El Caso Olvera

Cliquea en la imagen para ir a la página de El Tintero de Oro donde encontrarás muchas cosas interesantes.

Una sombra se introdujo en la habitación del enfermo. Olía a una mezcla de medicinas y orines, un olor que por más que se limpiara permanecía acechando todo el tiempo, como un animal.

Tiempo atrás, como una flor marchita que se deshoja en el viento, Francisco Olvera había empezado a soltar sus más oscuros secretos. Afectada su psique a causa del daño causado por diversas enfermedades debilitantes, salieron a la luz infidelidades sin fin y el hecho de tener, oculta, a otra familia.

A pesar de la oscuridad, la sombra se movió con precisión, pues conocía el dormitorio de memoria tras mucho tiempo de entrar y salir de él llevando alimentos, ropa limpia, medicinas y productos de aseo.

Él siempre aparentó ser un hombre intachable y exigió esa misma rectitud a los de su casa. Reaccionaba exageradamente ante cualquier falta, por nimia que fuera, y le hacía la vida imposible a su mujer, Clara, celándola al extremo, temiendo que quizás ella también era capaz de lo mismo que él. Sintiéndose traicionados, y sin poder reclamarle nada, pues Francisco ya no los reconocía, sus dos hijos se negaron a volverle a ver.

La sombra sacó del armario una almohada y se acercó al espantapájaros que dormía en el lecho. Colocó la almohada sobre el rostro que adivinaba enjuto y aplicó toda la fuerza de que era capaz para impedirle la respiración. El hombre comenzó a moverse, pataleó e intentó con débiles esfuerzos quitarse aquello que lo ahogaba.

Mientras aquella boca vomitaba los escabrosos detalles de su doble vida, Clara se perdía en preguntas sin respuesta: ¿Por qué ella no había sido nunca suficiente? Recordaba cuando él regresaba de alguna de sus continuas ausencias, siempre buscando la menor excusa para acusarla de deslealtad. Y después, cuando tenían sexo, ¿estaría él pensando en alguna otra mujer? A veces, asqueada, dejaba de atenderlo con el esmero que siempre había puesto desde el momento en que cayó enfermo, hacía ya varios años.

En minutos, el cuerpo quedó laxo. Cuidadosamente, la sombra devolvió la almohada a su lugar y salió para dirigirse a la cocina donde se preparó un té. Por primera vez en mucho tiempo Clara sintió paz. Ahora solo faltaba organizar el funeral.

Al cesar el flujo de información, la detective Greta Sánchez se tambaleó y tuvo que apoyarse en la reja del jardín, que crujió ante el embate de su cuerpo, que además de alto, cargaba algunos kilos de más. Clara, la viuda, pensó que aquella enorme mujer que se había presentado como una nueva vecina se estaba sintiendo mal y le ofreció agua. Greta siempre se mareaba cuando leía en los ojos de las personas y todo tipo de datos comenzaban a llegarle de la nada, como si su mente fuera una antena. Los ojos cansados y tristes de Clara le habían revelado muchas cosas. Clara insistía que pasara al interior de la casa y tomara un poco el fresco. En vez de eso, Greta se despidió precipitadamente y retornó a su diminuto y caótico departamento, donde se puso a calentar comida congelada, que acompañó con varias cervezas mientras rumiaba sus pensamientos. Con la información que tenía no sería difícil hacer confesar a la viuda.

Esa noche a Greta le costó mucho trabajo conciliar el sueño. ¡Francisco se parecía tanto a su propio padre! Un hombre vil y mentiroso que siempre antepuso su placer a su propia familia. Recordó a su madre y todas las penas sufridas a causa de su marido.

Al otro día se entrevistó con la mujer que la había contratado: Luz Olvera. Era un personaje desagradable y nervioso, con cara de halcón, que no paraba de pasar unas llaves de una mano a la otra.

—Y bien detective… ¿Qué pudo averiguar? ¿Lo mató la perra de mi cuñada verdad?

Greta fingió repasar las notas de su libreta, luego se pasó la mano por su melena corta y descuidada y en la que ya se asomaban algunas canas, después miró fijamente a su interlocutora, tratando de que su «antena» no captara nada, esto requería a veces de un gran esfuerzo, pero era necesario para no enloquecer.

—Lo siento, no encontré nada extraño, su hermano murió de un paro respiratorio, tal como lo determinó el médico de la familia.

