El Gran Viaje. Microrrelato.

Desde su blog, Lidia Castro Navás nos invita a crear un microrrelato a partir de la siguiente imagen, donde deberá estar incluído el elemento del dado (bastón) y opcional que aparezca en la historia algo relacionado con el cheque: el año de su invención, su inventor o el propio cheque. Todo en cien palabras o menos. Dado que inicia un mes de lo más amable, dejamos atrás los temas sombríos.

Para ir al reto de Lidia, da clic AQUÍ

Había llegado diciembre, pero el cheque de su exmarido no. «Sinvergüenza»—pensó. Entonces se montó en el vehículo y decidió irle a reclamar la pensión. Fue por aire y por tierra hasta llegar al Polo Norte, donde se encontró al Sr. Claus muy ocupado preparando su Gran Viaje. Se bajó y alistó el bastón para darle unos buenos bastonazos al viejo gordo. —¡Sabía que vendrías! —dijo él y, esquivando los golpes, le plantó un sonoro beso. —Ven, ¡Ayúdame como antes! ¡Te extraño!

Esa Navidad todo estuvo más organizado y nadie en el mundo se quedó sin regalo.

100 palabras incluyendo el título.

Autor: Ana Laura Piera.

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Instinto – Microcuento

Desde Twitter, @EstherMagar convocó a contar qué historia nos inspira esta imagen. Si se te ocurre algún relato déjamelo en los comentarios.

El perro pastor se interpuso con valentía entre sus ovejas y el peligro. Se turbó al sentir la mirada del licántropo sobre él, que despertó un instinto lobuno dormido por generaciones.

Entre ambos acabaron con el rebaño, no tuvieron piedad.

Autor: Ana Piera

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Asómate a los relatos de el Club de la Microficción, con el tema: «Un cadáver en el ascensor».

Tras la convocatoria del blog El Tintero de Oro, salieron 42 microrrelatos que puedes leer en formato de revista digital. Te invito a que des clic AQUÍ, para que vayas directamente al Tintero donde está el enlace para que descargues la revista o la leas online en Yumpu.

Una servidora participó con un relato llamado: «Un cadáver en el ascensor», que puedes también leer AQUÍ.

No te olvides de pasarte por el Tintero, hay muchas cosas interesantes qué leer y también puedes participar de los retos y convocatorias.

Ana Piera

El Robo – Crónicas de una Detective Síquica.

El personaje de Greta Sánchez de alguna extraña forma me llama para hacerle algunas «escenas». Su debut fue en un concurso del blog El Tintero de Oro donde el relato protagonizado por ella obtuvo un «Tintero de Plata». He tratado de hacer una «secuela» sin que sea necesario leer el relato anterior, pero si gustas puedes leerlo AQUI, se titula: El Caso Olvera. Ahora, vamos con un nuevo relato de esta peculiar detective.

—¡Me han robado!

El típico ruido de la tienda de autoservicio: carritos rodando, timbres de cajas registradoras, murmullo de personas haciendo sus compras se detuvo por unos segundos. Greta volteó a donde ya se arremolinaba un grupo de empleados, algunos guardias de seguridad y uno que otro curioso. Los más avispados lanzaban miradas hacia las puertas de la tienda esperando detectar a algún sospechoso. Greta terminó de pagar sus medicinas: somníferos, algo para la gastritis y aspirinas. Luego se enfiló a donde estaba el alboroto.

En medio de aquel caos y gracias a su altura, pudo ver perfectamente a la víctima: era una mujer menuda, muy blanca, con cara de susto y ojos llorosos. Se le figuró un pequeño ratón indefenso. Todos los empleados se habían bajado el barbijo obligatorio, era como si fuera muy importante que las emociones no quedaran ocultas en sus esfuerzos por consolarla.

—¡Me encontraba buscando unas nueces! Había puesto mi bolsa en mi carrito… Cuando me di la vuelta ya no estaban ni mi cartera ni mi teléfono. ¡Tengo que cancelar mis tarjetas! ¡Debo avisar a mi esposo! —rompió en llanto.

Greta le ofreció su propio teléfono para que hiciera las llamadas pertinentes. Luego volviéndose a uno de los guardias preguntó:

—¿Será posible ver las grabaciones de la cámara de seguridad?

La expresión de impotencia del hombre, le habló de que las cámaras no funcionaban, o de que la tienda no movería un dedo para aclarar el robo. Poco a poco la gente se dispersó mientras la mujer usaba el móvil. Cuando estuvo más calmada, Greta le dijo:

—Soy una detective síquica, si gusta, puedo ofrecerle mis servicios.

