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Juan Pablo movía fascinado su brazo robótico en un intento de conocerlo mejor, saber sus alcances, fuerza y sutilezas. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro y hacía que se tocaran entre sí. Por un momento sintió como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran, quería mostrarle algo. Se trataba de un gran almacén de partes de repuesto para humanos: piernas, cabezas, dedos, ojos… Juan Pablo estaba asombrado, sabía además que, a diferencia de sus contrapartes humanas, aquellas maravillas eran eternas, perfectas, probadas al límite y sobre todo: bellas.

Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de luchar porque sus creaciones se parecieran a las originales, ya no se usaba darles un acabado «natural»: nada de piel, vellos o consistencia de carne. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos, pues se consideraba de mal gusto ocultar la perfección de los mismos y nadie debía negarse el placer que provocaba la contemplación de tanta belleza.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y a la vez tranquilo y confiado, podía perder cualquier otro miembro, no importaba, todo era reemplazable.

Estando en casa, comenzó a molestarle su brazo natural pues al compararlo con el robótico, aquel le parecía una pieza extremadamente debilucha. Procuraba hacer todo con su brazo nuevo y relegaba su propia extremidad. Empezó a sentirse infeliz de tener ese miembro «imperfecto» y cuando salía a la calle sentía envidia de aquellos afortunados que contaban con dos brazos artificiales. Cayó en una aguda depresión.

Una mañana se encontró nuevamente en el consultorio del Dr. Valencia: «Ya no aguanto más doctor, no soporto estar unido a una cosa tan defectuosa y fea, le ruego acceda a mi petición y me lo cambie». Valencia se negó, los implantes eran solo para personas cuyas extremidades no funcionaran o hubieran sufrido una amputación.

Juan Pablo salió más triste que nunca, pero en el camino a su casa una idea comenzó a bailarle en los sesos. No lo pensó mucho: saco su brazo por la ventana del auto y lo dejó colgando; entonces aceleró a fondo y antes de colisionar con un edificio hizo un viraje brusco de manera que el golpe llegara del lado donde estaba su extremidad. Fue trasladado de urgencia a un hospital.

Despertó con múltiples contusiones en el cuerpo mas eso no importaba. ¡No podía creer su suerte!. ¡Había conseguido otro brazo, pero también un oído nuevo!. Ahora escuchaba mejor que nunca con aquella pieza excepcional de ingeniería, y ahí mismo, en su cama de hospital, empezó a molestarle la idea de que su otro oído fuera tan imperfecto…

Aquella mañana, cuando la enfermera entró en la habitación dio un grito de horror; en el baño se encontraba Juan Pablo, quien blandía una navaja filosa y con ella se mutilaba la oreja derecha. No solo cortaba la parte externa, sino que metía la navaja dentro y se aseguraba de dejar inservible su oído interno. Sus brazos y manos metálicos aparecían rojos y chorreando sangre, que ya hacía un charco en el piso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

ADIOS MAMA…

Cuento corto sobre CRIOGENIA

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La blancura de la sala la cegó por unos instantes. El Dr. Alexander interpretó bien la mueca que se había instalado en su cara desde que recibió la noticia y que ahora se había acentuado escandalosamente.

—No se preocupe Michelle, sé que todo esto le resulta extraño, pero al final será maravilloso.

¿Extraño? Un mejor adjetivo sería “Loco”, pensó. 72 horas antes ignoraba que su madre, muerta cuando ella tenía tres años, se encontraba hecha un cubo de hielo en las instalaciones de la empresa de crio-preservación Alcor y en espera de ser vuelta a la vida. Aunque legalmente su madre había muerto en el momento en que su corazón había dejado de latir, en realidad, y gracias a los procedimientos iniciados inmediatamente después de ese momento; el proceso de muerte fue detenido y el cuerpo había sido preservado a la espera de ser resucitado en cuanto hubiera la posibilidad real de una cura para el cáncer que causó la muerte.