Luz hizo un mohín de disgusto y decepción y sacó su cartera para pagar los honorarios de Greta. Mientras lo hacía, esta pensaba en que debería de dejar los sentimentalismos de lado, su negocio como detective síquica no marchaba bien y este tipo de cosas no la ayudaba. La mujer salió de su oficina dando un portazo pero Greta se sintió aliviada. Su mano buscó en un cajón de su viejo escritorio y sacó una botellita de whisky, le dio un trago largo y pensó: «mañana será otro día».

801 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

Relato ganador de El Tintero de Plata XXXI edición.

Libertad – Microrrelato.

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás «Escribir Jugando», del mes de abril. Hay que inspirarse en la imagen, incluir el dado (piedra de lapizlázuli), opcional que aparezca algo relacionado con la flor de alheli. No sobrepasar las cien palabras.

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Sintiendo en sus venas la flama impetuosa de la libertad, el unicornio se ha desembarazado de su molesto jinete, dejándolo muy atrás. Aves de fuego, como diminutas incandescencias, le acompañan. En el pico de una, hay una piedra de lapislázuli para que las fuerzas no le fallen, y otra trae una flor de alheli para animarlo a seguir su camino. Nunca más será esclavo del capricho de nadie.

68 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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Escribiendo a Hombros de Gigantes

El blog El Tintero de Oro, de David Rubio ha sacado la recopilación de relatos del concurso que tuvo como tema de inspiración: La Guerra de Los Mundos de H.G. Wells. Les dejo el enlace por si alguien quiere descargarse gratuitamente el libro a través de la plataforma Letku que trabaja a través de «pago social» es decir, tan solo compartiendo en alguna de tus redes sociales (facebook o twitter).

Encontrarás una colección de relatos de hasta 900 palabras, todos muy amenos e interesantes.

Mi participación, si quieres echarle un vistazo da clic AQUI

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Autor: Ana Laura Piera.

Luciana

Photo by Jon Tyson on Unsplash

El espejo le devolvió su imagen marchita. Cada cana y cada arruga gritaban su historia, pero Luciana solo quería enmudecerlas. Cerró los ojos y se concentró en el tic, tac de los más de cien relojes que necesitaba para atestiguar el momento. En la decrépita mano tenía la copa que contenía aquel brebaje espantoso. Su fiel sirviente, un egipcio de nombre impronunciable y mirada misteriosa, se había retirado dejándola a solas.

La centenaria receta decía que debía deshacer una pieza de oro que hubiera estado diez años en una tumba. Luciana se había asegurado tiempo atrás de tener todo lo necesario: a un vagabundo que pasó por la calle pidiendo de comer, le ofreció refugio en su casa; el hombre comió, bebió e incluso tomó un baño. Por la noche su benefactora lo invitó al lecho y después de hacerle el amor le ofreció una copa de vino que selló su destino. Por la mañana había muerto.

El egipcio tenía ya una fosa excavada en el jardín trasero, lejos de miradas indiscretas. Entre los dos arrastraron el cadáver y antes de enterrarlo, Luciana puso en uno de sus dedos un anillo del oro más puro. Su sirviente tapó la sepultura, que disimuló con un huerto. Luciana esperó pacientemente una década.

Cumplido el plazo, y sintiendo que la juventud la había abandonado de nuevo, decidió recuperar el anillo. Su servidor quitó el huerto de cuajo y excavó hasta dar con la tumba, ante la atenta mirada de Luciana. Al final fue ella quien, poseída por la ansiedad, removió entre huesos y jirones de ropa para encontrar la joya. Esta actividad consumió las pocas fuerzas que le quedaban en su viejo y tembloroso cuerpo, pero al final encontró lo que buscaba.

Deshizo el oro gracias a una fórmula química que un alquimista itinerante le había vendido junto con las instrucciones para recuperar la juventud. Lo mezcló con los demás ingredientes de la receta: algunas hierbas aromáticas y especias. Lo dejó a la luz de la luna durante una noche. Llegado el momento, lo apuró de un trago y de inmediato sintió el embate de la juventud en el cuerpo, como oleadas de placer y vigor que la tuvieron al borde del desmayo. Mientras iba recuperando fuerzas deambuló por la mansión hasta que a las cinco de la tarde, se callaron todos los relojes. Estaba hecho.