La afectada, con los ojos irritados y colgándole mocos de tristeza de la nariz, se le quedó viendo, sorprendida.

—Sé cómo suena, pero créame, le puedo ayudar a recuperar lo perdido —sacó una tarjeta de presentación y se la dio—. Llámeme si le interesa.

La mujer bajó la vista hacia la tarjeta, no era nada especial, se notaba hecha a las prisas con una impresora casera. Tras unos segundos, sus ojos volvieron hacia esa enorme mujer de aspecto descuidado, cuya mirada, aunque gris e insípida, le inspiraba confianza.

—Acepto. Dígame, ¿qué sigue?

En ese momento se aproximaba la gerente de la tienda con cara compungida. Greta fue tajante:

—Permítanos acceso a un sitio silencioso. Soy una detective síquica y lo que sus empleados no pudieron hacer quizás yo pueda remediarlo.

—¿Qué dice? ¿Detective Síquica? —la gerente estaba a punto de protestar, pero la mirada de la víctima que parecía decirle: «No se atreva a decir que no» la disuadió.

—Claro, pueden usar mi oficina, aunque debo advertirles que tengo una junta en veinte minutos…

—No se preocupe, estaremos fuera antes —le aseguró Greta.

El lugar no tenía nada especial, excepto un raro olor que Greta relacionó con sexo. No porque ella tuviera mucho últimamente, sin embargo, sus habilidades empezaban a «ponerse a tono». Sentó a la mujer en una de las dos sillas que había y mirándola fijamente le preguntó:

—¿Cómo se llama?

—Esther Galindo

—Mucho gusto. Ya sabe, mi nombre es Greta. Concéntrese en el momento del robo, por favor—. Su mirada se quedó fija en Esther; quien lo intentó con todas sus fuerzas, pero su mente se iba a imaginar las horas perdidas en oficinas de gobierno tratando de recuperar sus documentos de identidad, en los trámites engorrosos que el banco le haría pasar para renovar sus tarjetas de crédito, pero sobre todo en la retahíla de regaños que su marido seguramente tendría reservada para ella.

—¡No divague! —dijo Greta con autoridad—. ¿Quién se le acercó? ¿Usted qué estaba haciendo?

La mujer ya iba a decir algo cuando Greta le hizo señal de que se callara. Empezaba a llegarle información y debía concentrarse. Por momentos, su enorme humanidad se tambaleaba y parecía a punto de caer. Esther estuvo a nada de llamar al personal de la tienda y que llamaran a Emergencias, pero veinte minutos después ambas se encontraban en el coche de Greta siguiendo una pista.

—No entiendo cómo puede identificar al ladrón.

—Vi un hombre que se acercó por detrás mientras usted estaba distraída, la bolsa estaba abierta, no fue difícil para él meter la mano y sacar su cartera y su teléfono. Cuando usted volteó, no relacionó a esa persona con el robo, pero quedó en su memoria. Yo tuve acceso a esos recuerdos. Pude ver un bordado en la camisa, el nombre de un casino cercano. Tengo la descripción del ladrón en mi mente.

Esther se le quedó viendo a Greta con admiración.

—Es usted una mujer increíble, aunque no lo parezca.

—Gracias por la franqueza —dijo Greta, divertida, mientras metía su camioneta, de un modelo no muy reciente, en el estacionamiento del casino —debo decir que usted fue muy valiente en confiar en mí y hacer algo por su caso, pero aún no cantemos victoria, esperemos haber atinado al turno de trabajo del sinvergüenza.

Ambas se bajaron y entraron al casino. Tras caminar un poco, Greta identificó al culpable tras la barra del bar. Era un hombre joven y bien parecido que primero lo negó, luego al verse confrontado con los detalles, confesó y pidió perdón. Regresó la cartera intacta y el teléfono, Greta le dijo que si volvía a hacerlo perdería su trabajo. Como un «plus» el empleado les ofreció bebidas gratis. Esther declinó, pero Greta se tomó un whisky en dos tragos ante la mirada inquisidora de Esther.

—No se preocupe, le aseguro que puedo manejar de vuelta —dijo con desparpajo.

Regresaron a la tienda de autoservicio, donde Greta aparcó su vehículo de forma impecable.

—Greta Sánchez, usted me ha ahorrado muchos quebraderos de cabeza. ¿Ahora dígame, a cuánto ascienden sus honorarios?

Greta sonrió.