Le dijeron que el protocolo de resucitación iniciaría en unas horas y ella tenía que estar presente. No tuvo tiempo de enojarse o llorar y, ante la ausencia de su padre, fallecido meses atrás, tampoco pudo reclamar por su ignorancia. Todo pasó muy rápido, hizo unos arreglos en su trabajo, empacó alocadamente y subió a un avión que la llevaría con aquella desconocida que flotaba envuelta en nitrógeno líquido y que estaba a punto de despertar de un sueño helado.

A su llegada a Alcor un tour rápido por las instalaciones pretendía aclararle algunas dudas. Le habían impresionado los enormes cilindros metálicos donde se guardaban los cuerpos a bajas temperaturas. Le dijeron que para evitar el daño celular del congelamiento, los líquidos corporales eran drenados y sustituidos con un anticongelante especial.

Una enfermera le dio una bata, gorra para el pelo, tapabocas y unos zapatos especiales. Toda esta preparación exterior nada tenía que ver con el desasosiego que sentía por dentro. Nuevamente no tuvo tiempo para pensar con claridad pues ya traían el cuerpo. Inmediatamente lo rodearon varios doctores y enfermeras quienes con gran rapidez y eficiencia comenzaron a conectarlo mediante tubos transparentes a dos aparatos que se encontraban ahí.

Desde donde Michelle se encontraba no podía ver muy bien todo lo que hacían. La enfermera le explicó que primero lo descongelarían, después introducirían una primera horda de nanorrobots en el torrente sanguíneo, que de ahí se distribuirían para reparar el daño que hubiera podido provocar la congelación a nivel molecular. Una vez reparado, una segunda oleada de robots super-especializados ingresarían para curar el cáncer, así de simple y así de complejo.

Mientras los doctores trabajaban, Michelle trató de recordar, pero guardaba pocos recuerdos: la mayoría de ellos solo eran borrones en su memoria, un gesto, unas manos rozando su mejilla, una risa flotando en el viento y una ausencia inexplicable. ¿La recordaría su madre? Un pensamiento la golpeó con la fuerza de un tren: cincuenta años habían pasado y Michelle en aquel entonces de 3 años ahora tenía 53, pero su madre en teoría no había envejecido, y si despertaba seguiría siendo una mujer de 22 años, y no una de 72. Sintió que el cuarto a su alrededor daba vueltas. Aquello era demasiado.

Tambaleándose se acercó a la mesa de operaciones, la enfermera trató de detenerla, pero Michelle la había aventado lejos de sí, invadida por una fuerza inexplicable. Hizo lo mismo con los doctores. Por unos instantes le vio el rostro; parecía hecho de mármol gris, surcado por horribles venas oscuras; en algunas partes sin embargo, el gris iba ya cediendo a un saludable color carne. Sintió que la jalonaban, pero nada podía detenerla, uno a uno comenzó a desconectar los tubos, las máquinas se apagaron. Caos, gritos de horror. El cuerpo regresó a su estado marmóreo ay ella solo alcanzó a musitar “adiós mamá”.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

VIAJE A MARTE

Un confortable viaje al Planeta Rojo. ¿Qué puede salir mal?

Spider70 era el nuevo transbordador de la poderosa empresa aeroespacial “Titán”. No era el primero, pero sí el más confortable y lujoso hasta el momento, especialmente fabricado para viajar a Marte por los privilegiados de la Tierra. En él no había espacio para obreros, granjeros o médicos. Solo la “Créme de la Créme”.