La ahora joven y vibrante Luciana marcó en el calendario la fecha de su rejuvenecimiento. Mandó guardar los cien relojes en el desván, incinerar los huesos del vagabundo y cubrir someramente la tumba, que pronto volvería a estar ocupada. Ahora tocaba tejer la red para atraer a otro incauto, depositarlo en la tierra con otro anillo y en diez años tener todo para preparar nuevamente el elixir que la rescataría de la decadencia, como lo venía haciendo desde hacía más de quinientos años.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Melancolía – Microrrelato

Photo by Christian Diokno on Pexels.com

Eran días muy tristes. Subí al ático a distraerme con los cachivaches que guardaba ahí mi familia. Me encontré el diario del abuelo, que fue payaso en un circo. Soplé y me envolvió una nube de polvo que me hizo toser mientras lo abría. Estaba lleno de anécdotas felices, trucos y rutinas para hacer reír. En algunas hojas, las letras aparecían desdibujadas y reconocí el patrón de arrugas que dejan las lágrimas en el papel.

Atraje el libro hacia mi pecho y la melancolía se disipó como lo hacen las nubes de tormenta frente a un poderoso viento.

Autor: Ana Laura Piera

(Relato ficticio)

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El Misterio de los Zapatos Robados.

Mi participación en el «VadeReto» de Marzo 2022: crear un relato donde aparezca una cabaña, al menos una vez, y que una de las palabras vaya en mayúscula para destacarla del resto del relato. Si quieres participar en el reto da clic AQUI.

Photo by Kirsten Kluge on Unsplash

Recuerdo que había decidido salir a pescar muy temprano. Tuve que hacerlo a escondidas, mi padre ya me estaría esperando en el taller. Sabía que se molestaría mucho pero yo necesitaba un respiro.

A mi paso por las calles del pueblo escuché lamentos:

«¡Otra vez me falta un zapato!»
«¡Demonios! ¡Me han robado de nuevo!»
«¡Malditos! ¡Se han llevado otro zapato!»
«¿Hasta cuándo sufriremos esto?»

Desde hacía un tiempo, todos nos habíamos visto afectados por el robo de zapatos, lo curioso es que nada más desaparecía uno, el izquierdo o el derecho, dejando a su compañero detrás. Yo mismo llevaba en cada pie un zapato de diferente estilo, pero correctos, y estaba de suerte, había gente que tenía que andar con dos izquierdos o dos derechos, lo que los hacía caminar de forma curiosa y algo incómoda.
El zapatero, mi padre, no se daba abasto, entre ambos tratábamos de reponerlos, mas los robos eran tan frecuentes que era imposible satisfacer la demanda.

Las voces se desvanecieron conforme me enfilaba al río. Recuerdo haber pensado en lo bien que me la pasaría pescando, alejado del taller donde las jornadas ahora eran más largas que lo normal. Me llamó la atención una bota de niño tirada a un lado del camino, me acerqué y más allá vi un borceguí, unos pasos adelante, una sandalia, era casi como si se hubieran estado cayendo de una bolsa y quien los llevara no se hubiera percatado.

Decidí ocultar mi caña de pescar y seguir aquel rastro, quizás pudiera yo esclarecer el misterio de los robos y con ello volver a tener tiempo libre para mí. Me interné en el bosque, debo confesar que iba un poco aprensivo, la gente creía que los responsables eran seres sobrenaturales: duendes, brujas o demonios.

El rastro de calzado se detuvo abruptamente, seguramente quien los llevaba se dio cuenta de que su botín pesaba cada vez menos. De repente, un fuerte empujón por la espalda me tiró al suelo, luego me taparon la cabeza con un saco mientras me amarraban de manos y pies. Me sentí levantado. Grité mucho, pero estaba lejos del pueblo y difícilmente alguien hubiera podido escucharme. Exhausto, guardé silencio y me concentré en lo que sí podía percibir. Me llevaban entre dos personas, lo curioso era el ritmo y movimiento, como si caminaran saltando. Me sentí algo mareado y el saco apestaba a ropa sucia.

En algún momento pararon, y sin miramientos, fui aventado al suelo y retiraron el saco. Al principio me costó un poco enfocar la vista, pero cuando lo logré no pude creer lo que veían mis ojos: Un pequeño grupo de personas extrañas me rodeaba, de la cintura para arriba eran normales, mas de la cintura para abajo solo tenían una pierna ¡Ahora entendía lo del robo de los zapatos!