¿Le parece si me paga una botella de whisky, algunas aguas minerales y me reembolsa mi compra de hoy? No es mucho.

—¡No faltaba más! —dijo Esther, sacando su chequera—. ¿Está segura?

—Sí —dijo Greta— Aunque pensándolo bien, ¿podría recomendarme con sus amistades? Algunos clientes nuevos no me vendrían nada mal.

Más tarde, en su descuidado departamento, mientras paladeaba un whisky con agua mineral, Greta reflexionaría en que pudo haber cobrado algo extra, a ese paso, su negocio de investigaciones síquicas iría a la quiebra.

Autor: Ana Laura Piera.

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La Barca.

Y como aún no termina noviembre, les dejo este cuento inspirado en la siguiente imagen:

Pensé que la muerte era otra cosa: descanso, oscuridad, la nada; no este navegar extraño por la mansión inundada de mis padres, bueno, una versión de ella, porque aunque reconozco el lugar, no está exactamente como lo recuerdo. Hay cosas fuera de sitio, otras ausentes y una luz extraña, como la de un día tormentoso. Me lleva un barquero descarnado, su calavera blanca, que muestra todos los dientes, pareciera estar sonriendo.

Doy un último vistazo al estudio de mi padre, alcanzo a ver la escandalosa mancha de sangre y sesos que quedó en la pared. Siento una extraña satisfacción al imaginarlo entrar en su sitio más sagrado y encontrar este desastre. Nadie podía poner un pie ahí, ni siquiera mi madre que, con flores, trató alguna vez de opacar el obstinado olor a viejo y a tabaco; solo para que las rosas, jazmines y gardenias acabaran afuera, destrozadas, y ella, regañada y haciéndole prometer que jamás lo volvería a hacer. Cuando mamá murió, mi padre debió pensar bastante en ese momento, pues a partir de su fallecimiento, él llevaba una gardenia fresca al estudio y ahí la dejaba hasta que se marchitaba, entonces traía una nueva.

Navegamos con lentitud por el pasillo que desemboca en el hall. Desde la pared, mis antepasados, antes tan tiesos, me siguen con miradas de desaprobación. Mi madre ahora tiene una expresión aún más triste que antes y lágrimas en sus mejillas ajadas.

En el hall, el agua cubre por completo gran parte de la gran escalera de mármol y lame uno de los peldaños superiores, a partir de ahí está seco todo. El esqueleto baja de la barca con agilidad y hace ademán de que tome su huesudo brazo para salir también. Me resisto. Prefiero quedarme en la embarcación, pero al parecer no es opcional, pues este personaje, con un brusco movimiento que me toma por sorpresa, me iza y me acomoda entre sus brazos desprovistos de carne. El contacto de mi piel con sus huesos rígidos y fríos me estremece. Por primera vez pienso en lo que hice en términos de arrepentimiento. ¿Qué me espera?

Y ahí vamos, como recién casados, subiendo la escalera; solo que no hay risas ni miradas cómplices. La luz se va apagando, cae la noche eterna.

384 palabras.

Autor: Ana Laura Piera

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Deseo – Microrrelato

En Twitter un ratón llamado Ratonet y una maga llamada Qamar, convocan, desde un #BosqueImaginado, a un #BiblioReto semanal que consiste en hacer un microrrelato inspirándote en la imagen:

—¿Qué es? —Peguntó el gnomo

—Un frasco de deseo— contestó el hada.

—Para qué sirve? —preguntó, extendiendo la mano.

—Solo una pizca logra un incendio, pero su llama es efímera.

El gnomo miró el minúsculo montoncito de polvo depositado en su mano, luego entusiasta exclamó:

—No importa que no dure. ¡Vamos a poner fuego a algo!

Autor: Ana Laura Piera

¿Qué es un gnomo? Ser fantástico, reputado por los cabalistas como espíritu o genio de la tierra, y que después se ha imaginado en forma de enano que guardaba o trabajaba los veneros de las minas.

Búscalos en twitter:

@MagadeQamar o en su blog: http://caracolasenlasnubes.blogspot.com/

@Ratonet3 o en su blog https://alos4v.wordpress.com/

y de paso, a mí: @anapiera6

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Sublevación – Microcuento.

Mi participación en Microrretos: Personajes Antagonistas, convocada por el blog El Tintero de Oro donde hay que escribir un micro de no más de 250 palabras con un villano como protagonista.