La nave surcaba la negrura del espacio a una velocidad de locos. Entre los afortunados pasajeros se incluían: un jeque árabe con intereses de sobreexplotar los ricos recursos marcianos; el dueño de una empresa tecnológica a nivel mundial, la única con permiso para vender tecnología a las colonias humanas que ahí se establecieran. El hijo del dictador de una pobre nación centroamericana, cuyo deseo era tomar un tour turístico llamado “Marte a sus Pies” que incluía visitas a los sitios más emblemáticos como el “Monte Olimpo” o el “Valles Marineris” entre otros; también a un archi millonario ruso que tenía interés de comprar un buen pedazo del planeta para establecer una casa de descanso porque la Tierra ya le quedaba pequeña. Todos estaban muy bien atendidos por una tripulación especialmente entrenada para satisfacer sus más mínimos deseos. Incluso había varios robots sexuales disponibles por si alguien quisiera satisfacer algún apetito en ese sentido.

Tocó el turno de André de pasar a ofrecer champaña y bocadillos a los pasajeros. Era un chico encantador, no pasaba de los 25 años. Detrás de su piel blanquísima y rasgos exóticos, sus genes escondían el secreto de su origen africano. Su madre era una emigrante de Mali, país asolado por extremistas y bandidos; en cuanto a su padre, era un obrero francés de la región de Lyon en Francia. Pasó con su charola junto a una mujer algo mayor, era la esposa del archi millonario ruso, y esta sin ningún pudor le dio una sonora nalgada en el trasero, enfrente de su esposo. Marido y mujer intercambiaron una mirada lujuriosa, la mujer dijo algo en ruso y ambos rieron. André sonrió tímidamente y continuó con su labor.

Cuando acabó, fue a sentarse a la estación designada para la tripulación, donde podría descansar un poco antes del siguiente servicio. Ahí se encontró con Akane, una linda japonesa quien se levantó al llegar André, pues ahora era su turno de ofrecer los postres. El joven no tendría compañía al menos unos cuantos minutos, mismos que aprovechó para con un rápido movimiento clandestino, activar un teclado biológico en su antebrazo y escribir una contraseña secreta. Su boca se curvó en una mueca extraña. En minutos la nave estallaría y sus restos vagarían por siempre cual fantasmas en el universo.

A pesar de ser el año 2070, la raza humana no había podido librarse de las injusticias, y las consecuencias que estas acarrean. El último pensamiento de André fue para su madre africana y para todos los migrantes en busca de una vida mejor en la Tierra.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota: La riqueza en sí misma no es el problema, sino el uso que se le da. (Sobre todo cuando se ha acumulado excesivamente). Mientras escribía este relato me conflictuaba que André tomara esta decisión cargándose a sus compañeros de viaje, gente trabajadora como él, sirvientes de los más privilegiados. Hasta cierto punto es una decisión injustificable, irracional, nacida del resentimiento, como suelen ser los ataques de este tipo. Si te gustó compártelo, si detectas algún error indícamelo y por supuesto te agradezco mucho tu lectura.

EN TU MUNDO

La angustia de la noche anterior casi se borra del todo al contemplar mi primer amanecer en este mundo: tres magníficos soles, como esferas incandescentes colgadas de un cielo de tintes violáceos, me han dado la bienvenida. De un mar lejano me llega un murmullo de olas, bramidos formidables atenuados por la distancia.

Mi nave se averió y me vi obligado a descender en este extraño planeta, estoy solo, lejos de los míos y, sin embargo, la belleza de este amanecer me da esperanza. Cuando se terminaba la provisión de oxígeno de mi traje espacial, decidí quitarme el casco protector. Aunque sabía que había una atmósfera no sabía si esta podía sostener mi vida. Estaba preparado a morir. Incluso había imaginado el ruido sordo que harían mis pulmones al estallar dentro de mí. Pero para mi sorpresa, me encontré con que podía respirar el aire de este mundo. Inhalo y exhalo un aire dulzón que me recuerda el olor de unos caramelos que nos daban como recompensa por portarnos bien cuando mis hermanos y yo éramos niños.

La fuerza que me dan estos recuerdos se ve opacada ante la visión de mi nave rota e inservible. Un lúgubre pensamiento invade mi mente: «Moriré solo en este lugar».