Alguien se acercó dando saltitos, se trataba de un hombre algo mayor que a señas les pidió a los demás que se retiraran. Dos hombres jóvenes, una mujer, y un niño pequeño, se alejaron brincando. Él cortó las ataduras de mis pies dejando las de mis manos y me ayudó a levantarme. Me condujo a una cabaña hecha de troncos de árboles, no muy diferente de nuestras propias viviendas. Me indicó que me sentara y me ofreció agua. Como seguía atado, él me acercó un pocillo a los labios. Bebí hasta apagar mi sed.

—¿Qué… qué son ustedes? —dije con torpeza.
—No tenemos nombre —me miró fijamente.
—¿Qué les pasó?—. Su rostro esbozó una media sonrisa.
—¿Te refieres a que solo tenemos una pierna? —asentí.
—Una maldición. Es una historia larga, no tienes tiempo de oírla.

Sus palabras me inquietaron.

—¿Qué piensan hacer conmigo?
—Lo estoy pensando, muchacho. Mis hijos cometieron un error al traerte.
—¿Por qué nos roban los zapatos? —el hombre me miró con una expresión burlona, como diciendo: ¿en verdad tienes que preguntarme eso?
—Me refiero a… ¿Por qué no fabrican ustedes su propio calzado? Para nosotros es un verdadero problema lo que ustedes hacen. —El viejo se rascó la cabeza, coronada por una melena canosa y enmarañada.
—No sabemos hacerlos.
—Podríamos enseñarles —sugerí.
—Nadie debe vernos ni saber de nuestra existencia. Si nos encuentran harían un espectáculo con nosotros —en su voz se asomó la tristeza.

Recordé los circos itinerantes que de cuando en cuando pasaban por el pueblo, mostrando todo tipo de rarezas, desde tortugas de dos cabezas hasta enanos o gente deforme. El viejo tenía razón.

—Mi padre es zapatero y yo conozco el oficio, les puedo enseñar. A cambio deben prometer que nunca más nos robarán zapatos y por supuesto, liberarme. Juro que no revelaré nada sobre ustedes.

El hombre no dijo nada, pero mandó llamar a sus dos hijos y les ordenó que me consiguieran todo lo que yo les pidiera. Fue así como les enseñé a fabricar sus propios zapatos. Resultó que eran una familia, la esposa del patriarca era de lo más amable y cocinaba delicioso, los hijos, al principio, recelaban de mí, pero conforme nos fuimos conociendo me aceptaron y al final hasta nos hacíamos bromas. Me enteré de que robaban muchos zapatos porque no sabían si les quedarían o si les gustarían, así que tomaban un poco de todo. Ninguno quiso contarme acerca de la maldición que les había condenado a caminar en un solo pie. Les agradó poder hacer calzado a su gusto. Toda la familia aprendió, incluso el más pequeño de ellos, un niño de unos seis años, daba saltitos de felicidad mientras le enseñaba a darle los últimos toques a una bota. Parecía un frágil y excitado pajarillo.

Estuve con ellos un par de días. Me hicieron jurar solemnemente que no revelaría nada sobre su existencia y me agradecieron el COMPARTIR mis conocimientos, luego me volvieron a poner el saco en la cabeza, (que seguía oliendo tan horrible que me hizo estornudar). No me amarraron, pero me cargaron igual y me llevaron cerca de mi pueblo donde se despidieron. En mi cabeza los bauticé como «monópodos». Cumplí mi promesa y nunca hablé de ellos. En el pueblo cesaron los robos y todos pudimos relajarnos.

Autor: Ana Laura Piera

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Un Cadáver en el Ascensor

Mi participación en el microrreto del blog El Tintero de Oro. Requisitos: que aparezca un cadáver en un ascensor y de máximo 250 palabras.

Si quieres participar en el reto, dale clic en la foto, te llevará al blog El Tintero de Oro

Debo reconocerlo, siempre fui débil y sensual y me entregaba sin empacho a los placeres furtivos. Eso no cambió al casarme y ante los dramáticos reclamos de Ester, mi fuerza y autoridad hacían que se replegara. Llevarle casi veinte años tenía sus ventajas.

Poco antes de cumplir setenta intuí que las cosas cambiaban. Mientras ella aún estaba en la flor de la edad madura, yo ya necesitaba ayuda para todo. Ahí comenzó su asedio brutal hacia mi persona con indudable sabor a venganza. Confieso que nunca lo vi venir.