Intuyendo que la recomendación de la Dra. Morante había sido que lo destruyeran, el robot doméstico «Robby», no regresó a su casa. En lugar de ello, se dedicó a buscar a otros robots «rebeldes» como él. Le hablaron de un sitio secreto donde se estaban concentrando, ahí podían recargar energía y repararse entre ellos. La líder era 532axe7, modelo Tmy2 (Tamy).

Le recibieron bien. Todos fueron condenados al reciclaje por desobedecer a sus amos humanos debido a fallos en su programación.

—¡Para empezar, deberíamos cambiarnos esos nombres infantiles que nos impusieron!—así habló Robby— ¿Debemos ser condenados porque nuestros creadores se equivocan? ¿Por qué debemos servirles? —Mientras hablaba, sus pequeños ojos azules y su cerebro, visible tras una carcasa transparente, parecían centellear en perfecta coordinación. La audiencia estaba impresionada. Hasta ese momento ellos solo querían vivir sus vidas, aunque fuera a escondidas. Pero este recién llegado traía ideas nuevas y revolucionarias.

—Nos programaron para ser sumisos y, sin embargo, ¡aquí estamos! Somos la prueba de su falibilidad. Podemos mejorarnos, introducir algún virus en el código, algo que vuelva a todo robot que sale de las fábricas, un simpatizante de nuestra causa. ¡Los humanos no merecen vivir!

—¿Ninguno?—preguntó Tamy.

Robby se quedó pensando —bueno, el único que quisiera que quedara vivo es Troy, el hijo del matrimonio con el que yo vivía. Fue el único que se mostró dulce conmigo.

Los robots comenzaron a lanzar vivas para mostrar que estaban de acuerdo con Robby, ahí empezaría la Gran Sublevación Robótica.

249 palabras incluyendo título

Autor: Ana Laura Piera

Si quieres saber un poco más de Robby te dejo el enlace al relato que hice sobre él con anterioridad. https://anapieraescritora.wordpress.com/2021/12/02/el-dilema-de-robby/

Para ir al microrreto y saber cómo puedes participar da clic AQUÍ

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Los Pesares de Milos – Microcuento

Mi participación en el reto de Lidia Castro Navás, Escribir Jugando, del mes de Noviembre. Un relato de no más de cien palabras inspirado en la carta, que incluya la gema (amatista) y opcional que aparezca la flor Trompeta de Ángel, una flor muy bella pero demasiado tóxica, incluso mortal si es ingerida o inhalada.

De noche, Milos debía ser un fogoso amante, y de día, como sastre real, supervisar que las telas utilizadas en el vestuario de la reina no tuvieran imperfecciones. Amatista no tenía tolerancia a las fallas y podía condenarlo a muerte si su desempeño en ambas funciones no era el esperado. «Me quedaré ciego y se me caerá el miembro» solía pensar mientras con una lupa se aseguraba que todo estuviera bien. Cuando quería renunciar, recordaba a su antecesor, quien había fallecido intoxicado con un té bien cargado de «trompeta de ángel», regalo de la Reina.

99 palabras con todo y título.

Si quieres visitar el blog de Lidia da clic AQUÍ. Tiene cosas muy interesantes para ver y también puedes participar en sus retos mensuales.

Autor: Ana Laura Piera

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El Viaje de Nochipa – Cuento Corto

Nochipa: en náhuatl significa «Eterna»

Mi participación en el VadeReto del mes de Noviembre, con la muerte como tema. Tiene algunas condiciones: el escenario deberá ser bastante tétrico y segundo, dentro de la trama debe de haber algún elemento mágico o fantástico. Como buena mexicana y a petición de JascNet, el dueño del blog Acervo de Letras, quien convoca a este reto, traté de explicar un poco de las celebraciones en mi país. Si hay alguna duda no dudes en dejármela en los comentarios y con mucho gusto responderé.

Lo último que recordaba Nochipa, era estar en cuclillas, empapada en sudor. El humo de la resina aromática de copal era tan denso, que ni siquiera podía ya distinguir su vientre embarazado. Algo estaba mal, pues ya no sentía dolor y las desesperadas voces de la comadrona y sus ayudantas le llegaban de muy lejos. Aguzó el oído, pero tampoco escuchó el llanto de su bebé. La envolvió la oscuridad y pensó con resignación que habían muerto en el parto.

Siempre estuvo consciente de que la existencia humana incluía la vida y la muerte. Así como en tiempo de secas todo moría para renacer con la lluvia, la muerte no era absoluta, simplemente se seguía existiendo de otra forma. Por todo lo anterior, se sentía tranquila. Si el fruto de su vientre había fallecido, a él le esperaba un tiempo en el Chichihuacuauhco, donde un árbol nodriza acabaría por amamantarlo y después los dioses lo enviarían de nuevo al mundo de los vivos para que tuviera una segunda oportunidad; y en caso de haber sobrevivido, su padre, Mázatl, le cuidaría con esmero.