Me han despertado unas cosillas que flotan en el aire, rozaron mi rostro y me hicieron estornudar. Son transparentes y luminosas, de movimientos lentos y sincronizados; si me quedo quieto y cierro mis ojos, puedo pensar que son caricias, si, caricias de este mundo a mi cuerpo maltrecho, creo que me dicen que no desmaye, que todo estará bien.

Definitivamente dejé mi nave, nada puedo hacer con ella. Me alejo y lloro, no sé que será de mí. La incertidumbre duele, el miedo aprisiona mi corazón.

Te vi mirándome mientras te ocultabas detrás de un cerro transparente. ¿Acaso no ves que te puedo ver a través de él? Primero sentí temor y luego una inmensa alegría, ¡por fin! ¡Alguien! Fui corriendo a tu encuentro, pero cuando pensé alcanzarte habías desaparecido… ¿regresarás? ¿O eres acaso una mala broma de mi mente? Siento tu presencia muy cerca, a veces te veo, otras te adivino, unas más te huelo. Hueles al aire salobre que se respira a la orilla del mar.

No sé quién eres ¡vaya! Con esos tres ojos asomados en tu rostro y ese par de corazones latiendo furiosos dentro de tu pecho ni siquiera sé “qué” eres; solo sé que me buscas y yo te necesito. ¿Llegaré a conocerte? Ahora soy yo el que te sigue, busco tus huellas de siete dedos, necesito encontrarte.

Un nuevo amanecer nos sorprende sin saber a ciencia cierta dónde acabas tú y dónde empiezo yo. Poco a poco me vuelvo uno contigo, me integro feliz a tu ser, me acomodo en ti aunque siento que me faltan extremidades y sentidos para colmar tu ávido cuerpo, lleno de multiplicidades. Hoy ya no hay ayeres para mí, solo puedo pensar en mañanas contigo, mañanas que inician como hoy: con esos tres magníficos soles dorados como testigos de este abrazo infinito.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

ROBOTS Y PERFECCIÓN

Hay que saciar el afán de cambio de las multitudes, pero este inspector de calidad no lo tiene nada fácil.

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Z38A (conocido cariñosamente como “Sam”), se dirigió con pasos firmes y casi humanos al final de la línea de ensamblado, donde acababa de salir el prototipo del nuevo modelo Z38-B (aún sin ningún apodo o mote). Con toda la tecnología de que disponía, se avocó a revisar a fondo al que estaba destinado a ser su reemplazo. Sus delicados sensores, cámaras y microprocesadores encontraron todo perfecto. Solo faltaba que “SAM” tecleara un código de aprobación para que se iniciara formalmente la producción en serie; esto también haría que el flamante Z38B se activara.

El nuevo modelo era muy superior a su predecesor en todos los aspectos y se esperaba que en menos de un año todos los modelos anteriores (incluido SAM) fueran sustituidos y enviados al programa de reciclaje robótico de donde podían salir en diferentes formas, desde un perro-robot para entretener niños hasta sanitarios inteligentes.

En el panel destinado para ello, “SAM” tecleó un código, pero contrario a lo esperado la línea de producción no arrancó. “SAM” puso al Z38-B sobre una banda transportadora que lo llevaría a su destino final: ser reciclado. No lejos de ahí tres ingenieros humanos disfrutaban de café con donas cuando leyeron en sus monitores el código de rechazo tecleado por “SAM.”

—¡Otra vez!, esto no puede seguir así, hay que cambiar al proovedor del panel B5501 pues salió defectuoso —dijo uno de ellos haciendo una mueca de fastidio.

—Hace dos meses fue el panel B5502. ¿Qué diablos pasa con los componentes que ya no los hacen como deben? —dijo otro mientras se jalaba los cabellos por la desesperación.

—Afortunadamente tenemos a “SAM” en control de calidad, no cabe duda que los Z38-A son difíciles de suplir, pero hay que volver a intentarlo, la gente clama por un modelo nuevo y mejor.