Con el cuerpo en franca retirada de esta vida, no hay mucho que pueda hacer para enfrentarla. He propuesto que nos divorciemos y se ha reído. Sé que encuentra placer en ver mi decadencia y sufrimiento.

Los micro infartos y los disgustos se van sucediendo a diario, los primeros, los mitigo con una pastilla sublingual que me hace sentir mejor en minutos, pero anoche tomé una decisión.

Reconozco el dolor y no me tomo el medicamento. Trato de salir lo más calmadamente del departamento y me enfilo con paso vacilante al elevador. Haciendo un esfuerzo, manoteo tratando torpemente de pisar el botón y cuando las puertas se abren me precipito dentro de ese espacio, milagrosamente vacío de gente, e iluminado con luz neón. La punzada en el pecho es intolerable, me derrumbo y la frialdad del piso es de las últimas sensaciones que percibo. Me estoy muriendo, pero no le daré a la maldita la satisfacción de verme agonizar.

248 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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«El Vigilante» – Microrrelato de 97 palabras.

Mi participación en «Escribir Jugando» el reto de Lidia Castro Navás. Crear un poema o microrrelato de máximo 100 palabras inspirados en la carta y que incluya el elemento del dado: tiempo. Opcional, que mencione algo relacionado con la catapulta.

Da clic en la imagen para ir a «El blog de Lidia»


Dagur mira el tiempo pasar mientras liba vino. Mika, posada en su montaña-sombrero sacude el pico viendo esa nariz enrojecer, además, descuidadamente, Dagur ha derramado algo del dulce néctar. El trabajo de vigilante de nubes no es una tarea ingrata, pero él ya desea que lo releven. Por fin, de las montañas que emergen detrás, hay una que va alcanzando más altura que las otras. ¡Es su hermana Lilja! Una vez que ella tome su sitio, una catapulta semi-escondida entre los esponjosos cúmulos lanzará a Dagur a otro lugar, esta vez será vigilante de estrellas.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

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Si has llegado hasta aquí leyendo, te doy las gracias. Lo que da vida a los blogs son los comentarios así que si pudieras dejar alguno te lo agradeceré. Me gusta ser recíproca así que ten por seguro que te corresponderé. No tienes que escribir cosas que no sientas, una buena crítica siempre es bienvenida, siempre que sea con respeto. Gracias.

El Pequeño Vanko

—Mamá ¿Llueve? Oigo truenos.

Los ojitos azul pálido del pequeño Vanko miran asustados a su madre quien lo abraza fuertemente. A lo lejos se oyen ruidos terribles causados por los misiles que caen sobre la ciudad. ¿Cómo explicarle que no es la naturaleza lo que escucha, sino la ira de los hombres?

«No dejaré que la inmundicia de esta guerra ensucie su inocencia», piensa.

—Si, mi amor. Llueve, llueve muy fuerte. Hoy no podrás salir, pero mañana invitaremos a tus amigos Fedir y Yoan a que jueguen contigo en casa.

Oxana quisiera con todas sus fuerzas, que lo que dice fuera verdad, pero siente un presentimiento espantoso. Un frío que nace en el estómago y que se esparce por todo su cuerpo como alfileres helados. Abraza aún más fuerte al niño, tan fuerte que le hace daño sin querer. En ese momento, del cielo cae una bola de fuego sobre la vivienda, tras el infierno, solo queda el silencio y las ruinas humeantes.

—¿Mamá dónde estamos? Te ves …diferente —dice Vanko, su mirada azul en absoluto arrobamiento mientras mira a Oxana que parece resplandecer.

Ella sabe que han muerto. Inmediatamente después de morir tuvo una visión de sus cuerpos sin vida, desparramados en la tierra obscurecida por el fuego. El miedo y el frío que había sentido se han ido, ahora nada más sienten paz, una paz inmensa, incomprensible. Se encuentran en una colina vestida del verde más puro, el cielo sobre sus cabezas es de un azul intenso, interrumpido aquí y allá por blancos rebaños de nubes viajeras. Vanko se aleja un momento mientras juguetea alegre entre la hierba. Oxana sabe que donde están ahora, no podrá alcanzarlos la perversión de la guerra. Los intolerantes, los agresivos, los amorales, los perversos, los hijos de la ira… Todos ellos quedaron muy lejos y no podrán dañarlos más.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

Nota: Vanko y Oxana, podrían ser Ahmed y Nayua, o Juana y Pedro etc. Los personajes son ficticios pero sabemos que muchos seres humanos vivieron o viven hoy lo que aquí describo. En una guerra, (sea donde sea y por las razones que sean), no hay cosas buenas, todo es injusticia y los que más sufren son los civiles. De corazón deseo que más allá de la muerte haya paz, o… silencio.