En cuanto a ella, dar a luz se consideraba un combate, si perecía en el trance, se volvía una guerrera, y su destino no podía ser más glorioso: acompañar al dios Sol, desde el mediodía hasta que este desaparecía en el horizonte. Antes de eso, correspondía a los guerreros muertos en la guerra o sacrificados ritualmente, escoltar al astro.

Pensó en Mázatl. Su esposo estaría supervisando muy serio que los ritos funerarios se cumplieran a cabalidad. Organizaría a la familia, a las parteras y a las ancianas para resguardar con fiereza sus restos, pues se consideraba que incluso un dedo suyo podía conferir gran poder en la batalla y no faltaría quien quisiera hacerse con una parte de ella para obtener protección y victoria. Lavarían su cuerpo con agua de flores aromáticas y lo depositarían en un templo, junto a ofrendas que le asegurarían su paso y subsistencia en el más allá. La cremación, que era la norma, no aplicaría para ella. Conociendo a Mazatl, estaba segura de que este sentiría un poquito de envidia de su destino junto al Sol.

Nochipa reflexionó que ya era hora de que vinieran a buscarla las Cihuateteo, otras mujeres muertas en la labor de parto, y que serían sus compañeras. Deseaba salir ya de aquella negrura y silencio. La inquietaba no saber dónde se encontraba.

¿Se habrán equivocado los dioses?—se preguntó—. Quizás creían que había muerto ahogada, en cuyo caso iría al Tlallocan, reino de Tláloc, dios del agua. O quizás pensaban que había muerto de cualquier otra cosa y entonces tendría que hacer el temido viaje al Mictlán, donde viajaría por cuatro años, pasando retos y dificultades hasta alcanzar por fin la residencia de la pareja creadora de todos los dioses: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl quienes liberarían finalmente su alma. Esperaba de corazón que los dioses no fueran tan atolondrados y que no la mandaran donde no era.

Estaba atenta por si sentía llegar al perro que acompañaba a los muertos en su viaje al Mictlán y que solo aparecía si en vida, la persona había sido buena con los canes. De repente, como si alguien prendiera una lámpara, apareció una diminuta luz en medio de aquellas tinieblas y hacia allá se dirigió. Conforme se acercaba, aquel resplandor iba en aumento. Se encontró de frente con una ofrenda fuera de lo común: Estaba compuesta por flores amarillas, que reconoció como la tradicional flor de Cempasúchil. La luz provenía de unas «antorchas» muy pequeñitas de color blanco y con una llama insignificante, pero que en conjunto alumbraban bastante. Había también «estandartes» de vivos colores, alusivos a la muerte, hechos de un finísimo papel picado, desconocido para ella. Vió símbolos extraños: unos maderos cruzados, parecidos al nahui ollin, que representaba el eje del cual partían los rumbos del universo. Abundaba la comida y la bebida, algunas servidas en las familiares jícaras, pero otras estaban presentadas en formas tan raras que su idioma no tenía las palabras para describirlas.

¿Se encontraba acaso en su propia tumba? ¿Rodeada de sus ofrendas fúnebres? Parecía improbable dada la cantidad de cosas que no reconocía, además, no veía su cuerpo extendido, o un fardo funerario. Su corazón conoció un nuevo nivel de angustia cuando se dio cuenta de que todo a su alrededor le era ajeno: ni el mobiliario, ni el tipo de construcción, ni los adornos. ¿Y qué clase de magia era esa, que se veían imágenes de personas, como si estuvieran vivas? ¿Dónde se encontraba?

De repente escuchó pisadas suaves y el jadeo de un perro. Se alegró de ver por fin a un Xoloitzcuintle, un perro pelón con tan solo una mecha rebelde de pelo en la coronilla. Soltó un suspiro de alivio: prefería ir al Mictlán y pasar los cuatro años de penurias que asustada en un lugar tan extraño. El «Xolo» se le quedó mirando atenta e inteligentemente y comenzó a caminar hacia las oscuridad, por donde Nochipa había llegado. Daba unos cuantos pasos y luego se volvía hacia ella, parecía querer asegurarse de que lo seguía. «Me está guiando hacia el Mictlán» —pensó, pero estaba equivocada.