Mientras tanto, “SAM” se conecta apresuradamente a su fuente de poder, todos sus sistemas internos vuelven poco a poco a la normalidad después de haber experimentado un caos interno que lo hizo descartar sin razón al Z38-B y que a su vez le causó un consumo excesivo de energía. Él no lo sabe, pero las debilidades humanas, como si de virus se tratase, han encontrado la forma de instalarse en su corazón de fibra de vidrio. Ya no hay perfección.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Belleza Alienígena – Microcuento

(La belleza es relativa)

dibujo de Ana Laura Piera /Tigrilla

Después de aplicarle el anestésico, el ser le observó con detenimiento. El rubio, gracias a la acción del fármaco, debía estar soñando algo agradable pues tenía una gran sonrisa en el rostro. Ese cuerpo, ahora desmadejado, se le antojaba como una caricatura, con aquella cabeza demasiado pequeña y cuatro extremidades totalmente antiestéticas. Se preguntó qué serían aquellos hoyuelos en esas mejillas tan blancas, como los gases que salían de los cráteres en su planeta natal. Estaba en esas divagaciones cuando entraron sus compañeros.

Fue reconfortante para él mirar de nuevo sus enormes cabezas, con caras color pantano y ojos parecidos a los de las moscas. Entre todos sacaron al sujeto durmiente de la casa. Necesitaban uno con pelo de color del sol para unos experimentos. «Estos terrícolas tan feos», pensó, mientras al pasar por un espejo, este le devolvió su hermosa imagen alienígena.

Autor: Ana Laura Piera

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https://bloguers.net/literatura/belleza-alienigena-microrrelato/

LA TRAICIÓN

O CON EL AMOR NO SE JUEGA…

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En algún lugar lo había leído, o acaso fue el tema de una película, o tal vez un videojuego que jugó en casa de algún amigo. El caso es que la idea le retumbaba en el cerebro desde entonces. Era una idea loca, sucia, imposible. Pero no podía evitar sentir una curiosidad malsana que lo llevó a dar el primer paso.

Ocurrió en el baño, mientras se cortaba las uñas, actividad despreciable, más necesaria. Ya en alguna ocasión casi le había sacado un ojo a un compañero de la escuela con sus uñas demasiado largas. Igual que cuando pelaba manzanas y lograba una roja espiral continua y sin cortes, le satisfacía enormemente obtener un recorte perfecto de la uña sin arruinar la característica forma de media luna. Aquella ocasión no tiró las lunitas a la basura, cuidadosamente las juntó y las guardó.

Otro día en que lo llevaron a la peluquería, aprovechó una distracción del peluquero y que su madre estuviera leyendo una revista de chismes para hacerse de unos mechones de su propio pelo. Con un rápido movimiento, digno de un carterista se guardó en una bolsa del pantalón los húmedos cabellos. Una niña de largo pelo rubio recién liberado de una cola de caballo, se le quedó mirando extrañada, pero él le sacó la lengua, lo que bastó para que la niña, ofendida, volteara para otro lado.

Como si el universo conspirara para hacerle las cosas más fáciles, cayó enfermo de gripe. Se la pasó moqueando por tres días y sin que nadie se diera cuenta, guardó en un frasquito los líquidos viscosos y burbujeantes que sacaba por la nariz. Después de eso consiguió más frascos para guardar otras cosas, entre ellas un buen pedazo de mierda, costras de heridas forzadas a desprenderse a la fuerza, pestañas, cerilla de los oídos etc. Cuando sintió que tenía bastantes muestras decidió dar el siguiente paso.

