La Fotografía

Mi participación para el VadeReto de Octubre 2021. Crear una historia de miedo con motivo del mes del terror. Si quieres participar te invito a que entres en el enlace. Gracias por leer y comentar.

Antonio de Alba se levantó como siempre, a prepararse un café y salir a la terraza a escuchar los sonidos de la madrugada y ver las estrellas. Vivía solo, en lo que quedaba de la hacienda familiar. Esta había sido alguna vez un lugar próspero y hermoso que había caído en desgracia, como si la maldición que acabó con los suyos también hubiera tocado con mano invisible la casa grande, las dependencias y los establos. Le gustaba salir a esa hora, así al pasar por la vieja mesita donde estaba la fotografía, esta estaría envuelta en la oscuridad. Sus manos y sus ojos descansarían de ese eterno buscar una señal, de preguntarse si ya le había llegado su turno.

Lo recordaba como si fuera ayer: él era apenas un niño de trece años y su hermano mayor, Pedro, era un joven de 19. Este último siempre acompañaba a su padre, Don Tomás de Alba en sus correrías nocturnas. Si su madre, Doña Refugio les preguntaba qué andaban haciendo, Don Tomás respondía de mala manera que andaban viendo cosas del negocio familiar: la cría de ganado, y que lo que hicieran, finalmente a ella no le importaba. Con frecuencia Antonio se la encontraba llorando en silencio, cuando eso pasaba, ella lo atraía hacia su pecho y le dejaba la camisa empapada en lágrimas.

Un día se coló en la hacienda una mujer joven, de piel oscura, pelo alborotado y evidentemente embarazada. Daba de gritos diciendo que aquello que ocultaba su vientre era hijo de Don Tomás o de Pedro y exigía que se hicieran cargo. Pedro, con el rostro descompuesto, estuvo a punto de salir para hablar con la mujer, mas el patriarca se lo prohibió, siendo él mismo quien saliera, y, tomándola del brazo con violencia, la alejó de la casa lo suficiente para que no se escuchara la conversación. Desde los ventanales de la casa, Pedro, Antonio y Refugio observaban todo. Ésta última, llorando y retorciéndose las manos nerviosamente. Don Tomás y la mujer gesticulaban con violencia, él le señalaba que se fuera y ella antes de irse gritó con toda la fuerza de que era capaz que todos morirían, que estaban malditos.

Y ahí empezó todo.

En el lugar de honor de la hacienda se encontraba una foto en color sepia de toda la familia: Don Tomás con gesto adusto, bigote poblado y en posición sedente. Detrás de él, Doña Refugio, de rasgos delicados, con la mirada perdida en la lejanía y una de sus manos descansando devotamente en el hombro de su marido. Junto a ella su hijo mayor, Pedro, de porte gallardo. Frente a todos estaba Antonio, el más chico, a quien el fotógrafo había rogado mil veces que se estuviera quieto, pero aparecía como si algo le hubiera llamado la atención en el suelo, quizás algún bicho.

Primero se fue borrando Pedro. Todos pensaron que la humedad estaba echando a perder la fotografía, lo curioso es que únicamente se veía afectado el rostro, no el cuerpo. Al tiempo que sucedía esto, al joven le empezaron a aquejar mareos y después fiebres que le hacían delirar. Ningún médico pudo decir qué era lo que tenía. En esa época nadie relacionó la enfermedad con la fotografía, pero el día que Pedro murió después de una horrible agonía, su rostro fotografiado era una mancha borroneada y no se distinguían ya las facciones. Antonio tenía grabados a fuego los aullidos de dolor de su madre y a Don Tomás perdiendo la compostura y abrazado al ataúd gritando incoherencias.

Dos años después siguió el turno de Doña Refugio. Fue la época más traumática para Antonio, quien veía como la cara materna de la fotografía se iba deslizando en el olvido mientras su cuerpo se consumía por la enfermedad. Su padre buscó por todos lados a la mujer que los había maldecido, pero nunca la encontró. Se decía que se había ido lejos. También trajo a un cura a echar agua bendita por todos lados y a santificar la imagen, pero nada detuvo el avance del mal y Doña Refugio siguió a su hijo mayor en la muerte. En un lapso de tres años Antonio había perdido a casi toda su familia.

Pasaron cinco años más y la maldición parecía haberse detenido, pero su progenitor estaba hundido en un marasmo y la vida parecía no interesarle. No prestaba ninguna atención al único hijo que le quedaba y este tenía que apañárselas solo. Un día la cara de Don Tomás empezó a volverse un remolino negro y burbujeante que chorreaba tinta, como lágrimas. La suya fue la más dramática de las transformaciones de la imagen. Cayó enfermo y a pesar de los cuidados prodigados por Antonio y los esfuerzos del doctor, también falleció. En sus últimos delirios pedía perdón, los ojos abiertos como platos y la mirada perdida.

Antonio con 20 años se quedó solo de verdad.

Con las primeras señales de luz, los recuerdos lo abandonaban un rato y Antonio regresaba al interior de su derruida casa, pero al pasar por donde estaba la fotografía, su mirada se posaba sin remedio en aquellos tres cuerpos cuyos rostros borroneados parecían mirarle sin ojos. Treinta y cinco años habían pasado ya y aún la tomaba observándola con cuidado. Pasaba la mano por la cara del niño juguetón y distraído, el que parecía mirar algo en el piso. Trataba de asegurarse de que no hubiera ninguna anomalía. Pero esa mañana fue distinto, su dedo sintió, casi imperceptible, un cambio…como el inicio de una rugosidad…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

33 comentarios en “La Fotografía

  1. No sé si miedo, pero angustia produce y mucha. Todo el tema de maldiciones, tantas veces tratado y tan pocas entendido, revoluciona esas cosas extrañas que uno lleva como compañía y que acepta sin querer saber mucho. ¡Me gustó tu relato! Me dejaste un sabor ácido en la boca y el deseo de saber más, pero no. ¡Extraño mundo ancestral de magia, sombras, fuerzas malévolas y amuletos! Saludos Ana

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  2. Excelente relato, Ana.
    Las maldiciones siempre crean un clima de terror y ansiedad, aunque no se crea en ellas. Por aquí abajo tenemos la «maldición del Romero» o el «Mal de Ojo», y créeme que somos muy respetuosos con ellas.
    Muy buena narración que se va haciendo opresiva conforme va avanzando y los sentimientos del protagonista, así como su terror, se van haciendo más contagiosos.
    Felicidades y gracias por tu aportación al VadeReto.
    Un Abrazo.
    PD. Me ha resultado curioso que en varios comentarios te deseen suerte en el VadeReto. Pensarán que hay algún premio o calificación, pero no. Nunca he querido que esto sea una competición y, además, no me veo capacitado para juzgar ningún relato. Soy un mero aprendiz de la escritura y todos me merecen el mismo respeto, me enseñan y me produce un gran placer leerlos. Por supuesto que eres una ganadora y el premio es la sonrisa que me dejas en la cara después de leerte.

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  3. Hola, Ana. Que buen relato para contar, en la sobremesa de la cena, a las llamas de una chimenea de leña. Y justo con su final levantarse y de la repisa del hogar mostrar la foto familiar emborronada que compraste en una siniestra tienda de antigüedades, pero eso ya corresponde a otra historia 🥂🖐🏼

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