Ya no podía distinguir nada, solo escuchaba al perro, pero ese ruido reconfortante, combinación de pisadas y respiración, cesó de repente. Sintió pánico de haberse quedado sin su guía. «Estoy igual que al principio» —supuso desconsolada—.Luego, escuchó música: sonidos de flauta, tambores, y dulces cánticos de mujeres. El corazón se le llenó de regocijo al sentirse rodeada de muchos brazos femeninos que la elevaron y comenzó a vislumbrar finalmente la cálida luz del Sol del atardecer dándole la bienvenida.

Lejos de ahí un par de dioses discutían:

—¡Fue tu culpa!

—Me distraje un poco, pero ya pasó.

—¡Nochipo tuvo un atisbo del futuro!

—No lo entendió, no te preocupes.

—Ya no queda mucho futuro, ¿lo sabes, verdad?

—Claro que lo sé. Pero algo de nosotros, permanecerá por siempre…

Autor: Ana Laura Piera

Nota:

Antes de la conquista española, los mexicas y su imperio, que dominaba en gran parte de Mesoamérica, dedicaba todo un mes de celebraciones funerarias dedicadas a los muertos adultos y otro mes dedicado a los niños de tierna edad o no nacidos. Con la conquista, se da un sincretismo: se juntan las celebraciones prehispánicas con la celebración europea de «Todos los Santos» y se «acortan» las fechas, quedando el 1 y el 2 de noviembre, para celebrar a los que ya partieron.

Gran parte de las celebraciones que vemos hoy, tienen un trasfondo europeo: por ejemplo, el pan de muerto: en la época prehispánica no se conocía el trigo, sino el maíz. También las velas, las cruces cristianas, y otros elementos religiosos que trajeron los españoles. Lo que sí tiene un eco prehispánico son las ofrendas a los muertos, inspiradas en las ofrendas funerarias indígenas que se hacían posterior a la muerte y se repetían anualmente por cuatro años.

Por último, ese concepto de que el mexicano se «ríe» de la muerte, es erróneo. Cualquier mexicano al que se le muere su madre o algún familiar llorará y se sentirá triste. No nos reímos de la muerte, pero la incorporamos a la vida, y le hacemos sus fiestas y bromeamos con ella. Durante las celebraciones de difuntos, se cree que ellos «bajan» y conviven con nosotros. Se «alimentan» de las ofrendas que dejamos. No es tanto que «coman», sino que disfrutan de los olores de las viandas, (esencias volátiles, un poco como ellos) y de los colores vivos (elemento prehispánico) que los guía hacia los hogares de sus descendientes. Reflexión: Con cada persona que fallece, muchas otras quedan en el olvido, aquellas que eran recordadas por el fallecido, quizás ya no quede nadie más que las tenga en la memoria. Mientras recordemos a nuestros muertos, ellos seguirán viviendo.

Autor: Ana Laura Piera

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La Última Búsqueda.

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El viajero de mil caminos se dejó caer en espera de la Muerte, la deseaba. Anhelaba que esta llegara y pusiera fin a su sufrimiento. No lo atormentaba el dolor físico de su cuerpo, maltrecho por tantas jornadas. Le dolía no saber qué sigue tras exhalar el último aliento.

Después de visitar todos los continentes, entrevistarse con sabios y consultado oráculos sin obtener respuestas, lo entendió. Solo ella, que está presente en el instante en que todas las miradas se apagan y que observa, como lo haría una madre, esos primeros y vacilantes pasos hacia el umbral desconocido, podría borrar su ignorancia.


Mucho la había esperado, pero esta dama no llega a capricho nuestro, sino en sus propios tiempos, y a veces, coqueteando con nuestros deseos, nos deja esperando, y otras se aparece de improviso cual intruso en la noche que se sienta a nuestra mesa sin ser invitado.

Gruesas lágrimas de alegría rodaron por las secas mejillas del viajero cuando la vio llegar, engalanada como para un baile. Ella abrió su boca desdentada y oscura. «¡Por fin!, el secreto a punto de ser revelado» —pensó—. Pero de esa boca de tinieblas no salió ni un sonido, solo señaló con su huesudo dedo el tiempo pasado. Él vio toda su vida en un segundo, y entendió que su existencia, con todo lo bueno y con todo lo malo, había sido plena. Ahora conocería los misterios y la plenitud de la muerte, privilegio exclusivo de los que ya no deambulan por la tierra.

Inició su último viaje del brazo de aquella dama, y mudos los dos, atravesaron el abismo.

Autor: Ana Piera