Fue un acierto quedarse solo en casa aquella tarde alegando dolor de estómago mientras los demás salían a comprar helados y pasear por el centro. Si hubiera habido gente en la casa los hubiera alertado el asqueroso olor que despedían las muestras una vez destapadas y mezcladas en un recipiente de vidrio tomado de la cocina. No estaba seguro de qué hacer, pero le pareció apropiado intentar con el microondas. El calor tal vez serviría para despertar a la vida a aquella masa informe y maloliente. Programó el aparato en la potencia más alta por un minuto. Lo que siguió fue una sucesión de pequeñas explosiones y crujidos, salpicaduras al interior del micro y un olor a mierda horneada que lo hizo pensar por primera vez si lo que estaba haciendo no era una locura. Sacó con cuidado el recipiente y observó el contenido: se entusiasmó al ver que una parte se había levantado como cuando se esponja un pastel. ¡Un hálito de vida!—pensó. Más luego se abrió una burbuja en la superficie por donde salió un gas nauseabundo al mismo tiempo que su creación se desinflaba.

Quedó devastado, pero no se dio por vencido. Siguió juntando excrecencias: orina, lagañas, lo que se acumula entre los dedos de los pies cuando no te bañas por varios días. Se le ocurrió que debía mezclarlo con algo para unirlo a la cadena de la vida, así que agregó tierra y agua a la mezcla y lo puso al horno, aunque ahora al horno tradicional. Igual que la vez anterior, escogió un día cuando se encontraba solo. Todos habían ido a ver los abuelos, y él se excusó diciendo que tenía tareas. Por si las moscas abrió todas las ventanas de la casa y tenía en la cocina cloro, escoba y trapeador listos en caso de un posible desastre. Después de poner la mezcla en el horno por algunos minutos, la masa comenzó a levantarse, primero muy sutilmente, luego fue levantándose más y tomando forma, forma humana. Acabó horneando una réplica de sí mismo, muy pequeña, no pasaba de 20 centímetros, pero le impactó el parecido. Era como una galleta extraña aunque podía reconocer sus facciones en ella. La tomó y borró sus rastros.

Se llevó la “galleta” a su habitación. La emoción del día lo rindió y cayó en un sueño profundo. Había puesto a su gemelo debajo de la cama. Soñó que de alguna forma extraña cobraba vida y se encontraba frente a él, ahora con un tamaño mayor y lo miraba fijamente. Pero dentro del sueño, presintió algo: el sueño ya no era sueño, era la realidad. Abrió los ojos y ahí estaba su réplica, viva, respirando y latiendo… esperando algo. Ya no podía esconderla debajo de la cama, así que la metió en el clóset y cerró con llave. Supo que tenía entre manos algo muy especial.

Aprendió a sacarle provecho: se encerraba en su cuarto y le ordenaba que hiciera sus tareas. Aquel ser las hacía, no con excelencia, sino al mismo nivel con que las hubiera hecho él mismo. Era perfecto en su imperfección. Lo vistió con su ropa y lo envío a la escuela, él se quedaba descansando. Sus padres salían temprano y nadie descubrió el engaño. Comenzó a pedirle cosas: “tráeme esto”, “haz aquello”. Se sentía como un rey con su esclavo. Un día, su gemelo besó a Daniela, una de las niñas más feas del salón y fue el hazmerreír de todos. Se enteró por las redes sociales y estaba en shock, sobre todo porque había fotos circulando.

Nuevamente se aseguró de estar solo en casa para regañarle e incluso lo amenazó con quitarle la vida. Su clon no decía nada, le escuchaba sin expresión, solo el movimiento provocado por su respiración indicaba que estaba vivo, oyéndolo. La primera cuchillada lo tomó por sorpresa, alcanzó a ver que su réplica alzaba la mano para propinarle una más… la definitiva.

El joven Frankenstein se deslizó en la muerte mientras su creación lo metía en una caja de plástico donde guardó el cuerpo y le vació una botella de ácido. Limpió muy bien cualquier rastro de lo sucedido y se llevó la caja a enterrar a un lugar lejano. Después asumió por completo la personalidad de su hacedor. La pasión por Daniela había resultado ser mucho mayor a su lealtad. Con el amor no se juega.

AUTOR: Ana Laura Piera (Tigrilla)

PORTIA

Una araña en una misión espacial. ¿Qué puede salir mal?