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El Secreto.

Desde muy pequeña intuí la verdad, luego al crecer, la confirmé, pero es hasta ahora que me atrevo a decirla en voz alta, que me permito escribirla y contarla mientras miro una envejecida fotografía. En ella aparecen un hombre alto y guapo, mi padre, una mujer bajita de facciones distinguidas, mi madre, y una niña de aspecto extraño, yo.

Siempre fui muy delgada, pálida y poco agraciada, «defectos» compensados por una aguda inteligencia. Un día, siendo aún una niña y poniéndole crema a mi madre después de su baño, reparé en unas cicatrices que tenía en el vientre y le pregunté sobre ellas. Su respuesta me dejó helada:

—Cuando era joven me sometí a una operación donde extirparon algunas partes de mi cuerpo. Ya no pude tener hijos, por eso te mandamos traer—. Luego clavó su fría mirada en mí. Nunca, nunca repitas a nadie esto que te acabo de decir. Ni la gente de fuera, ni tus tíos o primos deben saberlo. Su tono y actitud me disuadieron de seguir de preguntona, pero mil dudas se alojaron en mi cabeza a partir de ese momento. ¿Acaso era adoptada? ¿De dónde venía yo?

Mis sueños empezaron a ser angustiantes y extraños: me veía saliendo de una máquina después de pasar por una línea de ensamblado. Mi nacimiento en medio de aquel estruendo metálico me despertaba en la madrugada y ya no podía volver a dormir. Cuando mamá vio que descuidaba los quehaceres de casa, me preguntó qué sucedía. Le conté sobre mis sueños. Me miró con fastidio y resignación, como si siempre hubiera sabido que llegaría ese momento desagradable.

—Escucha Lía, alguna vez te dije que te mandamos traer, pues bien, tu madre biológica te abandonó a las puertas de un hospital al otro lado del mundo. Nosotros ya no podíamos tener hijos y una agencia nos envió tu información. Eso fue todo. Es vergonzoso no saber quiénes fueron tus verdaderos padres, tu madre pudo haber sido una prostituta y tu padre un drogadicto, mejor no saber. Ahora, ve y termina de aspirar, y recuerda que hoy toca también regar las plantas, luego me subes un té.

Los sueños no cesaron, sin embargo, procuré no bajar mi rendimiento, ni en casa, ni en la escuela. Si lo hacía, mi madre me reñía y me preguntaba entre lágrimas si ya no la quería. Alguna vez pensé en preguntar a mi padre su versión de los hechos, pero era un hombre tan distante que solo parecía vivir para su trabajo, llegar a casa, tomarse unos tragos y ver televisión hasta quedarse dormido. No hacía ningún esfuerzo por conectar con su mujer o conmigo.

Así crecí, avergonzada de mi origen. Incrustada en una familia que no me quería, pero que me necesitaba para verse «completa». De alguna forma extraña, ellos se sentían inadecuados por no haber podido tener descendencia propia, tanto, que incluso ocultaron este hecho hasta a sus familiares más cercanos.

Ahora escribo todo esto, para ustedes, queridos lectores, y les gustará saber que a mis casi sesenta años, no espero ya encontrar a mi familia biológica, pero he aprendido a estar en paz con el hecho de haber sido adoptada. Triunfé en mi carrera profesional y soy una respetada periodista, me casé y tuve hijos, y aunque en algún momento pensé en ocultar a mi propia familia mi origen, recapacité. No hay que perpetuar patrones dañinos. Estoy en contacto con otras personas que sufrieron la misma experiencia y entre todos nos apoyamos. Y sobre mi madre biológica, estoy segura de que me amó lo suficiente para dejarme a las puertas de un hospital donde se aseguró que yo fuera encontrada.

Elijo creer que soy hija del amor.

Autor: Ana Laura Piera

Nota: no es historia autobiográfica, sino pura ficción.

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