensé.

Abrí los ojos y un resplandor molesto en medio de la oscuridad hirió mis ojos aún dormidos, era la pantalla de mi celular. “¡Mierda!”…

Autor: Ana Laura Piera

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El Año Enmascarado.

Viendo hacia atrás en el tiempo, he decidido republicar este relato, con algunos cambios.

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Las ciudades pensaron que algo andaba muy mal cuando sobre sus lomos dejaron de pasar los usuales contingentes de personas, tanto en vehículos como caminando. Los pequeños pueblos turísticos languidecieron al ver que ya pocas personas acudían a admirarlos. Los animales también se habían confundido, perros y gatos sobre todo, vieron con extrañeza cómo sus amos se ponían lentes protectores y «bozal» para salir, actividad que cada vez hacían con menos frecuencia.

Las aves del cielo, atónitas, vieron disminuir los objetivos para depositar sus excreciones. Los muebles de las casas, al sentir el peso de sus dueños a todas horas tuvieron ganas de desaparecer. Las viviendas se cansaron de la constante presencia de sus habitantes: “¿cuándo volveremos a estar solas?” se habían preguntado mientras lanzaban suspiros pesarosos que salían por las ventanas.


Las madres, tratando de volver normal lo anormal, inventaron relatos para sus hijos pequeños: «este año todos nos volvimos bandoleros, por eso nos tapamos los rostros»


En suma 2020, fue un año extraño, un año anómalo donde todo estuvo al revés. Sin embargo, para algunas personas aquello fue un sueño hecho realidad: a los que les costaba trabajo dar un beso o un abrazo estaban fascinados pues ya no tendrían que fingir. ¡Por fin se respetarían los espacios vitales! La distancia y el enmascaramiento ocultaban convenientemente las muecas de disgusto, aunque también, las sonrisas. Para los que añoraban el contacto piel a piel y la cercanía con sus semejantes se trató de una verdadera pesadilla.


La humanidad había tenido que aprender a hacer las cosas cotidianas de otra manera. Ciudades, pueblos, casas, mascotas también tendrían que resignarse a una nueva vida. En los anales de la historia de los animales domésticos, aquel año 2020 se conoció como “El Año Enmascarado”.


Y, sin embargo, al final de ese año desastroso, de la mano de la resiliencia humana llegó un atisbo de esperanza… Las mascotas compartieron, junto a sus dueños, ese sentimiento tímido de que todo iría mejor en los años por venir.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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