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Portia esperaba paciente en su pequeña cajita, que a su vez se encontraba dentro de una sofisticada nave espacial, equipada con lo último en tecnología. Su misión no la comprendía pues su destino estaba en manos de un grupo de arrogantes ingenieros escondidos detrás de un montón de computadoras que lo controlaban todo, incluso su suerte. Atrás habían quedado los días en que su mayor preocupación era ir por el ingenuo insecto que hubiera cometido la estupidez de acercarse a su tela y quedar atrapado en ella; ahora no sabía ni qué le esperaba ni a dónde iba.

El conteo regresivo inició y Portia se encaminó, sin saberlo, al espacio exterior. ¿Qué hace una araña en el espacio?, comer, descansar, reproducirse definitivamente no, porque las futuras parejas de Portia no soportaron el despegue. Todos los machos murieron a los pocos segundos. Los científicos podían decirle adiós a los experimentos sobre apareamiento y reproducción de arácnidos. Las demás hembras fueron muriendo en el camino y solo quedó Portia a quien le esperaba una larga temporada sola, solita, hasta que encontró la forma de salirse de su caja.

En la Tierra, los ingenieros y científicos se miraban unos a otros con caras de preocupación mientras los astronautas buscaban sin éxito en cada rincón de la nave, pero Portia seguía sin aparecer. Nadie lo sabía a ciencia cierta, pero lo sospechaban: era muy probable que hubiera abordado una sonda espacial que tomaría muestras de polvo marciano, lo que significaba que había una araña suelta en el espacio. Nadie estaba seguro de lo que podría ocurrir, aunque la mayoría pensaba que no había de qué preocuparse, ya que seguramente Portia no sobreviviría en caso de salir a la atmósfera marciana.

Portia estaba encantada de verse libre de su pequeña caja y cuando la sonda aterrizó en el polo norte marciano y se abrieron unas pequeñísimas compuertas, ella salió feliz a recorrer el planeta. Lo bueno de ser una araña especial es que lo inesperado es posible y Portia no cayó muerta, sino que al contrario, la atmósfera del planeta rojo le sentó de lo más bien. Se puso a recorrer su nuevo entorno, topándose con los cadáveres fulminados de otras sondas espaciales enviadas anteriormente: arañas de metal que fueron vencidas por los rigores de aquel clima caprichoso de tremendas variaciones de temperatura y terribles tormentas de arena. Para Portia había muchas cosas que ver, oler y sentir, especialmente le comenzaron a llamar la atención unas extrañas, pero seductoras vibraciones que podía captar con sus patas, ni corta ni perezosa se dirigió al lugar donde las vibraciones se sentían con mayor fuerza.

Nadie lo pudo haber previsto, cuando la gente en la Tierra se dio cuenta era muy tarde; nada se podía hacer contra una invasión de esas proporciones. Los que sobrevivieron para ser esclavizados por aquella raza extraña, contarían con espanto el día en que del cielo aparecieron, como langostas, las naves de aquellos seres translúcidos, seres-araña con extrañas protuberancias en los costados a manera de patas, todos cubiertos de un pelo tóxico que cerraba las gargantas; ¡y qué decir de las terribles mordeduras venenosas y de la seda que lo envolvía todo como una mortaja!. Aquello había sido una pesadilla.

Y nadie jamás se acordó de Portia ni la reconoció en sus fieros descendientes que lograron conquistar la Tierra.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/portia-la-mision-espacial/

Nota: Porque el nombre de Portia? Portia es un género de pequeñas arañas araneomorfas de la familia Salticidae, que se alimenta de otras arañas. Las 15 especies que incluye se encuentran en África, Australia, China, Malasia, Myanmar (Birmania), Nepal, India, Sri Lanka, Filipinas, y Vietnam. Según Kefyn Catley, aracnólogo y educador en el Museo Americano de Historia Natural, es la “araña de apariencia más extraña”. La describe como “un cruce entre el Monstruo de la Laguna Negra y un extraterrestre”. (tomado de la Wikipedia)